Rufián, patito feo

Rufián, patito feo

Gabriel Rufian (1982, Santa Coloma de Gramanet) es el gran verso suelto de la política nacional. Un patito feo entre los suyos (independentismo catalán por lo identitario, izquierdoso por lo ideológico) y un demonio entre quienes acampan al otro lado de la barricada (derecha española y catalana, tanto da en idéntica insensibilidad a los padecimientos de las clases más desfavorecidas).

"Rufián hace de Rufián", dicen en su propia familia política cuando se hace difícil explicar su condición de verso suelto dentro de ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), a pesar de su cargo como portavoz de ese grupo parlamentario. O como enviado especial de Oriol Junqueras en el Congreso de la Diputados. Ni lo uno ni lo otro frenan su aversión al partido de Puigdemont (Junts), con el que comparte su independentismo, y a la izquierda nacional a la izquierda del PSOE, con la que comparte el miedo a hundirse en la irrelevancia por su tendencia a fragmentarse en grupos, subgrupos, grupitos y subgrupitos.

Por las dos cosas Rufián se ha convertido ya en el político travieso de la temporada primavera-verano. Lo de Junts lo despacha poniendo cara de chico enfurruñado a Miriam Nogueras cuando coinciden en el ascensor del Congreso. Y lo de inesperado socorrista de las izquierdas amenazadas por la ley D'Hondt consiste en zarandearlas para que espabilen de cara a las elecciones generales si quieren frenar la irresistible ascensión de las derechas en los sondeos anunciadores de que el "somos más" de Pedro Sánchez ha cambiado de bando.

Sin embargo, sus objetores independentistas o españolistas, por la derecha y por la izquierda, republicanos y monárquicos, devotos de la España una o la España plurinacional, taurinos y antitaurinos, ningunean sus filantrópicas intenciones y se quedan en el "Rufián hace de Rufián", convencidos de que lo suyo es alimentar el personaje, o bien le endosan el consabido reproche de la ambición desmedida, sin que falten las insinuaciones de que su sed de protagonismo en realidad oculta el deseo de garantizarse el escaño para la venidera legislatura en las Cortes Generales.

Él insiste en que solo pretende motivar a las izquierdas que acampan a la izquierda del PSOE sobre la necesidad de ir juntas a las urnas. Pone al servicio de la causa no su liderazgo (no es lo que busca), sino su capacidad movilizadora, por su tirón en las redes sociales y por sus celebradas intervenciones en el Congreso de los Diputados.

Pero no parece que tan buenas intenciones vayan por buen camino. Por eso en la distancia corta suele comentar su decepción con los distintos líderes de ese mundo: Sumar, IU, Podemos, Compromís, Comunes, BNG, Bildu, Más Madrid.... Incluso, los suyos de ERC, donde parece que el componente identitario se está comiendo al ideológico.


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