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El “Rigoletto” transgresor despierta polémica en el Teatro Real (y con razón)

El “Rigoletto” transgresor despierta polémica en el Teatro Real (y con razón)

Una mujer entra corriendo a través de la platea, pasando por el patio de butacas perseguida por unos hombres con máscaras de conejos hasta llegar al escenario y simular una violación. Una representación a lo ‘manada’. Esto sucede antes de que el telón se abra y de que la música empiece. Desde el comienzo la escena del dramaturgo Miguel del Arco promete polémica. Aunque ya sabemos que hoy en día los directores de escena creen que un buen escándalo se iguala al éxito, o por lo menos que se hable de ellos, sea eso bueno o malo. En lo primero se equivocan, en lo segundo no tanto. La producción de la ópera tan querida “Rigoletto” del maestro Verdi estrenada el sábado, 2 de diciembre, en el Teatro Real está en boca de todos. Y se habla porque los abucheos al equipo de escenografía fueron más que los aplausos.

No porque al público no le gustara la representación. De hecho, es inteligente y denuncia la violencia machista de una forma clara y sobrecogedora, el abuso de los hombres poderosos, de la alta clase social, hacia unas mujeres sumisas porque se les ha quitado hasta la voz. Sin embargo, cuando se abusa de un recurso el mensaje no tiene sentido, no llega. Mujeres retratando todas las poses del Kama Sutra, moviéndose al compás de actos sexuales, orgias, masturbaciones desatadas, cuerpos desnudos. Un descampado poblado de prostitutas.


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Esto ya no incomoda a nadie. Lo que pasa es que está desgastado, cansino y lejos de “modernizar” la ópera, la aleja de muchos. La práctica de provocar escándalo con lo desnudo visualmente se ha quedado obsoleta y antes que denunciar un tema importante, llega a ridiculizar la idea inteligente que hay detrás. Ha pasado de moda. O nunca lo estuvo. Hay que dejar clara una cosa: los escanógrafos piensan que los abucheos significan que los espectadores no han entendido la obra. No hay que equivocarse: se comprende y mucho, pero sobra tanta pompa erótica.

Esta nueva producción –en coproducción con la ABAO Bilbao Ópera y el Teatro de la Maestranza de Sevilla– traspasa el límite y llega a ser hasta absurda. Miguel del Arco se olvida de centrarse en la interioridad de los personajes porque está concentrado en mostrar el abuso de la mujer a través de felaciones. Rigoletto es casi un hombre insensible, ni una pizca de humanidad; su hija, Gilda, se fallece">muere en sus brazos y no hay nada de dolor, solo el sentimiento de un hombre víctima de su propia crueldad. Ni pizca de la sensibilidad de Verdi: no se juega con ese doble trasfondo del bufón, de un padre que sufre por su hija. Lo mismo pasa con el duque de Mantua: es un depredador sexual con el único deseo de aprovecharse de las mujeres y mientras canta la célebre aria “La donna e mobile” en una carpa –representada como un prostíbulo– se encuentra rodeado de chicas, borracho y deseando acostarse con Maddalena, tras jurarle amor a Gilda. Tanto se centra el director de escena en el instinto animal del hombre que se olvida de que el duque llegó a abrir su corazón en el dúo con Gilda y en su gran aria del acto segundo. Pero eso queda desapercibido entre tanto espectáculo de cabaret barato.

La obra se representará hasta el 2 de enero y cuenta con cuatro repartos. En el estreno cantó Javier Camarena en el rol de Rigoletto. Un tenor muy querido por sus cantos en las óperas rossinianas, pero que cada vez pierde más fuerza en su voz y eso se percibe claramente en roles más líricos, como el de esta velada. No se llevó muchos aplausos del público. Su “La donna e mobile” no impresionó ni emocionó en lo más mínimo. Le costó llegar a los agudos, con tonos desafinados en todos los actos. La gran estrella de la noche fue la soprano rumana Adela Zaharia que hizo una magnífica actuación de Gilda. Se podía oír su voz por encima del resto de cantantes en los conjuntos, lo que no era muy difícil dado el panorama. Los colores y el aspecto dramático de su voz fueron más evidentes en el último acto, antes de ser apuñalada. Fue muy aplaudida su “Caro nome”. El barítono Ludovic Tézier estuvo a la altura, sin embargo, se puede esperar más de alguien tan especializado en repertorios verdianos. Lo cantó todo muy monótono. Como ya se ha mencionado anteriormente, su actuación no se aprecia demasiado, quizás también por el batiburrillo del escenario. Simon Lim en el papel de Sparafucile y Marina Viotti en Maddalena cumplieron con sus respectivos diálogos, pero no destacaron especialmente.

El director de orquesta Nicola Luisotti, experto en este repertorio, hizo una buena lectura en algunos momentos pero en general su interpretación fue floja. No emocionó. Por unos momentos remarcó demasiado la orquesta, en otros su juego con la velocidad descoordinaba a los cantantes. De todos modos, con lo que hubo por encima del escenario, se puede decir que el foso defendió la obra de forma solvente y suficiente.

En definitiva, a los Reyes Magos les pediré que “modernizar” la ópera no signifique ir a ver presuntas felaciones. No vaya ser que al final los espectadores tengamos que ir sin ropa a ver un espectáculo de estos. ¡Viva la época “nude” de la ópera!

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