Estoy muy de acuerdo con comentaristas que, como José Antonio Zarzalejos, un buen conocedor del mundo de togas y puñetas, dicen que el 'juicio del año', el de las mascarillas, ha acabado en un espectáculo degradante, en el que algunos acusados, señaladamente Koldo García, han proferido desplantes hacia el tribunal o hacia los letrados. Pero yo creo que la cosa ha ido más lejos del disparate procesal: estamos a punto de entronizar a Víctor de Aldama como un paladín de la moral, de la lucha contra la corrupción y de las verdades democráticas. Y eso sí que no.
La defensa del fiscal anticorrupción -que, por lo demás, hizo un magnífico discurso para clausurar la vista oral- hacia la figura de Víctor de Aldama, a quien algunos medios insisten en calificar como 'empresario', así, sin más, me parece improcedente. No todo el que tira de la manta -a veces, por cierto, sin pruebas y con más opinión que hechos- es un personaje regenerado, que ha visto la luz y ha decidido pasarse al bando de los 'buenos'.
No, no estoy de acuerdo en que al 'arrepentido' Aldama le reduzcan la condena, como ha pedido el fiscal Luzón y ha rechazado, a mi juicio acertadamente, la fiscal general, Peramato. Bastante reducida tiene ya su sentencia quien, según la versión irrefutable de la UCO, es, en realidad, el 'número uno' en la trama corrupta en la que se juzga al ex ministro Abalos y a Koldo. Y en otras tramas que están por venir y por juzgarse, como la de los Hidrocarburos, toda una muestra de corruptelas internacionales en las que estaban embarcados (presuntamente perdón) los mismos personajes que ahora han sido juzgados en el 'caso mascarillas'. Los corruptos suelen serlo en todas sus actuaciones. Ya digo, presuntamente, claro.
Aldama es corruptor y corrompido. Y mentiroso. De ninguna manera soy un admirador precisamente del Presidente del Gobierno en su actuación amparando inicialmente a 'sus' ahora ex secretarios de Organización Abalos y Santos Cerdán, de la misma manera que le achaco al presidente una indudable 'negligencia in vigilando', que incluye los negocios quizá no ilícitos, pero sí pestilentes, de su mujer. Pero sí parece indudable la falsedad de la acusación de Aldama en el sentido de que Sánchez es el 'número uno' de una trama en la que, en realidad, es el propio Aldama quien estaba en lo alto del podio.
Que incluso el fiscal anticorrupción, que es persona merecedora de todo el respeto, presente a Aldama como alguien que de buena fe ha querido reformarse y merece una dosis extra de perdón indica lo podrido que está el clima moral en nuestro país. Que no digo yo, ojo, que no haya que llegar a acuerdos de algún tipo con quien denuncia y, revelando la verdad, contribuye al castigo de otros culpables. Pero de ahí a llegar a casi una absolución de responsabilidades penales hay un tramo.
Que Aldama, que compró voluntades allá por donde pasó, se vaya con una condena tres veces inferior a la del por supuesto también supercorrupto Abalos, me parece un despropósito. Por mucho que él haya 'cantado' mientras Abalos callaba y se hacía la víctima propiciatoria de una especie de conspiración contra él, pero no señalaba culpabilidades 'hacia arriba'. Visto para sentencia, pues. Pero ¿se puede discrepar 'a priori' y sin conocerla aún, de dicha sentencia?
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