Madrid 9 May.
El cisma entre las dos Españas se ahonda cada día más. Y la política exterior no iba, claro, a ser la excepción, aunque casi todas las democracias consolidadas tradicionalmente consideren que ese es terreno inviolable: esa política exterior corresponde a quien en ese momento gobierna en el Estado, y no caben excepciones. Como la protagonizada por la Presidenta del Gobierno regional, Isabel Díaz Ayuso, en México.
Mal Díaz Ayuso, y lamento decirlo, porque es una figura a la que aprecio por bastantes conceptos. Ha dado armas a sus numerosos odiadores en el Gobierno de Pedro Sánchez y sus alrededores, acudiendo a 'pontificar' (dicho sea con perdón) a México sobre un tema que tanto duele allá, en especial a los actuales mandatarios del país, y muy particularmente a la presidenta Sheinbaum: la colonización. Había sido preciso que el mismísimo Rey Felipe interviniese en público sobre tan espinoso tema, que a punto estuvo de romper nada menos que las relaciones entre México y España, para restaurar la paz, de alguna manera empañada ahora por Díaz Ayuso.
Bien están los viajes de los 'barones' autonómicos, aquejados en general de una irrefrenable pasión viajera, cuando se trata de atraer inversiones o turistas para determinada región. Bien los contactos políticos, pero mal la 'alta política'. A menudo me he rebelado contra aquellos dirigentes, e incluyo aquí al propio presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, o al presidente del PP, Núñez Feijóo, que aprovechan unos micrófonos en el extranjero para criticar la política interior, sea al Gobierno, sea a la oposición. Quizá me haya quedado anticuado, pero sigo pensando que la ropa sucia se lava en casa y las declaraciones polémicas o altisonantes, también. Al mundo mundial se acude a otra cosa, no a poner picas en Flandes.
Creo que es urgente un replanteamiento de los parámetros que guían la política exterior. Bueno hubiese sido que Sánchez hubiese tratado de consensuar con Núñez Feijóo su, a mi juicio, acertada posición sobre las guerras de Trump y Netanyahu. Acertado, a mi modo de ver, sería que el inquilino de La Moncloa hubiese introducido al líder de la oposición en la política europea y vayan de la mano en aquellas cuestiones que no correspondan al debate interpartidario en la Eurocámara. España, sin duda, ganaría fuerza ante Europa, ante los Estados Unidos, ante el mundo, en las propias Naciones Unidas ahora en proceso de relevo, acudiendo unida en cuestiones diplomáticas. En las que, por cierto, no están las dos Españas tan divididas, más allá de maniobras orquestales en la oscuridad, de errores oportunistas y de silencios -por ejemplo, el PP ante Trump- derivados de alianzas intestinas con VOX, el partido del consenso imposible en estas materias.
La carrera, incluso la que tiene el colchón de La Moncloa como Meta, no está en las pistas exteriores, sino en las nacionales. Díaz Ayuso, por un lado, y la 'diplomacia Albares' por el otro, han de entender que lances como el que propició Díaz Ayuso en México o, antes, el PP con la visita de María Corina Machado a Madrid, no hacen sino aumentar nuestra debilidad en un mundo claramente regido por locos o por incapaces. Alguien tiene que empezar a propiciar un diálogo en cuestiones puntuales (y muy importantes) entre las dos Españas antes de que el vaticinio de Bismarck, aquel sobre los españoles que llevan siglos tratando de destruirse unos a otros sin lograrlo 'aún', acabe cumpliéndose fatalmente.
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