La reposición de “El gitano por amor” en el Teatro de La Zarzuela supone un ejercicio de recuperación patrimonial que merece ser celebrado. Manuel García (1775-1832) –figura clave en la historia de la lírica, conocido tanto por su labor como compositor, maestro de canto como por ser el padre de célebres cantantes como María Malibrán y Pauline Viardot— no ha sido exactamente un desconocido, pero sí un compositor poco presente en los escenarios. Esta producción de la Ópera Estudio de Málaga – Teatro Cervantes (2024) devuelve a la vida una obra que permite redescubrir una parte importante del repertorio español.
Basada en “La gitanilla” de Cervantes, la obra articula una historia de identidades cruzadas, amores que desafían las barreras sociales y revelaciones finales que restituyen el orden. Hernand, noble que se adentra en el mundo gitano por amor a Rosita, desencadena una trama donde lo popular y lo aristocrático chocan hasta resolverse en el reconocimiento de los orígenes.
La dirección de Emilio Sagi, con escenografía de Daniel Bianco, apuesta por una lectura estética muy definida y reconocible. En el primer acto, situado en las afueras de la ciudad, en un barrio gitano, el espacio escénico se construye a partir de un fondo completamente cubierto de grandes rosas. No son decorativas en sentido literal, sino casi abstractas, de gran tamaño, envolviendo la escena en una textura densa y envolvente. La iluminación de la mano de Eduardo Bravo –dominada por tonos rojos profundos, con matices violáceos en algunos momentos– crea una atmósfera casi opresiva, cargada de simbolismo, donde la comunidad gitana aparece frecuentemente en composiciones corales muy marcadas, con figuras en sombra que contrastan con los protagonistas iluminados.
El segundo acto cambia radicalmente de lenguaje visual. La acción se traslada a la casa del Marqués del Pino, y el escenario se vacía: una pared roja, con doble fondo blanco, limpia, y una serie de sillas blancas alineadas. La composición recuerda deliberadamente a una ceremonia, casi una boda, con los personajes distribuidos frontalmente. El contraste con el acto anterior es evidente: del exceso cromático y la textura densa se pasa a una asepsia casi simbólica. La iluminación sigue jugando con el rojo y el blanco, pero aquí el blanco domina, subrayando el desenlace y la revelación feliz del final.
No es una propuesta especialmente innovadora, ni busca serlo. Pero tiene coherencia, claridad y una estética bien sostenida. No deslumbra, pero funciona, y eso permite que la narración avance sin obstáculos.
El vestuario de Jesús Ruiz acompaña bien esta propuesta, especialmente en el mundo gitano, con trajes de gran riqueza cromática –rojos y fucsias, con muchas joyas– y capas que aportan movimiento y carácter. En contraste, el ámbito noble se presenta más contenido, en tonos claros y cortes más rígidos.

En lo vocal, en el primer reparto, la función resulta claramente irregular. Juan Antonio Sanabria, como Hernand, no consiguió sostener el papel protagonista. Su emisión en la zona aguda fue problemática: los sonidos no terminaban de abrirse, quedaban cortos de proyección y en ocasiones forzados. Esto afectó tanto a la línea de canto como a la credibilidad musical del personaje.
Sabina Puértolas, en el rol de Rosita, ofreció una interpretación escénicamente viva, con gran movilidad y carácter, aunque en varios momentos cayó en una gestualidad excesiva, cercana a la sobreactuación. Vocalmente, su instrumento lírico-ligero encaja en el papel por agilidad y capacidad de ornamento, pero presentó un vibrato algo inestable, con cierto temblor en la emisión que restó limpieza a las frases más expuestas. Su aria dirigida a su padre –uno de los momentos finales clave– fue muy aplaudida; la reacción del público fue tan intensa que la propia soprano se giró hacia la sala como anticipando un posible bis que finalmente no llegó.
María José Moreno, como Inés, fue la más sólida del reparto. Su voz, bien apoyada, con proyección clara y fraseo elegante, destacó con nitidez sobre el resto. Sus pocas intervenciones aportaron calidad y seguridad musical.
Javier Povedano (Baldaquín) brilló en el plano actoral, aportando ritmo y comicidad, aunque vocalmente se quedó corto en proyección y consistencia. Begoña Gómez (Laura) siguió una línea similar: correcta escénicamente, pero sin el peso vocal necesario para destacar.
El Marqués del Pino, interpretado por Pietro Spagnoli, tiene una presencia breve, pero su experiencia se hizo notar: resolvió su intervención con autoridad y buen estilo.
Carlos Aragón dirigió con solvencia una partitura que mira claramente a lo popular: seguidillas, ritmos de danza, giros melódicos de raíz española. Su lectura fue equilibrada, sin excesos, manteniendo el pulso y permitiendo que la música respire con naturalidad. La orquesta respondió con precisión, especialmente en los números de conjunto.
Más allá de algunas irregularidades, “El gitano por amor” resulta una experiencia escénica disfrutable y, sobre todo, valiosa. La propuesta visual atrapa, la música fluye con naturalidad y la obra conecta con el público.
Salgo con la sensación de haber asistido a algo que merece existir en escena: un título recuperado con respeto, con belleza y con suficiente fuerza como para emocionar. Y eso, en un repertorio tan necesitado de redescubrimientos, ya es suficiente.