David Foenkinos (París, 1974) tiene el don de hurgar en las grietas de la vida cotidiana y convertirlas en literatura sin aspavientos, con una melancolía que despierta. En "Todos aman a Clara" (Alfaguara, 2026), esa mirada se posa sobre una familia ya resquebrajada antes de que el accidente de Clara lo dinamite todo. La novela arranca desde la normalidad —un padre correcto, una madre cansada, una hija adolescente— y, con un solo golpe de azar, introduce la experiencia radical del dolor. A partir de ahí, Foenkinos despliega una reflexión sobre el amor, la memoria y la escritura que avanza con la naturalidad de una conversación íntima.
Alexis Koskas, empleado de banca, divorciado, hombre discreto, encuentra en el coma de su hija una grieta por la que se cuela la necesidad de escribir. No como ambición literaria, sino como gesto de supervivencia. Escribir para sostenerse. Escribir para no desmoronarse. Escribir como si las palabras pudieran mantener con vida a Clara en ese territorio ambiguo entre la presencia y la ausencia. En ese impulso está la literatura, no como destino artístico, sino como necesidad vital, casi fisiológica.
La reaparición de Marie, la exmujer, durante las visitas al hospital, permite a Foenkinos desplegar un largo y delicado flashback sobre el matrimonio, el nacimiento de Clara y la lenta erosión del amor. Aquí el autor alcanza algunos de los momentos más lúcidos del libro al describir cómo el tiempo deforma los recuerdos, cómo aquello que fue virtud se convierte en defecto, y cómo las parejas reescriben sin cesar el guion de su primer encuentro. "El primer encuentro solo puede vivirse una vez. Con las palabras revisitamos una felicidad que se agota", relata Foenkinos entre sus páginas.
Esa memoria compartida, revisitada desde el hospital, convierte a Alexis y a Marie en una especie de actores que retoman los diálogos de una obra que dejaron inacabada. El dolor por la hija en coma opera como una tregua que suspende el rencor. Vuelven a hablar, a recordar, a tocarse, incluso a amarse, no como una reconciliación sentimental, sino como una forma de protegerse del derrumbe. Foenkinos describe esta cercanía con una delicadeza que evita cualquier sentimentalismo fácil: el amor aquí no es redención, sino refugio.
Pero la novela da un giro inesperado cuando aparece Eric Ruprez, el profesor del taller de escritura al que se apunta Alexis. Ruprez es un escritor que publicó una única novela en los años ochenta y dejó de escribir. Su renuncia se ha convertido en un aura, en un misterio que fascina a Alexis. A través de él, Foenkinos introduce otra de las grandes preguntas del libro: ¿por qué alguien deja de escribir? ¿qué relación existe entre la creación y el sufrimiento? "Todo lo más, se puede aprender a leer", afirma Ruprez en una clase, en un monólogo memorable sobre el libro que cambió su vida y que se niega a revelar, porque cada cual debe encontrar el suyo.
La conexión entre Clara y Ruprez se convierte entonces en el eje más sorprendente de la novela. Tras ocho meses y ocho días de coma, Clara despierta, pero n