
En 2026 se conmemora el cuarto centenario de la muerte de un compositor muy querido por los melómanos que degustan la música del Renacimiento. John Dowland (¿1563? - 1626) fue, no solo uno de los más brillantes compositores británicos de ese periodo, sino uno de los más destacados durante el reinado de Isabel I de Inglaterra. Personaje singular, con guiños al catolicismo (que él mismo consideró luego “circunstanciales”, quizá para protegerse) en un país en el que este no estaba bien visto y crecía visiblemente el poder e influencia de la iglesia anglicana; viajero por Francia, Alemania e Italia, cercano a involucrarse en conspiraciones contra la corona, más tarde informante para esa misma corona británica (por no decir espía, aunque se le acerque el concepto) desde la corte danesa, donde se encontraba empleado, los periplos de Dowland tienen realmente rasgos que se acercan incluso a lo peliculero.
Una vida, desde luego, nada aburrida, que el sevillano Alberto Álvarez Calero (1974), director de orquesta, compositor e investigador, nos cuenta con fluidez y de forma amena en el volumen que se comenta en esta reseña y que, aunque publicado hace cuatro años, adquiere especial vigencia en este año del cuarto centenario de la muerte del compositor y laudista británico.
Compositor y laudista, sí, porque en esas dos facetas luce especialmente el talento de Dowland, autor de bellísimas piezas en los dos géneros, muy a menudo con la melancolía de fondo. Álvarez Calero titula de forma muy justa el libro, publicado en Fórcola, “La música inglesa en tiempos de melancolía” porque bien puede decirse que Dowland fue, en la Inglaterra isabelina, el paradigma de poner música a la melancolía.
Es muy curiosa la repetida mención, que señala oportunamente el autor sevillano en este volumen, de Robert Devereux, segundo conde de Essex y favorito (incluso amante) de Isabel I, en las canciones de Dowland. La figura de Devereux, condenado por alta traición y finalmente decapitado en 1601 sería, siglos más tarde, objeto de otra obra musical bien diferente, la ópera de Donizetti “Roberto Devereux”.
De la maestría de Dowland para adentrarse en esos terrenos de tristeza da buena cuenta “From silent night”, la décima de las canciones de la colección “A Pilgrimes solace” que, como apunta Álvarez Calero, narra el decaimiento y desesperación de Devereux en sus últimos momentos. Los versos no dejan lugar a duda: “De la noche silenciosa, verdadero registro de lamentos, del alma más triste consumida por los pecados más profundos, del corazón desgarrado por suspiros y gemidos profundos, mi musa de los lamentos comienza su desgarradora obra. Y el mundo trae melodías de triste desesperación, sonando nada más que tristeza, dolor y cuidado”. La música es fiel reflejo de tal estado de ánimo, como cualquiera que escuche esta excelente versión del “Consort of Musicke” puede apreciar.
Pero hay muchas más muestras. Pocas mejores para ilustrar lo que este traductor excepcional de la melancolía podía encarnar que la propia “Pavana” para laúd titulada, significativamente, “Semper Dowland, Semper Dolens”, que podría traducirse por “Siempre Dowland, siempre doliente” (o sufriente)”, que pueden escuchar en esta bellísima interpretación del laudista Thomas Dunford. La música no requiere explicación alguna, el sentimiento que transmite es explícito a más no poder.
Hay, claro está, mucho más. La colección de música instrumental titulada “Lachrimae, or seven teares” (1604), que contiene lágrimas, sí, de tristeza, pero también de alegría, es una de sus series más justamente apreciadas. La pieza que abre esta colección, “Lachrimae antiquae”, en la bellísima versión de Jordi Savall y su conjunto Hespèrion XX, hace innecesario cualquier comentario. Es la viva expresión musical de una melancolía subyugadora.
La belleza de la música de Dowland vive hoy, cuatrocientos años tras su muerte, en una serenidad que nos emociona desde su propia contención. No puede extrañar que este excepcional músico haya tocado la fibra de figuras modernas del pop, como Sting que, junto al laudista Edin Karamazov, dejó hace años (2006) su sello en la música de su compatriota, en una singular grabación para DG, algo que expresa bien lo intemporal del arte de Dowland.
Del repaso a buena parte de su música, no solo a su vida, también se ocupa este volumen de Álvarez Calero, con lenguaje apto para el lego. Se convierte así en instrumento más que recomendable en nuestro idioma para quien quiera acercarse a un corpus, el de Dowland, de una belleza realmente excepcional. Ayudará también en ello la muy detallada discografía recomendada por el autor sevillano. Vale la pena acercarse, si es que no lo conocen ya, al fascinante mundo de este excepcional cantor de la tristeza.
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