"La novia vendida" triunfa en el Teatro Real: una fiesta escénica y coral difícil de superar

La representación de “La novia vendida” en el Teatro Real quedará como uno de los momentos culminantes de la temporada. La célebre ópera cómica en tres actos de Bedřich Smetana –con libreto de Karel Sabina y estrenada en Praga en 1870– ha encontrado en esta nueva coproducción, junto a la Opéra national de Lyon, la Oper Köln y La Monnaie de Bruselas, una realización escénica tan inteligente como deslumbrante. El resultado: un éxito absoluto, probablemente el mayor de la temporada.

La obra presenta una trama ágil y divertida, de enredo: Mařenka y Jeník, enamorados, deben enfrentarse a un matrimonio concertado promovido por el casamentero Kecal. Engaños, identidades ocultas y situaciones cómicas se suceden hasta desembocar en un final feliz. Smetana construye sobre este argumento una partitura luminosa, llena de danzas populares checas y melodías irresistibles que sostienen el pulso teatral de principio a fin.

El espacio escénico: dinamismo y sentido teatral

Uno de los grandes triunfos de la noche fue la escenografía de Laurent Pelly, que vuelve a demostrar –como ya hizo en “Il turco in Italia” y “Los maestros cantores de Núremberg”– que es uno de los grandes nombres de la escena actual.

Pelly plantea la obra como un recorrido visual en dos tiempos muy diferenciados. En los dos primeros actos el espacio está dominado por un cúmulo de objetos cotidianos suspendidos en el aire –sillas, muebles, estructuras– que se agrupan sobre el escenario como una masa oscura e inestable. No están ordenados ni dispuestos con lógica; más bien parecen atrapados en un momento de caída que nunca se produce. Eso genera la sensación de enredo, de peso, casi de amenaza, como en el propio contenido.

Debajo, el espacio se abre y se organiza con gran claridad. Los personajes se disponen en círculo, sentados en sillas, como si formaran una asamblea o un grupo que contempla y participa a la vez; son los observadores de esta gran comedia. El contraste es evidente: arriba, el caos suspendido; abajo, un orden frágil que intenta sostenerse. Esa dualidad traduce visualmente el enredo de la trama, como si el mundo de los personajes estuviera a punto de desmoronarse. Todo está pensado en las escenas de Pelly.

La transformación en el tercer acto es radical y, precisamente por eso, tan eficaz. Desaparece la opresión visual de los objetos suspendidos y emerge una gran carpa de circo de rayas verticales, que ocupa el centro del escenario. Aquí todo cambia: el espacio se vuelve dinámico, abierto, festivo. El coro rodea a la protagonista en movimiento constante, creando una escena de celebración casi desbordante. Hay una sensación de comunidad en acción, de fiesta popular, donde todos participan.

La carpa, levantada en escena, no es solo un decorado llamativo. Introduce una nueva lógica: la del espectáculo dentro del espectáculo. Las figuras se mueven como si formaran parte de un número escénico, y las sombras proyectadas sobre la tela amplifican los gestos, convirtiéndolos en algo casi caricaturesco. El paso de los objetos suspendidos al circo no es solo un cambio estético: es una transformación del mundo. Del caos contenido se pasa a la exhibición abierta, al juego, al desenlace.

Uno de los mayores aciertos de Pelly es el uso del movimiento. En la escena del circo, el coro no está nunca quieto: rodea, señala, acompaña, empuja la acción. No es solo lo que ocurre, sino cómo se mueve lo que da sentido a la historia.

El vestuario –creado también por Pelly– encaja perfectamente con este planteamiento. Los personajes visten de manera coherente con un entorno rural y popular, con colores variados y formas reconocibles. No hay artificio excesivo: todo contribuye a crear un conjunto creíble y homogéneo. Pelly evita el realismo convencional y apuesta por una teatralidad estilizada, casi coreográfica. Cada movimiento está pensado, cada entrada y salida tiene intención dramática. El resultado es una escena fluida, donde lo visual y lo musical se integran con naturalidad.

La iluminación de Urs Schönebaum, habitual en el Teatro Real, vuelve a ser fundamental. Su trabajo aporta el punto exacto para dar sentido a las acciones en escena. No se limita a iluminar, sino que construye atmósferas. Especialmente destacable es su capacidad para modular la escena: desde los momentos más festivos y luminosos hasta los pasajes más íntimos, siempre encuentra el equilibrio adecuado. El uso de sombras y contrastes añade profundidad y subraya la teatralidad de la propuesta.

noviavendida

El coro: columna vertebral del espectáculo

Esta ópera es impensable sin un gran coro, y el del Teatro Real estuvo a la altura de las circunstancias: impecable. Su participación es constante y exige tanto precisión musical como implicación escénica.

Los grandes números corales –auténticos motores de la obra– fueron interpretados con energía, claridad y una excelente coordinación. Bajo la dirección de José Luis Basso, el coro se convirtió en uno de los grandes protagonistas de la noche, recibiendo un reconocimiento más que merecido.

Un reparto de gran nivel

Conviene destacar que la función correspondía al segundo reparto (23 de abril). La soprano moldava Natalia Tanasii, como Mařenka, fue una auténtica revelación. Su voz, luminosa y bien proyectada, brilló especialmente en sus arias en solitario, donde demostró musicalidad, control técnico y una expresividad muy natural. Fue, con justicia, una de las más aplaudidas.

El tenor estadounidense de ascendencia esrilanquesa Sean Panikkar, en el papel de Jeník, ofreció una interpretación sólida, con buena presencia escénica. Sin embargo, en los pasajes más agudos no siempre logró alcanzar la proyección deseada, lo que restó algo de contundencia a su actuación.

Martin Winkler, como Kecal, fue uno de los pilares del reparto. Su voz firme y su extraordinaria capacidad actoral dieron vida a un personaje complejo y versátil. Supo equilibrar autoridad y comicidad con gran eficacia.

El tenor granadino Moisés Marín, en el papel de Vašek, destacó especialmente en el plano actoral. Su interpretación del personaje –torpe, ingenuo y a menudo ebrio– fue tan convincente como divertida, aportando algunos de los momentos más celebrados por el público.

Dirección musical: luces y sombras

La dirección musical de Gustavo Gimeno, actual titular del Teatro Real, fue quizás el aspecto más irregular. La música de Smetana, de gran belleza y riqueza rítmica, requiere una coordinación precisa entre foso y escena. En varios momentos se percibieron desajustes entre la orquesta y los cantantes, lo que afectó la fluidez de algunos pasajes. Aun así, la calidad de la partitura logró imponerse, dejando momentos de gran lirismo.

Pese a estas pequeñas irregularidades, el resultado global es incuestionable. Esta obra es una celebración en estado puro: inteligente, dinámica y profundamente disfrutable. Laurent Pelly firma una puesta en escena brillante, el coro alcanza un nivel sobresaliente y el reparto responde con solvencia. El Teatro Real ha logrado convertir esta ópera en un espectáculo vibrante y plenamente actual. Un triunfo sin paliativos.