
El soriano Enrique Andrés Ruiz (1961) ha compaginado su trabajo como funcionario en el Ministerio de Cultura con una, llamémosla así, labor externa de amplio espectro: del comisariado de exposiciones y la crítica de arte a, por ejemplo, la publicación de ensayos y libros de poemas. Con ser estimable su obra lírica y de pensamiento, el cese del trabajo de oficina ha acelerado una nueva faceta, la de narrador. Y resulta que con cada nueva novela encontramos un escritor más afinado, seguro en el camino que quiere tomar, más suelto en la prosa, transparente en la transmisión de sus ideas. De “Los montes antiguos” (2021) –libro muy trabajado en cada una de sus versiones, ya estupendo en la última de ellas y aquí reseñado– a “Las señoritas” (2024) hay un salto. Y ahora con “Mister Ángel del Río” (Periférica, 2026) ha firmado una obra sencillamente extraordinaria. Enrique Andrés ya ha adquirido el don de la narración. Sabe simplificar su sintaxis, amoldarla a una estructura. Ofrecer la información con la naturalidad de una vida que avanza.
La novela es una recreación de la existencia del filólogo Ángel del Río (Soria, 1901 - Nueva York, 1962), español de nacimiento, pero pronto asentado fuera del país como hispanista /profesor de universidad: primero en México, luego en Puerto Rico –donde, además de casarse, comenzó su vida académica– y finalmente en los Estados Unidos. De ideas en buena medida comunistas, Del Río no conoció propiamente el exilio por cuanto ya vivía fuera en los años de la guerra civil. No obstante, sus relaciones de los años 20, en Soria y en Madrid, se centran en el mundo intelectual del Ateneo y de la Residencia de Estudiantes (Menéndez Pidal, María Teresa León, Federico, Alfonso Reyes, Francisco de Icaza, Gerardo Diego). Amistades que mantuvo cuando muchos de ellos acabaron en la diáspora americana. Y vivió de primera mano el periodo de gloria de los estudios hispánicos en América.
Por azares diversos su destino le puso en el camino de artistas y pensadores de primera clase: Salinas, León Felipe, Hemingway, Diego Rivera… hasta Marilyn Monroe. Sobre el papel, Del Río es el autor de una decena de obras de mérito (especialmente conocida es su historia de la literatura española) y, sin ser propiamente protagonista de nada, tuvo una vida que rozó de refilón muchos momentos memorables: las escaramuzas soviéticas para capitanear el comunismo mundial, Lorca en su casa componiendo “Poeta en Nueva York”, el viaje del ciprés de Silos con Gerardo Diego, el hispanismo –él fue catedrático allí– de la universidad de Columbia, etc.
Enrique Andrés no ha escrito una biografía novelada. El volumen es, mas bien, la consignación de sus investigaciones en torno a un soriano. Pero tampoco es un libro para hacer patria: se trata del interés por un personaje olvidado porque estuvo en el filo de la historia, pero solo en el filo. Y no busca una reconstrucción histórica o una reivindicación sino, más bien, pensar qué pensó. Cómo fue. Qué pasaba por su cabeza. Tantas veces Enrique Andrés supone o fabula. Hace carnal un suceso, imagina el alma que está debajo de los datos históricos. El autor se sirve de fogonazos, de imágenes sueltas, que sirven para construir un ambiente. Es un libro completo pero desproporcionado: se extiende, por ejemplo, en la llegada de Machado a Soria en la medida en que fue maestro de Del Río. Da igual si la excusa de referirse a Machado es desmedida en páginas con respecto al núcleo de la historia, porque es un relato delicioso. Porque es también un volumen de ambientes: el Ateneo en los 20, la Soria machadiana, el México revolucionario...
El autor da pasos dubitativos que refleja en el texto: queda con amigos/consejeros y les plantea vacilaciones sobre cómo contar un determinado suceso. Medita cómo armar la historia y, con sencillez (de sabor cervantino, sin asomo de pose), se exponen esas dudas digamos que metaliterarias. Son titubeos que describen el camino de una purificación del autor: el esfuerzo por hacer diáfana la historia, por enseñar también quién es él mismo por medio de una mirada, de un carácter. Las descripciones se perciben como autenticidad y enseñan la punta de una sensibilidad honda, herida, austera.
El volumen está escrito con un tono meditativo. Cuando se lee un libro, dice este autor, nos buscamos a nosotros mismos. Cuando se escribe, nos escribimos: “Si al lector (...) le resulta importante lo que lee es que entonces igualmente se estará leyendo. Estará viéndose recreado, rehecho, en otro tiempo, otro lugar, quizá como siempre había deseado verse sin saberlo”. Muchos lectores sabrán recrearse en ese tiempo. Es una clase de verdad extraña la que se encuentra en esas páginas. Escribir también es una forma de afrontar la muerte, una pulsión. Qué bello volumen –metálico, sobrio– ha escrito Enrique Andrés.
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