“La Pasión según san Mateo” de Bach por Pichon y el Ensemble Pygmalion: el triunfo de lo dramático

“La Pasión según san Mateo” de Bach por Pichon y el Ensemble Pygmalion: el triunfo de lo dramático

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Ciclo de conciertos “Impacta”. 23-III-2026. Coro y Orquesta Pygmalion. Director: Raphaël Pichon. Pequeños Cantores de la ORCAM Dirección: Ana González. Julian Prégardien, Evangelista (tenor). Stéphane Degout, Jesús, y bajo 1. Julie Roset, soprano 1, esposa de Pilato. Maïlys de Villoutreys, soprano 2, Sirvienta 1. Lucile Richardot, alto 1. William Shelton, alto 2, Testigo 1. Zachary Wilder, tenor 1, tenor 2, Testigo 2. Alex Rosen, Pilato, Caifás, bajo 2. Ilia Mazurov, Judas (bajo). Paul-Émile Burgevin, Pedro y Pontífice 1 (bajo). Geoffroy Buffière, Pontífice 2 (bajo). Armelle Cardot, Sirvienta (soprano). J.S. Bach: La Pasión según san Mateo, BWV 244.

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La obra

La cercanía de la Semana Santa es momento siempre propicio para recrear la mejor música sacra de quien bien pudiera ser el mayor genio de la historia de la música en este y otros géneros: Johann Sebastian Bach. Y no puede concebirse mejor ni más indiscutible evidencia de ese genio que la “Pasión según san Mateo” que el Cantor escribió entre 1725 y 1727, año en que se estrenó (el Viernes Santo). Apunta Inés Fernández Arias, en sus excelentes notas al programa, sobre el olvido en que cayó la obra, considerada entonces como una partitura más que resultaba de las obligaciones de Bach como proveedor de música sacra para las Iglesias de Santo Tomás y San Nicolás de Leipzig. 

Olvido que ahora se nos antoja insólito, porque no deja de sorprender que esta obra colosal pudiera pasar por “normal” en su día. Es muy comprensible, en cambio, el asombro y admiración que mucho después, en 1829, despertara en un adolescente Mendelssohn, que, como buen genio que era, identificó rápidamente la inmensa belleza que contenía y la “reestrenó” ese mismo año, en lo que fue el principio de una más que justa recuperación del monumental patrimonio bachiano, del que ya no dejamos de disfrutar. 

Señala con toda justicia Fernández Arias algunas de las muchas razones por las que esta obra nos conmueve de manera constante. Dos orquestas, dos coros, el narrador (evangelista) cantando con unos recitativos escritos de forma magistral (¿es posible impregnar la narración de más honda emoción de lo que lo hace Bach? Hay que dudarlo, a la vista de momentos como la negación de Pedro o la misma muerte de Jesús). 

Otro ingrediente esencial es la voz de Jesús, al servicio de un canto que dibuja un personaje noble, humilde y sereno, de una grandeza espiritual infinita. Grandeza a la que contribuye que su canto es acompañado siempre por la cuerda, un tipo de recitativo que lo distingue del “secco” del Evangelista (acompañado solo por el bajo continuo). 

Y grandeza dramática también, porque Bach no elude sabios guiños instrumentales: el momento en que Jesús clama “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” es el único en el que el recitativo de Jesús se asoma desnudo, sin esa cobertura de la cuerda, una ilustración musical extraordinariamente eficaz de ese abandono. Los coros de la turba, rotundos, furiosos, irritados. Los corales, serenos himnos luteranos de intensa devoción. 

Y las arias, que nos regalan momentos de honda reflexión que son, en sí mismos, hitos inolvidables de la historia de la música. No parece posible resistir la emoción de esa aria impagable que es “Erbarme Dich, mein Gott” (“Ten piedad, Dios mío”), con un violín que plantea una súplica llena de amor y ternura sobre el canto del solista (destinada, como otras de las más bellas de la obra, a la voz de contralto), o el aria de soprano “Aus Liebe will mein Heiland sterben” (“Por amor quiere mi salvador, morir”), otro de los momentos sobrecogedores, con un canto de la soprano impregnado de una tristeza serena, y dulce, conmovedora, con un acompañamiento doliente de la flauta travesera y dos “oboes da caccia” que lo tiñen todo de una melancolía inefable. 

La majestuosidad del coro inicial, la serena mezcla de tristeza y esperanza del coro que cierra la obra, las arias con coro (el tremendo dúo de soprano y alto en el tramo final de la primera parte, tras el apresamiento de Jesús, con el coro, irritado, clamando “¡Dejadlo, deteneos, no lo atéis!”), la sensibilidad para acompañar la tristeza de dulzura (esa viola da gamba en el aria de bajo “Komm, süßes Kreuz", “Ven, dulce cruz”). Cada nota lleva el sello de la perfección y de la emoción. Que el Cantor tenía en alta estima la obra lo prueba el más cuidado detalle, como la tinta roja empleada para escribir el texto del Evangelista en la partitura manuscrita. Música, en fin, que conmueve el alma desde el primer compás al último, y que es de una complejidad interpretativa tremenda, entre otras cosas, por esos dos coros y orquestas enfrentados.

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El acercamiento interpretativo

Estamos tradicionalmente acostumbrados a interpretaciones que penetran en la esencia de esta música desde la devoción, el recogimiento, la sobriedad. Eso que Leonhardt practicaba tan maravillosamente y Harnoncourt, más abierto a contrastes, consideraba con algo de cariñosa acidez, “demasiado calvinista”. Pero cabe también acercarse a esta obra monumental con más énfasis en la teatralidad que sin duda contiene. 

Las partituras bachianas, en su mayor parte ayunas de indicación de tempo o matiz, invitan a leer su carácter en función de la propia música y el texto al que sirven. Es lógico, por tanto, resaltar que la narración fluya como lo que es, una historia, la de la pasión, profundamente dramática y desgarradora. Es perfectamente razonable esperar que los coros de la turba sean furiosos, porque furia es lo que expresan. Y también es consecuencia esperable que los corales estén impregnados de devoción y las arias, de una singular mezcla de plegaria y reflexión.

En estos días vamos a tener ocasión de apreciar en Madrid el contraste de dos acercamientos bien diferentes. Ambos, en todo caso, de enorme interés. El que escucharemos en unos días dirigida por Philippe Herreweghe se decantará seguramente (en función de las veces que el firmante le ha escuchado esta partitura al belga, que serán media docena desde la primera, allá por 1986) por una propuesta más sobria, recogida y sobriamente devota.

La presente reseña, en cambio, se ocupa de la primera de estas interpretaciones que ocurren estos días en Madrid, debida al conjunto francés Ensemble Pygmalion, con su fundador, Raphaël Pichon, al frente. El músico francés se ha labrado un bien ganado prestigio y acaba de debutar al frente de la Filarmónica de Berlín, poniendo en los atriles una de las obras que le han encaramado a ese nivel de prestigio: la “Misa en si menor” del Cantor de Leipzig. Si esta es un atípico (pero también colosal) testimonio de un compositor protestante escribiendo una misa católica, la “Pasión según san Mateo” escuchada ayer es el mejor testimonio de lo que era la celebración de la pasión de Cristo en las iglesias protestantes. Oratorio largo (por encima de las dos horas y media) en dos partes, con un largo sermón entre ambas. 

Las dos orquestas requeridas por Bach quedaron armadas por Pichon con el siguiente instrumental: Cuerda 3/3/2/1/1 + viola da gamba, 2 flautas traveseras (1 doblando flauta de pico), 2 oboes, fagot, órgano y tiorba para la orquesta 1, e idéntico contingente (excepto las flautas de pico) y añadiendo clave, en la orquesta 2. Los dos coros en disposición idéntica de 5/3/3/4, es decir, afortunadamente, alejados de la innecesaria veleidad de la famosa y controvertida tendencia de “una voz por parte”. A todo ello había que añadir al coro de niños requerido por Bach para el papel de “soprano in ripieno” que interpretan el coral en los números primero y último de la primera parte. 

Los solistas pertenecían, en su totalidad, al Coro, salvo el Evangelista y Jesús. Pasaron los tiempos, que quien suscribe vivió, en que el plantel solista era exactamente eso: solista. Las apreturas económicas restringieron plantillas y, aprovechando la cosa historicista, se hizo habitual extraer a los solistas, menos los papeles mencionados, del coro. No era poco, claro está, el ahorro, aunque tampoco fue escasa la pérdida de nivel, porque se nos fueron las grandes sopranos, contraltos o contratenores para reemplazarlos por cantantes que, siendo buenos, distan de tener el nivel de aquellas voces de antaño, con auténtico “cuerpo” de solista. 

El resultado

Pichon se decanta, como cabía adivinar por su grabación de esta obra (Harmonia Mundi), por ese lado más teatral. Y esa faceta quedó, sin duda, magníficamente retratada. Por muchas razones. Las dos más importantes, las excelentes interpretaciones de Prégardien en el papel del Evangelista (interpretado en su totalidad de memoria) y de Degout en el de Jesús. El tenor no tiene la voz tan grata como la de su padre (Evangelista legendario en esta obra), pero sí la presencia y el arte sobrados para construir una narración fluida, intensa, conmovedora, que tuvo de todo: dulzura, urgencia, rotundidad, calma. 

Emocionante interpretación en absoluto oscurecida por algún fugaz y mínimo signo de fatiga en el tramo final. Degout, por su parte, presentó un Jesús noble, de buen empaque, capaz también de dulzura, de desesperación (ese “aparta de mí ese cáliz”) seguida de una resignación emocionante en “pero hágase tu voluntad”). Espeluznante el antes mencionado “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).  

No escapó detalle a esa construcción, a esa dramaturgia. Tampoco el movimiento semiescénico: el coro 2 entrando en el número inicial por los pasillos del patio de butacas, los niños (los pequeños cantores de la ORCAM, una vez más, sensacionales) haciendo lo propio en el último número de la primera parte, el evangelista cantando desde diferentes posiciones, como también Jesús. 

Toda una dramaturgia al servicio de una narración abundante en contrastes, en inflexiones y matices, en silencios, de esos que la música y el texto sugieren pero que no están “escritos” como tales en la partitura. Magníficas las orquestas (alguna pequeña pifia de los oboes “da caccia” en la orquesta 1 no desmerece una prestación globalmente sobresaliente) y estupendos los coros, muy adecuadamente rotundos en las turbas y modelados con gran intensidad de expresión en los corales (espeluznante el “a capella” tras la muerte de Jesús, una decisión de Pichon que cabe aplaudir, aunque la partitura prescribe, como en otros corales, ejecución instrumental “colla parte”), aunque sin llegar a la asombrosa perfección a que nos tienen acostumbrados el Monteverdi o el Collegium Vocal de Gante. 

Las arias fueron llevadas por Pichon con notoria ligereza, quizá algo excesiva, de tempo. Por fortuna, las más significativas (las tres mencionadas antes y la final del bajo, “Mache dich, mein Herze rein”, “Purifícate, mi corazón”) fueron planteadas con el debido reposo y profundidad. Los solistas vocales responsables de las arias lucieron un nivel algo irregular: Roset lució una voz pequeña, bien entonada y con buena articulación, pero sin especial brillo. Villoutreys tampoco es una voz grande y sí menos grata que su compañera. Richardot tiene más presencia y empaque que ambas, aunque el timbre se vuelve áspero más de una vez. Cantó, sin embargo, con buena expresividad sus bellísimas arias. 

Más flojo el contratenor Shelton, una voz sin demasiada entidad ni presencia. Bien de agilidad y presencia Wilder, que salvó muy bien un “Geduld, Geduld” (“Paciencia, paciencia”) en el que Pichon llevó la urgencia a un extremo que parecía poco compatible con la petición de paciencia del texto. Buena presencia, con tan solo alguna tirantez en el agudo, del bajo Rosen. Estuvo muy fino Pichon en la decisión, atípica, de asignar las dos arias de bajo de la segunda parte a Degout. Era, con diferencia, la voz de más entidad de que disponía para ellas, aunque es algo que no suele ocurrir y que escuchar al propio Jesús cantando “¡Dámela para siempre, Jesús mío!”, queda un poco raro. Pero las estupendas interpretaciones de Degout en ambos casos hacen que se disculpe fácilmente la licencia.

En resumen, excelente interpretación de este maravilloso y emocionante testamento. El público, que abarrotaba la sala (siempre lo hace con esta obra), recibió con grandes ovaciones lo que Pichon y sus huestes ofrecieron. Un éxito de los grandes, qué duda cabe. ¿Quién dijo que no había teatralidad en esta música?