Mario Vargas Llosa, escribió sin exageración ninguna a propósito de “El Gatopardo” (1957), la novela de Giusseppe Tomasi de Lampedusa (Palermo, 1896 - Roma 1957), que “desde entonces no se ha publicado en Italia, y acaso en Europa, una novela que pueda rivalizar con ella en delicadeza de textura, fuerza descriptiva y poder creador”, razón por la cual, dice el Nobel peruano, “una duda fundamental” queda flotando en el lector: “¿cómo fue posible?”.
Para los admiradores de esa novela, la presencia intangible de Lampedusa, autor en esencia de una única obra, puede convertirse en una obsesión: ¿de dónde surgió esa potencia literaria? Y solo de cuando en cuando aparecen textos que pueden aliviar esa comezón. Es el caso del estupendo librito, de poco más de 100 páginas, “Lampedusa y España” (ed. Acantilado, 2025), un compendio desordenado que escribió Gioacchino Lanza Tomasi (Roma, 1934 - Palermo, 2023), sobrino lejano de Lampedusa e hijo de madre española, y cuya edición ha aparecido hace unos meses en España, un año después de la italiana. El libro fue, en sus esquemas iniciales, una conferencia de Lanza a propósito de los intereses hispánicos de su tío.
El lector no se llame a desengaño, Lampedusa, que había conocido media Europa, no estuvo nunca en España ni proyectó visitarla. Apenas aprendió unas palabras de español –aunque puso cierto empeño en ello– y su interés por nuestra literatura fue tardío, aunque honesto e interesante en sus apreciaciones. Pero todo esto da igual.
La obrita nos presenta a Lampedusa, regresado de su periplo europeo, después de las guerras mundiales, un noble medio arruinado, pero de alma aristocrática que inaugura una pequeña academia de lectura, allá por los años 50, a la que asistían algunos jóvenes entre los que se encuentra Lanza, una suerte de hijo adoptivo del escritor y, de alguna manera, un guía en sus iniciáticos caminos por la literatura y la cultura hispánica. Y, aun así, esto tampoco es lo realmente importante. Porque la obrita de Lanza, lo que en realidad contiene es un destello gatopardesco: entre anécdotas y comentarios de sucesos se trasluce el ingenio de su tío, un aire de familia, un humor que sublima la ironía, una verdadera nobleza del espíritu. El lector queda por momentos suspendido en la atmósfera de un Palermo sin edad ni tiempo, como sorprendido por la transferencia de talento entre generaciones de una misma familia.
Quizá ese sea el mayor mérito del volumen: no tanto aclarar el misterio de la génesis de “El Gatopardo”, tarea imposible, como dar luces sobre la temperatura intelectual en la que fue posible. Las lecturas compartidas, los comentarios aparentemente laterales, las ironías sobre la historia y la decadencia social dibujan el perfil de un escritor que maduró en silencio, lejos de los focos. Lanza, sin proponérselo del todo, reconstruye un clima moral y estético: el de una aristocracia que ya es puramente literaria. Y en esa discreción, casi doméstica, se adivina el germen de una obra que aún hoy es, de alguna manera, inexplicable.