Las últimas sinfonías de Mozart y Haydn, por Dantone y la Accademia Bizantina

Las últimas sinfonías de Mozart y Haydn, por Dantone y la Accademia Bizantina

MOZART: Sinfonía nº 41 en en do mayor K 551 “Jupiter”. HAYDN: Sinfonía nº 104 en re mayor Hob. I:104 “Londres”. Accademia Bizantina. Director: Ottavio Dantone. HDB Sonus HDB-AB-ST-007. 1 CD. 

Mozart escribió su tríada sinfónica final (sinfonías nº 39-41) en el verano de 1788, en apenas tres meses. Es bien sabido que el genio salzburgués escribía sus maravillas con la misma facilidad con la que otros mortales despachan un correo electrónico de rutina. Baste recordar el famoso caso de “La clemenza di Tito”, escrita en apenas un mes, o el hecho de que sus “Variaciones para piano” fueran escritas… después de haberlas tocado (improvisado, en realidad). 

Siete años separan la composición de la Sinfonía “Jupiter”, última de la serie, de la postrera creación sinfónica de ese genio injustamente menospreciado y ciertamente mucho menos conocido del gran público que es Joseph Haydn. Haydn fue, en realidad, quien llevó la sinfonía (como la sonata pianística y el cuarteto de cuerda) a su forma más evolucionada, de la que partiría luego Beethoven para su propia colosal colección. Quien firma esta crítica siempre ha defendido que no es posible entender las sonatas para piano, las sinfonías o los cuartetos de cuerda de Beethoven sin haber asimilado antes las creaciones correspondientes de Haydn. Y explorar el monumental ciclo sinfónico de Haydn permite, además, apreciar en su justa medida la enorme contribución del músico de Rohrau a la evolución de la sinfonía. Fue en 1795 (se cumplían cuatro años desde la prematura muerte de Mozart), cuando Haydn culminó su ciclo sinfónico con la “Sinfonía nº 104”, conocida como “Londres” por haber sido escrita durante la estancia –la segunda– del compositor en la capital británica.

Hermanar las dos últimas obras sinfónicas de estos dos compositores en una grabación tiene sentido, sin duda, porque permite apreciar, como apunta Ottavio Dantone en sus notas para el disco que se comenta, hasta qué punto, con un lenguaje formal común (ambos insertos en el clasicismo), nos encontramos con acercamientos diferentes. La “Jupiter”, vibrante, culmina en un último movimiento en el que la forma sinfónica acoge nada menos que una fuga, combinándola con unas dosis de brillante energía, de una vitalidad contagiosa. 

Haydn, por su parte, despliega en la Sinfonía “Londres” una imaginación y maestría impagables en el manejo del ritmo y el color orquestal, siempre en un contexto de una luminosidad sonriente, tan hermosa como optimista. El contraste entre el genio juvenil mozartiano, tan desgraciadamente truncado demasiado pronto, y la sabia maestría del más veterano Haydn (que viviría 77 años, más del doble que el de Salzburgo), es, sin duda, digno de ser paladeado como merece.

Ambas partituras tienen una orquestación parecida. La de Mozart demanda 1 flauta, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, cuerda (violines primeros y segundos, violas, violonchelos y contrabajos) y timbales. La de Haydn requiere idéntica orquestación, pero añadiendo una segunda flauta y dos clarinetes. 

foto disco

El siempre inquieto Ottavio Dantone, al frente de la excelente Accademia Bizantina, como segunda entrega de su proyecto “Imprinting” (la primera fue dedicada a la “Tercera Sinfonía” de Schumann y la “Cuarta Sinfonía” de Mendelssohn), ha registrado estos cierres sinfónicos de Haydn y Mozart en L’Arboreto-Teatro Dimora en Mondaino, un auditorio construido en plena naturaleza siguiendo el ideario del artista alemán Joseph Beuys:  “El hombre y la naturaleza, unidos en un mismo espíritu, construirán un mundo nuevo”.

Apunta Dantone que en este disco “exploramos el lenguaje del periodo clásico desde una perspectiva histórica y filológica, que tiene en cuenta tanto los cambios estéticos y filosóficos de la propia época como los planteamientos expresivos de épocas anteriores que todavía formaban parte de la nueva sensibilidad artística”. Y añade que “grabar estas dos últimas sinfonías no solo significa conectar dos auténticas obras maestras, sino observar también la conclusión de una época y la apertura de nuevas perspectivas estéticas que marcarán la historia de la música”.

Aunque el director-clavecinista de Cerñola no es ajeno al repertorio clásico (ha registrado con anterioridad otras sinfonías y conciertos de Haydn, y también Serenatas y Divertimentos de Mozart), es el repertorio barroco, tanto italiano como alemán (Bach y Handel) en el que ha brillado con más excelencia. Afronta aquí estas dos sinfonías con un contingente de cuerda de 6 violines primeros, 6 segundos, cuatro violas, cuatro chelos y tres contrabajos, más los instrumentos de viento y percusión prescritos, ya apuntados antes. 

La interpretación tiene, como cabría esperar, buenas dosis de vitalidad y riqueza de contrastes y acentos, envidiable manejo de dinámicas y agógica, para conseguir un resultado que tiene, sin duda, atractivo. Los “tutti” más enérgicos, sin embargo, adolecen de cierto predominio de viento y percusión sobre una cuerda que se escucha un tanto corta de presencia. 

Es curioso, en este sentido, apuntar que el inolvidable Nikolaus Harnoncourt (sabio donde los haya en materia de balance instrumental), en su última grabación de la triada mozartiana final, con su Concentus Musicus de Viena, empleó un contingente más nutrido en la cuerda aguda (15 violines frente a 12 de Dantone), con idéntica cantidad de violas, y un chelo y dos contrabajos menos que el italiano. 

Disco, en todo caso, de indudable atractivo, con interpretaciones excelentes de dos obras maestras, admirablemente grabado y presentado, como suele ser habitual en estos artistas.