Justicia poética y vergüenza

Justicia poética y vergüenza

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En España no hemos conocido una legislatura completa sin casos sonados de corrupción. Por contra, abundan las historias de políticos que se dejaron cegar por el mal de altura y acabaron saltándose la ley o dejándose arrastrar por el rio de las comisiones que salen bajo cuerda de empresas a las que se otorgan contratos en adjudicaciones amañadas.

En la política española hemos visto ya casi todo. Pero nos faltaba un caso de lo que podríamos llamar: justicia poética. Nos faltaba como remate del espectáculo ver sentado en el banquillo del Tribunal Supremo a un ex ministro acusado de corrupción. El mismo José Luís Ábalos que hace ahora ocho años, cuando era diputado del PSOE, saltó a la fama en el ruedo de la política nacional como martillo de la corrupción, acusando al Partido Popular a la sazón al frente del Gobierno.

Aquella sesión en el Congreso de los Diputados se saldó con una votación en la que triunfó la moción de censura que puso fin a la presidencia de Mariano Rajoy dando paso a la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa. Fue un día de gloria para el diputado Ábalos transformado para la ocasión en tronante Savonarola. Su encendido discurso contra la corrupción, reclamando honradez y defendiendo la probidad como conducta exigible a los políticos retumbó en la bóveda del Hemiciclo. La cortés felicitación a Pedro Sánchez de un Mariano Rajoy de retirada y visiblemente abatido coincidió con el sostenido aplauso que puestos en pie depararon a José Luis Ábalos los diputados de los partidos que habían participado en la operación para desalojar del Gobierno al PP.

Ahora, en otro mes de mayo, ocho años después, siguen en el Congreso algunos de aquellos diputados que con su voto censuraron la corrupción. Entonces hablaron, ahora permanecen callados. Guardan silencio pese a conocer por el juicio celebrado en el Supremo los entresijos de la trama de presuntas actividades delictivas de quien fuera entonces portavoz del discurso de regeneración del PSOE y poco después todopoderoso ministro de Fomento y secretario de Organización del partido. Silencio también ante los sórdidos detalles de sus andanzas salaces en medio del confinamiento impuesto en los días de la pandemia.

Solo el fariseísmo instalado en los estados mayores de los pequeños partidos -desde Sumar a Podemos o ERC, extensivo a la dirección del PNV o Junts- aclara un comportamiento tan cínico. Invita a la risa escuchar a algunos de sus portavoces -Rufián, Belarra, et al.- proclamar que la financiación ilegal del PSOE sería la "línea roja" que en el caso de ser traspasada les llevaría a retirar el apoyo parlamentario. Por el resto de las trapacerías de sus dos secretarios de Organización, no. Tampoco por la nula asunción de responsabilidades políticas por cuenta de Pedro Sánchez. Hablo de risa, pero lo más certero sería hablar de sentir vergüenza. Vergüenza al pensar a cuantos ciudadanos engañaron con sus promesas de regeneración.


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