¿Qué les ocurre a las historias que no han sido contadas? ¿Son recuperadas alguna vez?, ¿o están abocadas a caer en el olvido? Quizás, las novelas nacen precisamente así: la autora inglesa Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000) indica que “las novelas surgen de las carencias de la historia”. Irónicamente, la aclamada autora inglesa vivió una experiencia increíble a la que nunca dedicó un espacio en su prosa. En cambio, cuando una escritora vive un momento de su vida que la marca profundamente, ¿acaso puede huir de él?, ¿hasta qué punto queda reflejado en su obra? Lo cierto es que Fitzgerald dejó trazas en algunos escritos, lo cual no sorprende si se tiene en cuenta el cariz autobiográfico de sus obras. Sin embargo, por unas cosas o por otras, nunca escribió una novela dedicada a su estancia en México entre noviembre de 1952 y enero de 1953.
Por ello, la escritora estadounidense Jessica Francis Kane (Michigan, 1971) ha emprendido una investigación para llenar este vacío en la vida de Fitzgerald, que no solo es llamativo de por sí, sino que, a su vez, explica y enriquece la comprensión de su narrativa. Esto es lo que muestra en su última novela, “Fonseca” (Impedimenta, 2026), la primera de ellas en ser traducida a nuestro idioma.
A principios de la década de 1950, la familia Fitzgerald estaba sufriendo apuros económicos. Con dos niños pequeños, otro hijo en camino, y un marido alcohólico, Penelope recibe una curiosa carta: viene de parte de dos ancianas adineradas que residen en México y que dicen tener una lejana relación de amistad con su familia. Anita y Elena Delaney no tienen parientes cercanos y quieren conocerla a ella y, concretamente, a su hijo de seis años, Valpy. Con la esperanza de recibir una herencia cuantiosa, decide emprender un viaje a México acompañada de Valpy. No obstante, cuando llega a Fonseca se da cuenta de que ella no era la única que había tenido la misma idea, y hay muchos más “pretendientes” que piensan hacerse con el dinero de las Delaney.
Entre sus labores de investigación, la autora de “Fonseca” ha contactado con los hijos de Fitzgerald, cuyas cartas inserta en la novela, de manera que el lector siempre es consciente de cuánto hay de realidad y cuánto de ficción. No obstante, son pocos los datos que ha podido obtener, ya que Valpy no recuerda gran cosa de su estancia allí. Además, muchas de las especulaciones se basan en dos escritos de Fitzgerald en los que parece estar hablando de México, pero donde cambia los nombres de lugares y personajes (“Fonseca” es el pseudónimo de Saltillo y el apellido “Delaney” también es inventado), por lo que no resultan muy fiables. Así, la autora se ve en la necesidad de crear prácticamente el argumento desde cero, aunque lo hace siempre con prudencia y respeto a la figura de Fitzgerald, dejando ver la profunda admiración que siente por ella y su obra.
Gracias a su prosa cuidada y emotiva, Francis Kane es capaz de escribir esta historia con una pluma aguda pero no sentenciosa y donde destacan personajes auténticos, con sus luces y sus sombras. Precisamente, lo que hace tan humana a esta novela es la presencia del contraste. Se percibe un ambiente tenso por la rivalidad entre los pretendientes, a la vez que tranquilo y hogareño por el lugar rural donde imperan la rutina y las tradiciones. También se entrelazan personajes entrañables con otros que solo buscan ganarse el favor de las ancianas a toda costa. En Fonseca, la muerte cohabita con una vida exuberante, el frío con el calor, el amor con el odio, la seguridad con la duda, lo natural con lo sobrenatural. Son tres meses lentos en los que un movimiento pendular lleva a la protagonista de la esperanza a la desilusión, a la vez que remueve realidad y ficción.
En una ocasión, Penelope Fitzgerald escribió: “desdichadas las historias que no son contadas”. Probablemente no llegue a saberse por qué nunca escribió esta, pero por suerte Jessica Francis Kane tomó la cita como cierta, porque “Fonseca” era una historia que debía ser contada.