
La escritora, guionista y directora de cine Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) ha presentado este año su primera obra de teatro “Los figurantes” (Anagrama, 2026). De Vigan se estrena como escritora dramática tras el éxito de novelas como “Las gratitudes” (2019) en la que explora temas como el abandono, la soledad y la vejez y de “Los reyes de la casa” (2021) en donde abarca cuestiones más actuales como la sobreexposición de los niños en las redes sociales. En “Los figurantes” habla de cómo la ambición y el deseo de reconocimiento condicionan hoy en día la vida, las decisiones y las maneras de entender el mundo.
De Vigan es la favorita de muchos lectores porque reflexiona sobre los problemas de la sociedad actual desde dentro, desde lo más íntimo y emocional del ser humano. En esta ocasión, la autora se infiltra en el “detrás de cámaras” de una gran producción cinematográfica para conocer a cinco figurantes: Cecile, Orso, Joyce, Bruno y Nora. A través de sus conversaciones durante las esperas entre escena y escena, afloran heridas del pasado y se van desvelando las motivaciones y preocupaciones que han llevado a cada uno hasta ese plató.
La autora se sirve de la jerarquía propia de la industria del cine para transmitir un mensaje nítido sobre cómo está construida la sociedad. Muchas personas se sienten identificadas con el rol del figurante: el que ocupa la base de la pirámide, el que es invisible, el que hace el trabajo que nadie quiere pero que, sin embargo, da sentido a todo. Lo resume Bruno con estas palabras: “Sin figurantes no habría calles, ni tiendas, ni estaciones ni aeropuertos. ¡Si el cine se parece a la vida es gracias a nosotros!”.
En ese contexto cobra especial relevancia el personaje de Nora. Aparece la última en escena porque durante el primer acto permanece sentada entre el público, que también forma parte de la figuración y funciona como un personaje más de la obra. Nora emerge literalmente de las sombras para cuestionar el papel del figurante y sus pésimas condiciones laborales, y lo hace con un propósito concreto: crear redes y encarnar, tanto con actos como con palabras, el conocido proverbio “la unión hace la fuerza”. El hecho de que al principio formara parte del patio de butacas refuerza la pregunta que la obra lanza al espectador: ¿somos también los figurantes de nuestra propia vida?
Nora busca reconocimiento porque estar delante de las cámaras implica ser escuchada y tomada en serio, tanto ella como el resto de los figurantes. Bruno y Joyce, en cambio, quieren ser vistos por razones distintas: persiguen lo que la sociedad entiende como una vida de éxito y son capaces de hacer el ridículo con tal de ganarse el favor de los superiores y acercarse un paso más a la fama.
En el extremo opuesto se sitúan Orso y Cecile. Ambos huyen de los focos, prefieren el anonimato y tratan de entender el mundo observándolo desde el margen, sin intervenir.
Junto a los cinco protagonistas aparecen otros personajes: el “gran director". Lo que llama la atención del personaje del “superayudante” es que es el único que se dirige directamente al público, pues es quien da instrucciones a los figurantes. Protagoniza los entreactos y es el único que rompe la cuarta pared.
Los “Los reyes de la casa” —actores y director— no aparecen en escena; solo se escuchan en off. Una elección que podría responder al deseo de De Vigan de no desviar la atención de los figurantes: que sean ellos, por primera vez, los auténticos protagonistas.
En los dos últimos actos de la obra —«Bailar» y «Hablar en silencio»— la autora aborda la intimidad y la conexión profunda que puede surgir entre dos personas a través de la comunicación no verbal: los gestos, las miradas, el baile. Es esa naturalidad del lenguaje corporal la que permite que dos personas acostumbradas al segundo plano acaparen toda la luz. De Vigan habla de lo que no se ve, de la intimidad que existe cuando dos personas se miran a los ojos, y reivindica el valor de lo privado y de las relaciones humanas frente a la exposición pública.
Se trata de una obra que, por el momento, no ha sido representada. Su lectura resulta ágil porque es sencilla y muy dinámica; todo parece ocurrir muy deprisa, lo que dificulta conectar con los personajes. Son bastante planos, pero cumplen con eficacia su función dentro de la obra: transmitir las ideas y reflexiones que la autora quiere plantear.
“Los reyes de la casa” es la entrada por la puerta trasera al mundo del cine y, por extensión, al mundo real. A través de esta gran metáfora, De Vigan aborda temas muy debatidos en el panorama actual: la intimidad, la exposición pública o las ideas de éxito que moldean las mentalidades de hoy.
Puede que sea uno de sus libros más discretos, porque no genera ese vínculo emocional con los personajes que sí logra, por ejemplo, en «Las gratitudes». Aun así, las reflexiones que plantea resultan interesantes y enriquecedoras.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que la metáfora del figurante en el cine refleja realmente cómo nos sentimos en la sociedad actual?
¿Qué te parece más importante en una obra de teatro: conectar emocionalmente con los personajes o reflexionar sobre ideas profundas?
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