
Hay escritores que entran en la literatura como quien entra en un teatro: por la puerta principal, con las luces encendidas y el programa en la mano. Manuel Vilas (Barbastro, 1962) llegó por detrás, cuando nadie miraba. Entró por una grieta, por la ventana de un bar, siguiendo el ruido de una guitarra eléctrica. Como si hubiera descubierto que un libro también podía oler a madrugada, a humo, a cerveza derramada y a cables recalentados.
En “Zeta”, que Páginas de Espuma recupera el 9 de septiembre (día en que será presentada, a las 19.00, en la librería Alberti), aparece aquel Vilas de unos treinta años, mucho antes de “Ordesa”, cuando todavía estaba tanteando los umbrales de su propia voz. Estos relatos, ahora revisados por el autor, tienen la electricidad de quien está probando los límites de una habitación a oscuras: tantea, golpea, se equivoca, vuelve a empezar.
No, no es el Vilas de “Ordesa”. La voz está ahí, agazapada entre el humor, el delirio y la música, esperando a que alguien le dé al volumen. Sería absurdo pedirle a un escritor de treinta años que hubiera escrito ya el libro que escribiría veinte años después. Aquí no están todavía la memoria familiar, los padres, la enfermedad de la nostalgia, la muerte convertida en conversación cotidiana.
Aquí hay otra cosa: electricidad. “Zeta” es un libro eléctrico.
Y también es un libro de gente a la deriva. Personas que caminan sin saber demasiado bien hacia dónde. Personas que viven en una especie de intemperie sentimental, buscando una salida que muchas veces no existe. Una puerta. Un trabajo. Una mujer. Un hombre. Un poco de dinero. Una conversación que tenga sentido. Una señal. Algo que les diga que la vida no consiste únicamente en levantarse, comer, trabajar, dormir y volver a empezar.
Vilas no convierte esa desorientación en tragedia solemne. Al contrario: la llena de humor, de monstruos, de situaciones absurdas y de una imaginación desbocada. Es como si hubiera descubierto que para hablar de la angustia existencial no hacía falta ponerse serio. Bastaba con dejar que un muerto apareciera en la habitación o que un electrodoméstico empezara a hablar (eso que tanto le gusta a Vilas).
Y entonces aparece Zaragoza. No la Zaragoza turística, no la Zaragoza de postal, ni siquiera la Zaragoza estrictamente real. La Zaragoza de “Zeta” es una ciudad alucinada. Una ciudad nocturna y deformada, atravesada por una lógica de sueño. Hay algo de los espejos cóncavos de Valle-Inclán en esa deformación de lo cotidiano, aunque Vilas lo transforma en otro territorio: un esperpento futurista, eléctrico, atravesado por el rock, la cultura pop y la sensación de que la realidad está a punto de descomponerse. Las calles parecen haber perdido sus coordenadas. Lo cotidiano puede convertirse en sobrenatural en cualquier momento. Hay vampiros, zombis, fantasmas, animales, objetos que adquieren vida y personajes que parecen haberse fugado de un sueño que alguien rompió a martillazos. Es una Zaragoza reconocible precisamente porque está deformada. Ahí está una de las claves de “Zeta”: Vilas no necesita marcharse muy lejos para entrar en lo fantástico. Le basta con mirar de otra manera.
Kafka aparece inevitablemente en ese territorio. También el pop. También el rock. Vilas ha explicado que quería una literatura rebelde, subversiva, liberada de las normas tradicionales del relato. Y esa intención se nota en unas historias que no siempre avanzan como se supone que debería avanzar una historia. A veces se desvían. A veces se quedan suspendidas. A veces parecen estar a punto de llegar a alguna parte y deciden no hacerlo. Como sus personajes, como la vida misma.
En “Zeta” los seres viven al borde de la normalidad o directamente fuera de ella. Son gente que contempla su propia existencia con una mezcla de desconcierto y cansancio. El mundo está ahí, pero no ofrece instrucciones. Y ese puede ser el verdadero tema del libro: qué hacemos cuando no sabemos qué hacer con nuestra vida. La respuesta de Vilas no es tranquilizadora. Muchas veces no hay salida.
Pero, en el fondo, quizá haya una. “Zeta” no es un libro completamente desesperado. Hay algo que se resiste a la derrota. Una especie de energía absurda que hace que sus personajes sigan moviéndose incluso cuando todo parece cerrado. Siguen hablando, buscando, entrando en bares, enamorándose, escuchando música. Siguen inventándose historias.
Siguen vivos.
Y la música está ahí como una forma de fuga.
“Zeta” tiene algo de rock and roll tocado a un volumen indecente. Tiene riffs narrativos, acelerones, distorsión. Hay algo de hard rock en su manera de entrar en las escenas: sin pedir permiso, con las guitarras por delante. Y por ahí aparece Lou Reed, con esa mezcla de calle, electricidad y belleza torcida que encaja tan bien con estos personajes. No es el rock elegante de una canción perfectamente producida. Es el de un local pequeño, el amplificador saturado, el batería golpeando como si quisiera atravesar la pared. La literatura de Vilas parece decir: si la realidad no tiene sentido, subamos el volumen.
Y funciona. Porque el ruido permite que aparezca el silencio.
Debajo de las criaturas fantásticas, de los objetos que hablan, de los muertos y de las situaciones grotescas, están los que no terminan de encajar en ninguna parte. Quizá ahí esté lo más reconocible de “Zeta”: detrás de cada monstruo hay alguien intentando no sentirse solo; detrás de cada fantasma, alguien que todavía necesita hablar con los muertos. Lo absurdo no sirve para alejarse de la realidad, sino para mirarla de frente, deformarla hasta que aparezca lo que normalmente queda oculto: una vida que busca su sitio y no siempre lo encuentra.
En ese sentido, “Zeta” contiene ya algunas de las semillas del escritor posterior. Está la mirada sobre los marginados. Está la fascinación por lo cotidiano, la capacidad de transformar un objeto vulgar en algo gigantesco, el humor como salvavidas o la mezcla de cultura popular y reflexión existencial. Sobre todo, está esa voz que convierte una experiencia particular en algo que puede reconocerse como propio.
Todavía no está la serenidad que llegará después, ni esa distancia desde la que el Vilas de los años posteriores será capaz de mirar hacia atrás y reconstruir una vida a través de sus muertos. Aquí no hay memoria: hay presente. Un escritor que mira hacia delante y encuentra un mundo extraño, ligeramente torcido, donde las salidas no siempre aparecen y donde nadie parece estar del todo a gusto en su propia vida. Ni siquiera quienes la habitan.
Por eso resulta interesante recuperar “Zeta” ahora. No para buscar en sus páginas al Vilas de “Ordesa”, como quien rastrea en un boceto las líneas de un cuadro futuro, sino para encontrarse con un libro que todavía conserva los dientes. Es joven, intenso, excesivo, imprevisible; escribe como quien empuja una puerta hasta desencajarla. Y en esa falta de obediencia está buena parte de su energía: la de un escritor que aún no ha aprendido a comportarse como escritor y, por eso mismo, puede permitirse escribir sin pedir permiso.
Vilas todavía no se comporta. Toca. Grita. Se ríe. Se inventa una Zaragoza imposible. Y deja que por sus calles caminen personas que no saben adónde ir. En “Zeta”, Vilas tenía unos treinta años y todavía ignoraba todo lo que vendría después. Pero ya había descubierto algo esencial: que una ciudad puede delirar, que un frigorífico puede decir una verdad más incómoda que un hombre, que un muerto puede conservar más vida que un vivo y que una frase puede quedarse zumbando en la cabeza como una guitarra después del último acorde.
La voz ya estaba ahí. Todavía joven, indómita, aprendiendo a torcer la realidad a su manera. Y ya sonaba a todo volumen.
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