El soberbio imprevisible

El soberbio imprevisible

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Pedro I, El Mentiroso, es un soberbio imprevisible, porque nunca sabes cuándo va a ponerse de rodillas ante un secesionista catalán, o va a inclinar la cerviz ante un torturador de ETA, reconstruido, o le va a hacer la pelota al rey de Marruecos para agradecerle lo entretenidos que están en Ceuta. Estuvo menos de dos horas en la ciudad española, pero se fue de vacaciones, llevándola en el corazón.

Como muestra, los 450 metros de valla flotante que mandó poner en Ceuta, para proteger las futuras invasiones, creo que se han convertido en casi un kilómetro, en la playa particular de Lanzarote, donde le librarán de la algarada de migrantes, y eso le ayudará a que siga reflexionando, en sus merecidas vacaciones, sobre la manera de resolver la invasión más numerosa y espectacular, que ha sufrido España, desde las guerras napoleónicas.

El soberbio imprevisible, de vez en cuando, cansado de ponerse de rodillas ante los catetos secesionistas, saca su soberbia, y ordena a la Policía, y a la Guardia Civil, lo que se le olvidó de exigirles ante la inminente invasión marroquí: que les pidan el pasaporte a los ciudadanos italianos. Es posible que la decisión de Meloni, de hacerlo con los viajeros procedentes de España, fuera una melonada diplomática. Pero que la rabieta infantil fuera contestada con otra rabieta parvularia, hunde cualquier esperanza que tuviéramos en el Soberbio Imprevisible.

Por este camino, sólo cabe una salida, que siempre será un valiente paso adelante: reclamar que Italia nos pida perdón por habernos invadido en el año 218 antes de Cristo. ¡Casi hace 2.300 años! ¿No dice, la tonta contemporánea de Méjico, que los españoles le pidamos perdón por llegar a unas tierras, cuando Méjico no existía? Pues que Meloni nos pida disculpas de lo que ocurrió hace casi 2.300 años, cuando Italia no existía, y España no era ni siquiera un sueño de feto.

Estoy convencido de que el valiente soberbio, que con una gallardía impresionante, sacó a Franco de la tumba, volverá a dar muestras de su inmenso coraje, ante el que los muertos se quedan mudos. Estoy temblando ante lo que puede ser el principio de curso, cuando Dinamarca apoye a Italia, y el soberbio se debata, entre ponerse chulo y peleón, o piense que una rodilla en tierra es más provechosa para no perder el poder, porque fuera del poder, el soberbio, ni es extraño, ni imprevisible: será, a la vez, nadie y nada.


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