El triunfo electoral de Juanma Moreno Bonilla, que presumiblemente será el único 'barón' del Partido Popular que no necesite a Vox para gobernar, pone el foco en el presidente y próximo presidente de la Junta andaluza ante un posible salto del terreno autonómico a la cancha nacional.
El domingo en Andalucía abocamos al último de los comicios autonómicos previos a las elecciones legislativas que en principio no se esperan hasta dentro de un año. Esa es la intención anunciada por Pedro Sánchez en diversas ocasiones.
Lo siento de veras. Pero es que resulta que, en mi opinión, sería erróneo afirmar que nada importa a los restantes españoles, en general, lo que ocurra el domingo en las elecciones andaluzas, como sería un dislate proclamar (y a fe mía que hay quien lo hace aquí, en la Corte desde la que escribo) que nada importa al resto de los españoles lo que ocurra en la política andaluza.
En el fondo, casi todos tenemos un chismoso agazapado, que se excita ante el chismorreo. El chismorreo, además, no necesita de grandes conocimientos científicos o culturales, y puede atraer al camarero de la taberna del pueblo, o al investigador científico que, de repente, recibe noticias de que la becaria de un colega ha sido la causa de la tramitación de su cercano divorcio.
No se habla de otra cosa, como diría Anson. La rueda de prensa celebrada el lunes pasado por Florentino Pérez escandaliza por doquier. El volquete de adjetivos deja al presidente del Real Madrid a los pies de los caballos: hilarante y delirante, populista y personalista, chulo, matón... y en ese plan.
¿Quién asesoró o con quién preparó María Jesús Montero el debate electoral en el que afirmó que la muerte de dos guardias civiles que perseguían a narcotraficantes había sido "un accidente laboral"?
Hay períodos en los que el despropósito, el disparate, se convierten en distintivo principal de un país, muy concretamente de esta nuestra España, que es la nación que mejor conozco. Escribo, lo admito, bajo la influencia de una rueda de prensa del presidente del Real Madrid que ha sido, sin duda, el mayor de los desaciertos de alguien que ya no andaba muy acertado, aunque sí siempre bastante prepotente: a ver quién tiene lo que hay que tener para negarle algo a Don Florentino.
A medida que hemos ido conociendo más detalles acerca de la muerte de dos agentes de la Guardia Civil que perseguían a una narcolancha a unas ochenta millas de la costa de Huelva, crece la indignación doblada de perplejidad.
Solo soy un periodista que escribe desde un país que solo es relativamente importante en el concierto mundial. Pero creo que tengo derecho a expresarme, con todos los medios a mi alcance, sobre una cuestión que sospecho que me afectará, como a usted, y a mis hijos y nietos, como a los suyos.
España arrastra una paradoja laboral que se ha convertido en una de las grandes anomalías económicas del país. Mientras mantiene, sin maquillaje estadístico, la tasa de paro general, femenino y juvenil más elevada de la Unión Europea, miles de empresas siguen sin encontrar trabajadores para cubrir sus vacantes.
El 17 de enero de 1986, España e Israel establecieron relaciones diplomáticas. Cuarenta años después la relación oficial entre los dos países se encuentra en el limbo. La ausencia de los respectivos embajadores deja la representación en manos de los encargados de negocios.
Tramo final de la campaña andaluza. Las últimas encuestas coinciden en adelantar una mayoría del PP (55 escaños o más), cuyas siglas aparecen enterradas en el discurso y en la imaginería electoral del candidato, Juanma Moreno Bonilla.
Fui uno de los muchos ingenuos que, hace tres años, un mes y nueve días, allí, en el estadio Magariños, creí en la posibilidad de que la entonces (y ahora) vicepresidenta Yolanda Díaz llegase a convertirse en la sucesora de Pedro Sánchez en la presidencia del gobierno.
Dejándose llevar por la inercia de victoria que pronostican las encuestas, Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, ha vuelto a reiterar su intención de "derogar el sanchismo". Tan llamativo anuncio convierte la iniciativa en un compromiso político que habrá que ver sí se convierte en algo más que un deseo.
A los políticos habría que pedirles solo dos cosas: que se alineen con el sentido común y que no mientan. Ya sé que es un imposible porque la política se ha convertido en un esperpento al peor estilo español y amenaza con terminar con un drama que ya se ha empezado a escribir: la desafección de los ciudadanos.
Hubo un tiempo en el que España se jactaba de ser solidaria: récord mundial en donaciones de órganos y tal. Creo que, con los agrios debates internos a cuenta de la acogida a los pasajeros del Hondius, las dos Españas han ensuciado un poco aquel cuadro tan idílico que nos quisimos pintar.
La regularización masiva de inmigrantes está en marcha y, aunque está semana el Tribunal Supremo celebrará una vista en base a la denuncia presentada por la organización Hazte Oír, nadie del Gobierno ha mostrado el más mínimo coste sobre cómo esta decisión impactará en los servicios públicos y la cuenta de gastos del Estado.
El cisma entre las dos Españas se ahonda cada día más. Y la política exterior no iba, claro, a ser la excepción, aunque casi todas las democracias consolidadas tradicionalmente consideren que ese es terreno inviolable: esa política exterior corresponde a quien en ese momento gobierna en el Estado, y no caben excepciones.
Este modesto columnista es de los que realmente se creen la terapia sanadora del Estado de Derecho. Por lo tanto, vaya por delante que siempre asumirá y dará por bueno el mejor criterio de la Junta Electoral Central, donde ha ido a parar la denuncia que contra mí y contra el Diario Palentino formuló en su día Vox ante la Junta Electoral de Castilla y León por supuesta vulneración del artículo 53 de la LOREG (Ley Orgánica de Régimen Electoral General).
En España no hemos conocido una legislatura completa sin casos sonados de corrupción. Por contra, abundan las historias de políticos que se dejaron cegar por el mal de altura y acabaron saltándose la ley o dejándose arrastrar por el rio de las comisiones que salen bajo cuerda de empresas a las que se otorgan contratos en adjudicaciones amañadas.
He viajado estos días a Málaga y Sevilla, las dos ciudades que compiten por ser la 'capital de hecho' de Andalucía. He tenido la oportunidad de hablar con mucha gente, con algunos políticos de distinto signo, con numerosos compañeros de profesión, dedicados a seguir los avatares de una campaña en la que nadie ha dicho nada nuevo: ni una propuesta original, ni un mensaje revolucionario para una sociedad que se acomoda.
En esta España donde abundan los pelotas, los sumisos, los serviles, los tontos contemporáneos, y los frívolos, que creen que la política ni les coarta la libertad ni les mete la mano en los bolsillos, no todo son bueyes.
Estoy muy de acuerdo con comentaristas que, como José Antonio Zarzalejos, un buen conocedor del mundo de togas y puñetas, dicen que el 'juicio del año', el de las mascarillas, ha acabado en un espectáculo degradante, en el que algunos acusados, señaladamente Koldo García, han proferido desplantes hacia el tribunal o hacia los letrados.
En torno al caso de las mascarillas, visto para sentencia en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, han aparecido poderosas fuerzas interesadas en que la verdad judicial, que es una categoría muy protocolizada en normas escritas previamente (leyes), quede enterrada por la verdad política, que es cambiante, casquivana y muy manipulable.