“Romeo y Julieta” naufraga en el Teatro Real entre abucheos y ovaciones a Nadine Sierra

“Romeo y Julieta” naufraga en el Teatro Real entre abucheos y ovaciones a Nadine Sierra

Hacía tiempo que el Teatro Real no acogía una producción tan aparatosa, tan pretenciosa y, al mismo tiempo, tan profundamente vacía. El estreno de “Romeo y Julieta” de Charles Gounod –ópera en cinco actos con libreto de Jules Barbier y Michel Carré, basado en la obra homónima de William Shakespeare, estrenada en París en 1867– dejó anoche una sensación extraña y amarga: la de asistir a un espectáculo incapaz de comprender la delicadeza emocional de la obra que pretende representar. Esta nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Opéra national de Paris, provocó una reacción tan dividida como sonora: aplausos fervorosos para la soprano Nadine Sierra y una severa tanda de abucheos para buena parte del equipo artístico.

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Un decorado gigantesco y vacío

La dirección escénica de Thomas Jolly y la escenografía de Bruno de Lavenère parecen concebidas desde la lógica de un gran musical visual antes que desde la sensibilidad de la ópera francesa romántica. Todo es excesivo. Todo gira, se desplaza, se ilumina o se subraya con una insistencia agotadora. El inmenso palacio-embarcación que domina el escenario –una especie de fortaleza flotante coronada por escalinatas monumentales y candelabros infinitos– rota sin cesar sobre sí mismo como si el movimiento fuera capaz, por sí solo, de generar dramaturgia. Pero no la genera.

La sensación permanente es la de un lujo escénico artificioso, cercano por momentos a cierta estética Disney gótica, de gran presupuesto y dudoso gusto. La góndola veneciana que atraviesa varios actos termina convertida en símbolo involuntario del desconcierto conceptual del montaje: sirve como altar secreto para la boda clandestina, como espacio funerario y prácticamente como cualquier recurso escénico que el director necesita improvisar. No existe una idea teatral clara, sino una sucesión de imágenes grandilocuentes que terminan agotando la mirada.

El vestuario de Sylvette Dequest agrava todavía más esa sensación de artificio. Cuellos isabelinos hipertrofiados, negros funerarios mezclados con blancos espectrales, uniformes imposibles y tejidos que oscilan entre la opereta decadente y el carnaval veneciano. Hay una búsqueda constante del impacto visual, pero rara vez aparece la elegancia. La estética termina devorando a los personajes.

Más problemática aún resulta la coreografía de Josépha Madoki. Los movimientos, de inspiración contemporánea, irrumpen en escena sin verdadera integración dramática ni musical. En lugar de aportar tensión o lirismo, muchas de las secuencias coreográficas introducen un desconcierto que roza lo arbitrario y lo cómico. Hay momentos en los que el escenario parece dividido entre varias producciones incompatibles entre sí.

No sorprendió, por tanto, la contundencia de los abucheos finales dirigidos al equipo escénico. Desde distintos puntos de la sala –especialmente desde los pisos superiores– se escucharon protestas sonoras, mezcladas con aplausos más diplomáticos que entusiastas.

Nadine Sierra salva la noche

En el plano musical, la función tampoco encontró demasiados asideros, aunque sí una figura capaz de elevarse muy por encima del conjunto: Nadine Sierra. La soprano estadounidense fue, sin discusión, el alma de la noche. Su Julieta creció progresivamente hasta alcanzar en los actos IV y V una intensidad verdaderamente conmovedora. Si en el famoso vals “Je veux vivre” ya mostró una línea vocal luminosa y de impecable agilidad, fue sobre todo en “Amour, ranime mon courage” donde apareció la gran artista: fraseo refinadísimo, reguladores de enorme sutileza y una capacidad extraordinaria para convertir cada palabra en emoción pura.

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Sierra logró además algo extremadamente difícil en una producción tan invasiva: devolver constantemente el foco a la música. Incluso atrapada entre plataformas giratorias, cruces gigantes y una escenografía que parecía competir con los cantantes, consiguió imponer humanidad, fragilidad y verdad teatral. Las ovaciones que recibió fueron tan largas como merecidas.

Muy distinta fue la impresión causada por Javier Camarena. El tenor mexicano, muy cambiado físicamente, afrontó el papel de Romeo con una evidente falta de plenitud vocal, que ya hemos ido viendo a menudo en los últimos años, y una presencia escénica sorprendentemente desdibujada. En “Ah! lève-toi, soleil!”, una de las grandes páginas del repertorio francés, apenas apareció el lirismo expansivo que exige la escritura de Gounod. Más preocupado por el matiz declamatorio que por el canto sostenido, Camarena pareció transitar la partitura desde una prudencia excesiva, casi sin abandonarse nunca al vuelo melódico. El desequilibrio con Sierra terminó siendo evidente. Ella sostenía la tensión dramática y musical de los dúos; él parecía limitarse a acompañarla desde una contención constante que nunca llegó a transformarse en canto ni en verdadera emoción.

Entre el resto del reparto solamente el bajo Roberto Tagliavini, como Frère Laurent, ofreció auténtica autoridad vocal. Su canto noble, sereno y sólidamente apoyado aportó un centro de gravedad musical muy necesario en medio de tanta irregularidad. Cada una de sus intervenciones desprendió estilo, musicalidad y una dignidad escénica que el resto de la producción parecía haber olvidado.

Benjamin Appl compuso un Mercutio de escaso relieve; Héloïse Mas pasó discretamente como Stéphano; Maciej Kwaśnikowski firmó un Tybalt correcto pero insuficiente; y Sonia Ganassi pareció completamente desorientada como Gertrude. Especialmente problemática resultó la prestación de Laurent Naouri como Capulet: emisión áspera, fraseo bronco y un exceso teatral que terminó rozando la caricatura.

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Una dirección musical sin alma

Desde el foso, Carlo Rizzi ofreció una dirección sorprendentemente plana para una partitura que vive precisamente de la respiración melódica y del refinamiento atmosférico. Faltó tensión, perfume orquestal y auténtico impulso dramático. Todo sonó correcto, pero rara vez inspirado. Los abucheos que recibió al final –muy audibles desde el paraíso– reflejaron bien la sensación general de desapego musical.

Quien sí estuvo a la altura fue el coro del Teatro Real. Magnífico en empaste, precisión y entrega, sostuvo con admirable profesionalidad una producción que por momentos parecía empeñada en sabotear cualquier posibilidad de emoción genuina.

La noche terminó dejando una impresión paradójica: una ópera construida sobre el amor absoluto convertida en un espectáculo dominado por la frialdad estética. Mucho decorado, mucha maquinaria, mucha oscuridad cuidadosamente iluminada y muy poca alma. Solo Nadine Sierra, con su inteligencia musical y su extraordinaria sensibilidad, logró recordar por momentos que, bajo todo ese artificio, todavía seguía latiendo Gounod.