Fui uno de los muchos ingenuos que, hace tres años, un mes y nueve días, allí, en el estadio Magariños, creí en la posibilidad de que la entonces (y ahora) vicepresidenta Yolanda Díaz llegase a convertirse en la sucesora de Pedro Sánchez en la presidencia del gobierno.
Ella misma, ante varios miles de entusiastas, se proclamó a sí misma como tal. Un trienio ha bastado para que el movimiento Sumar, que ella aglutinó, se haya prácticamente disuelto, y para que doña Yolanda, que a muy duras penas se mantiene como teórica 'número tres' del Gobierno y sostiene a cuatro ministros también teóricamente de Sumar, ande en busca de un acomodo para el futuro.
Yolanda Díaz, lo mismo que Urtasun, Bustinduy, Sira Rego y, de alguna manera, Mónica García (Más Madrid), se ha convertido en una anomalía en el Ejecutivo 'de coalición' que Pedro Sánchez no se atreve a remodelar a fondo más allá de los retoques puntuales debidos a la condición de candidatas autonómicas de algunas ministras que hubieron de dimitir para concurrir a las urnas. Incluyendo a la ex vicepresidenta primera, María Jesús Montetro, que ahora afronta un difícil trance en la jornada electoral andaluza de este domingo.
Todos en lo que era Sumar conocen la provisionalidad de su situación. La primera, Yolanda Díaz, que, tras haber renunciado públicamente a ser candidata en las próximas elecciones, parece haberse recetado un período de relativo silencio y opacidad a la espera de nuevas oportunidades. Ello ha hecho que su asistencia a la campaña en las elecciones andaluzas haya sido prácticamente irrelevante. Y que su anunciada y confirmada presencia en algunos actos, como el organizado por mí mismo en el Ateneo de Madrid el próximo jueves en el15 aniversario del movimiento 'indignados', haya sido precipitadamente cancelada sin excusas lo bastante convincentes. ¿Quo vadis, Yolanda Díaz?
Sería injusto no reconocer las evidentes facultades políticas de doña Yolanda, capaz de aglutinar en algún momento a la mayor parte de la muy dispersa izquierda a la izquierda del PSOE. Lo mismo que sería miope no detectar sus grandes fallos, como su afán de protagonismo, su falta de credibilidad y sus lagunas como oradora. Las especulaciones ahora en su entorno son múltiples: ¿adónde iría a parar tras este período de prórroga en el Consejo de Ministros? Nadie cree que su concepto ético le permita escuchar a quienes le susurran una posibilidad en el Consejo de Estado o en otros organismos públicos; suponiendo, claro, que en algún momento Pedro Sánchez, hacedor de famas y fortunas, llegase a ofrecérselo. ¿Regreso a la vida privada, a su condición de abogada laboralista, tal vez formando parte de un despacho importante, como hizo Soraya Sáenz de Santamaría tras abandonar la vicepresidencia con Rajoy?
Quién sabe. Las especulaciones en marcha, que siempre son abundantes en los cenáculos y mentideros madrileños, sostienen que, tras las elecciones andaluzas, donde se espera un descalabro del socialismo, Pedro Sánchez se verá forzado a adoptar algunas decisiones de calado para atrincherarse ante las previsiblemente siguientes elecciones, dentro de un año: las municipales y las restantes autonómicas, donde el PSOE podría sufrir reveses similares a los que ya registró en mayo de 2023, poco más de un mes después, por cierto, de lo de Magariños. El presidente de la Junta andaluza, Moreno Bonilla, incluso ha llegado a predecir que, si el descalabro del PSOE en Andalucía este domingo es aún mayor de lo que prevén las encuestas, Sánchez, apremiado también por los problemas judiciales de su entorno, convocaría elecciones generales antes de fin de año para adelantarse a las de mayo de 2027. O coincidir con ellas.
Insisto: tratándose de Sánchez, quién sabe. Lo impensable es que todo, comenzando por la posición 'por libre' de la vicepresidenta segunda, siga igual. Ella lo sabe y, por tanto, calla, procurando no llamar la atención, no vaya a ser que alguien se fije en su surrealista situación y empiece a preguntarse qué está ocurriendo aquí antes de que ella haya adoptado sus propias decisiones.
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