Solo soy un periodista que escribe desde un país que solo es relativamente importante en el concierto mundial. Pero creo que tengo derecho a expresarme, con todos los medios a mi alcance, sobre una cuestión que sospecho que me afectará, como a usted, y a mis hijos y nietos, como a los suyos.
Que, con la que está cayendo -una lluvia torrencial propiciada por el primero--, Trump y Xi Jinping se vayan a encontrar dentro de pocas horas en una 'cumbre' de la que de antemano estamos convencidos de que no vamos a enterarnos de los temas más importantes a tratar, me parece relevante. Y quizá algo acongojante, si se me permite.
Porque no es un encuentro para buscar paces que el mandatario norteamericano ha roto ni poner fin a guerras de las que el mandatario chino se beneficia, astutamente, no poco. Este es un encuentro para repartirse el mundo: yo actúo en este área de influencia, tú en este otro y respetémonos el uno al otro, que más nos vale. ¿Le parece a usted simplista esta explicación? Hombre, yo solo sé lo que leo en los medios internacionales que con mayor atención siguen los conflictos, como, entre otros, el New York Times -ese periódico que ayer hacía las delicias de Moncloa con un artículo sumamente turiferario dedicado a Pedro Sánchez: es, parece, lo único que importa en los ambientes moclovitas- o determinadas cadenas de televisión: no soy un especialista en personalidades que, como las de Trump y Xi, son indescifrables.
Lo que a mí más me preocupa no es que en este encuentro se decida la suerte de, por ejemplo, Taiwan, o quizá hasta de Groenlandia: lo que me angustia es la escasa atención que, por ejemplo en España, estamos dedicando a lo importante en favor de otras cuestiones menores, que serían lo interesante. España, para Estados Unidos (por mucho que el 'trumpismo' nos denigre), y para China (por mucho que ahora allí nos elogien los medios oficiales), no deja de ser un país de segunda categoría, una potencia de menor rango que, al final, deberá aceptar el destino que le marquen 'los grandes'.
Porque ni siquiera la pertenencia a un club teóricamente selecto como la Unión Europea constituye ya un paraguas suficiente para evitar las consecuencias que pueda tener este reparto del mundo al que aquí vamos a asistir impasibles, mucho más pendientes de Abalos o del resultado de las elecciones andaluzas que de lo que pueda ocurrir(nos) en la reunión de Pekín. Y es que no solo en España: también la mayor parte de los países de la vieja Europa -véase el caso de la Gran Bretaña de Starmer- andan mucho más obsesionados con sus cuestiones domésticas que con esta nueva Yalta que se delinea muy por encima de nuestras cabezas, pero con nuestras cabezas en juego. ¡Socorro!
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