He seguido muy atentamente, algunas veces en directo, las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas desde hace cincuenta años. Jamás me había sentido tan abochornado como ahora por el desarrollo de esta edición, convertida por el anfitrión, Donald Trump, en un festival de amenazas, exclusiones y*negocios, que no otra cosa han sido sus conversaciones con el agasajado Xi y sus desplantes a la presidenta venezolana, que prácticamente ha cedido su petróleo en las manos impuras del presidente norteamericano, consolidado como el hombre más poderoso del mundo.






