Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 31-III-2026. Ciclo de conciertos “La Filarmónica”. Coro y orquesta del Collegium Vocale de Gante. Director: Philippe Herreweghe. Guy Cutting, tenor (Evangelista). Florian Boesch, bajo (Jesús). Solistas coro 1: Grace Davidson, soprano. Chiyuki Okamura, soprano (Esposa de Pilato, sierva 1). Magdalena Podkościelna (sierva 2). Alex Potter, contratenor. Samuel Boden, tenor. Florian Störz, bajo 1 (Pedro, Pontífice 1). Philip Kaven, bajo (Pilato, Pontífice 2). Solistas coro 2: Hannah Ely, soprano. Benno Schachtner, contratenor. Bart Uvyn, contratenor (testigo 1). Florian Sievers, tenor. Emanuele Petracco, tenor (testigo 2). Mikhail Timoshenko, bajo. Julián Millán, bajo (Judas).
Hace la friolera de 56 años que el inquieto Philippe Herreweghe fundaba el Collegium Vocale de Gante. Inicialmente un Coro magnífico, que maduró, entre otros marcos, en la grabación del histórico ciclo de “Cantatas” de Bach por el tándem Harnoncourt-Leonhardt. Ya ha llovido. También ha caído lo suyo desde que, en 1986, en la Semana de Música Religiosa de Cuenca, quien firma estas líneas escuchara por primera vez al director belga su interpretación de “La Pasión según san Mateo”. Nunca había vivido una interpretación tan emocionante, y la experiencia se ha repetido después varias veces.
Escuché también a otros, algunos (Norrington, McCreesh) extraordinariamente desafortunados. Pero Herreweghe volvía una y otra vez, y siempre, sin fallar jamás, emocionaba con un Bach profundo, de hondo calado, nunca monótono, magníficamente construido. La sabiduría de quien conoce a fondo esta música y la transmite desde la más honda emoción. La escuchada en esta ocasión habrá sido la sexta que he podido escuchar en vivo de este intérprete. Y solo la memorable “Pasión según san Juan” dirigida por el inolvidable Gustav Leonhardt (también en Cuenca, el año 2004) dejó al que suscribe una impresión parecida.
Nos referimos a la obra con suficiente extensión desde estas líneas con ocasión de la interpretación, singular pero estupenda, que Raphaël Pichon ofreció la semana pasada en Madrid, de forma que pueden consultar aquella reseña a esos efectos en este mismo medio
El acercamiento, bien distinto, de Herreweghe
Herreweghe utilizó un orgánico parecido al de Pichon, con leves diferencias. Si el francés se decantó la semana pasada por dos coros en disposición 5/3/3/4 (sopranos/altos/tenores/bajos), el belga utilizó una disposición de 3/3/3/3 para ambos, pero reemplazó el coro de niños (que ha utilizado otras veces, entre ellas la mencionada de 1986) por un grupo de “ripieno” que hizo el papel de aquel y reforzó además los corales. Aunque en el programa de mano aparecían cuatro voces como parte de este grupo, pareció que en el escenario había un par de cantantes más.
En lo orquestal, Herreweghe optó por una cuerda de 3/3/2/2/1 (violines I, violines II, violas, chelos y contrabajo) para cada orquesta, muy similar al contingente empleado por Pichon (apenas un violonchelo menos). En ambos casos, complementos idénticos de viento madera, órgano y viola da gamba según prescribe la partitura, pero prescindiendo de la tiorba y el clave añadidos por el director francés (que tampoco figuran en la partitura, por lo demás).
Podría darse la tentación, tras haber escuchado la interpretación, muy teatral y dramatizada, de Pichon, de considerar la planteada por Herreweghe como más fría y severa. Quien firma estas líneas cree honestamente que sería un error, además de una injusticia. El veterano maestro belga apela a la más profunda emoción sin renunciar al dramatismo, que está, y muy presente, pero que se presenta sin extremos. Los matices, los acentos, las inflexiones, los contrastes, el manejo de la agógica, todo está ahí, llega con nitidez, con rotundidad expresiva, pero sin excesos. La narración, en manos de Cutting y Boesch, tiene una intensidad espeluznante, pero no recurre a movimientos escénicos ni asomo alguno de semi escenificación. Puro canto. ¡Y qué canto! Volveremos luego sobre eso.
Los “tempi” siempre parecieron juzgados con esa sabiduría inapelable del gran músico de Gante. Desde el majestuoso coral inicial al sereno dolor del final, los corales, las arias (todas y cada una en su justo punto, mucho más equilibradas que las de Pichon la semana pasada), todo dejaba la sensación que siempre experimentamos con el Bach de Herreweghe: “tiene que ser así”. Los corales llegan como lo que pretenden ser: himnos sencillos, de expresión sincera, noble, sobria. No hay en ellos teatralidad, y sí, reflexión del alma, o mejor, reflexión para el alma.
El primer signo de hasta qué punto tiene Herreweghe absorbida esta partitura es la visión de la ajada partitura de Bärenreiter que saca, y con la que lleva décadas, reclamando una restauración de la encuadernación. El segundo es la cantidad de veces que prescinde de ella, y hasta del atril, para acercarse a apenas metro y medio de los primeros atriles de cada orquesta, como si quisiera fundirse con ellos, con esa mirada tan expresiva y ese gesto minimalista tan suyo (y casi indescifrable para quienes no estén familiarizados con él, pero que su grupo entiende a la perfección), absolutamente ajeno a cualquier aparato.
Lo que nos llega es, pues, la “Pasión” en estado puro. Sin artificios, con su magistral y doliente esencia estremeciendo el alma desde la expresión sincera y, a la vez, elevando el espíritu.

Este planteamiento, sin la teatralidad que manejaba Pichon, solo es posible si se cuenta con unos intérpretes capaces de extraer y transmitir las mil y una sutilezas expresivas que la música contiene. Y a Herreweghe no se le escapa detalle en ese sentido. Para empezar, cuenta con un coro que es de los mejores del planeta. Un conjunto cuya talla excepcional es igualada por muy pocos. Naturalmente, uno no puede extrañarse de que canten de esa forma cuando los solistas de la interpretación escuchada demuestran tener la categoría de tales, pero pertenecen en su totalidad al coro (salvo los encargados de los papeles del Evangelista y Jesús; esta vez no hubo “concesión”, como sí hizo Pichon, de asignar la última aria de bajo a quien encarnaba a Jesús; teniendo en cuenta la calidad de lo escuchado… no hacía falta alguna).
Pero además del magnífico coro, las prestaciones instrumentales fueron realmente formidables. Extraordinaria la concertino de la orquesta 1, Christine Busch, modélica en el famoso “Erbarme dich” (“Ten piedad”), sensacional Patrick Beuckels al Traverso (espeluznante su solo en esa aria demoledora que es “Aus Liebe will mein Heiland sterben”, “Por amor quiere mi salvador, morir”), inenarrable la belleza y perfección de la pareja de oboes de la orquesta 1 (Emmanuel Laporte y Taka Kitazato, capaces de pasar del oboe habitual al oboe d’amore y al oboe da caccia como si tal cosa). Nivel también estupendo de la concertino de la orquesta 2, María Roca, que salvó con solvencia su comprometido solo en el aria de bajo “Gebt mir meinem Jesum wieder!” (“¡Devolvedme a mi Jesús!”). Muy estimable prestación de la gambista Romina Lischka, mejor en su segunda aria “Komm, süsses Kreuz” (“Ven, dulce cruz”) que en la primera, “Geduld, geduld” (“Paciencia, paciencia”), en la que pareció haber alguna que otra aspereza de ARCO. Sobresalientes los instrumentistas de continuo en ambas formaciones.
El edificio de cualquier interpretación de esta obra colosal se viene abajo inmediatamente si quienes se encargan de la narración o las arias no dan el nivel suficiente, porque suya es la parte del león. Pero ese gran sabio que es Herreweghe se aseguró de que los mimbres fueran de garantías. Y vaya si lo fueron. El inglés Guy Cutting ofreció una de las mejores interpretaciones del Evangelista que quien firma estas líneas ha podido escuchar. Una voz preciosa, bien timbrada, con emisión segura, amplitud de registro (alcanza la zona más aguda sin asomo de tirantez o apuro (su “si” agudo en el recitativo de la negación de Pedro, dibujado además en un afilado pianísimo, fue de verdadero escalofrío) y presencia más que suficiente. Maneja un espectro dinámico anchísimo y su evangelista tuvo tanto dramatismo como emoción. Sensacional.
Florian Boesch es bien conocido de nuestro público. Anticipaba un Jesús de impacto… y lo fue. Una voz poderosa, bien timbrada, de graves rotundos, presencia imponente y también capaz de sutiles matices de emoción. Su Jesús tuvo majestad, piedad, grandeza y dolor, como debe ser. Toda la escena del Monte de los Olivos y el prendimiento quedó cantada con una intensidad realmente estremecedora, como también la de sus últimos momentos.
Lo de los solistas del coro se puede resumir en una expresión: ni una sola fisura. Algunas voces mostraron más presencia que otras (el contratenor Potter, el bajo Florian Störz, los tenores Boden o Sievers), pero todas lucieron bellos timbres, impecables líneas de canto y capacidad sobrada para emocionar. La palma se la lleva probablemente Potter, con su maravilloso “Erbarme dich”, pero hay que situar muy cerca el hermosísimo “Aus liebe will mein Heiland sterben” en la voz de Grace Davidson, de una doliente dulzura realmente sobrecogedora. Magnífico el mencionado Störz, que tiene una voz preciosa y la maneja admirablemente. Dibujó una noble y sincera interpretación de esa maravilla que es “Mache dich, mein Herze rein” (“Purifícate, mi corazón”). Pero lucieron también quienes tenían roles menores, empezando por el estupendo Judas encarnado por Julián Millán.
Lo escuchado ayer confirma lo que quien esto firma lleva décadas observando una y otra vez: desaparecidos Harnoncourt y Leonhardt, es Herreweghe quien, una y otra vez, se nos muestra como traductor supremo de la música sacra de Bach. No solo por cómo tiene interiorizada la música, sino por cómo asegura que no quede, ni en solistas ni en coro ni en orquesta, cabo suelto alguno. Cuando se tiene la sabiduría del maestro belga y se cuenta con unos mimbres como estos, lo normal es que la interpretación lleve, como la de ayer, el sello de lo memorable. Así lo entendió también un público entusiasmado, que ovacionó con calor a los intérpretes sin que la avanzada hora (casi las 22:40) fuera impedimento para ello.