La reina Dolly Parton se ha muerto en agosto

La reina Dolly Parton se ha muerto en agosto

Dolly Parton se ha muerto el 25 de agosto. Hay algo profundamente injusto en que una mujer como Dolly se muera en agosto. Agosto no está hecho para los muertos. No está hecho para tocar la muerte. Agosto es un mes de cuerpos calientes, de persianas bajadas, de melocotones que se deshacen entre los dedos, de niños con sal en el pelo y de gente que todavía cree que el verano puede durar para siempre si nadie mira el calendario.

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Pero Dolly se ha muerto. Y ahora agosto tiene una pequeña grieta.

La primera vez que la escuché tendría unos seis años y vivía en Sofía. Llevaba mi “walkman”, unos cascos más grandes que mi cabeza y el disco “Here You Come Again”. La canción homónima se me quedó clavada como se clava una astilla en el pie mientras se pasea por la playa. Una cosa minúscula. Casi invisible. Pero ahí está. Y cada paso duele un poquito.

Esta mañana la he vuelto a escuchar en el coche, mientras conducía. Y –por cursi que pueda parecer yo– han caído unas cuantas lagrimillas. No exactamente por Dolly. O sí. Por Dolly, por la niña que fui, por aquellos cascos absurdos, por una época en la que los veranos parecían tener una longitud infinita y la muerte era una palabra que solo ocurría en las películas.

Dolly Parton pertenece a esa clase de personas que consiguen instalarse en nosotros sin pagar alquiler. Entra una canción suya y, detrás, entra una habitación entera. Un olor. Una tarde. La luz que había entonces. Alguien que estaba vivo. Una voz que ya no podemos llamar por teléfono. Dolly no era solamente una cantante. Era una máquina de fabricar recuerdos. Y ahora resulta que la máquina se ha parado. 

Dolly Parton está muerta. La frase parece una errata del universo, una palabra que alguien ha puesto donde no correspondía. Como decir que el sol ha decidido no salir o que el mar ha cerrado por vacaciones. Porque Dolly parecía indestructible. Tenía ese pelo que podía sobrevivir a una guerra nuclear, esas uñas capaces de abrir una lata de conserva en caso de emergencia y una alegría que parecía construida con material de alta resistencia. Pero debajo de todo aquel andamiaje de pestañas, tacones, lentejuelas y volumen había una mujer extraordinariamente seria. Una mujer que sabía exactamente quién era. Y eso, quizá, sea lo más radical que hizo.

Nació en Tennessee, en una familia de doce hijos donde había más bocas que monedas, pero también más canciones que silencios con una ambición que debía de ocupar varias habitaciones. Se convirtió en una estrella del country, escribió canciones para otros, escribió canciones para ella, hizo películas, levantó negocios y terminó siendo dueña de una parte considerable de su propio universo.

No se dejó comprar. Dolly sabía también defender lo que era suyo. Cuando Elvis Presley quiso grabar “I Will Always Love You”, ella creyó que había tocado el cielo. Hasta que llegó la letra pequeña: el representante de Elvis quería quedarse con la mitad de los derechos de la canción. Dolly dijo que no. Le dolió, claro que le dolió –hablamos de Elvis–, pero prefirió perder a Elvis antes que perder media canción. Y menos mal. Años después, Whitney Houston convirtió aquella canción en un himno y Dolly siguió siendo dueña de su criatura. Dolly entendió antes que muchos que una canción no es solamente una canción. A veces es una casa. Hay algo hermosísimo en aquella decisión: una mujer que venía de la una familia humilde se negó a entregar la llave de la casa que había construido con sus propias manos. 

Cuando tuvo dinero, compró libros. No para ella. Para los demás. Su “Imagination Library” nació de su propia infancia y terminó llevando millones de libros a niños. Dolly, que había crecido en una familia con poco dinero, decidió convertirse en una especie de hada madrina bibliotecaria. Eso también es Dolly. Mientras unos levantan estatuas, ella manda cuentos por correo. Mientras unos coleccionan trofeos, ella colecciona lectores. Y quizá por eso las nuevas generaciones la han vuelto a encontrar. Porque Dolly no necesitó hacerse joven para resultar moderna. Nunca se quitó años de encima. Nunca escondió el paso del tiempo. Nunca intentó parecer una mujer que no era. Se puso más pelo. Más brillo. Más Dolly. Y siguió adelante.

Las chicas de veinte años la miran hoy con la misma fascinación con la que la miraban sus madres. La han convertido en icono pop, meme, camiseta, disfraz, referente feminista, madrina, personaje, leyenda. Pero sospecho que el asunto va mucho más allá de Dolly. Va de nosotros. Dolly representa algo que quizá hoy necesitamos más que nunca: la posibilidad de no tener que caber en una sola casilla. Puedes ser cursi y lista. Puedes ser sexy y buena persona. Puedes ser rica y generosa. Puedes creer en Dios y mandar a paseo a un empresario. Puedes llevar tacones imposibles y hablar como si estuvieras sentada en el porche de tu casa. Puedes parecer una fantasía y ser, al mismo tiempo, una mujer profundamente real. Dolly nunca pidió permiso para ser contradictoria. Y quizá por eso ha terminado perteneciendo a todo el mundo. A los que escuchan country. A los que no saben distinguir un banjo de una tostadora. A los que tienen veinte. A los que tienen ochenta. A los que la descubrieron el 25 de agosto por la noticia de su muerte. A los que, como yo, la escucharon cuando todavía llevaban unos cascos que parecían dos ovnis pegados a la cabeza.

Esta mañana, al volver a sonar “Here You Come Again”, he pensado que hay canciones que no envejecen. Nosotros sí. La canción sigue siendo la misma. Pero yo ya no tengo seis años. Ya no me escondo detrás de aquel “walkman”. Ya no existen algunas de las personas que la escuchaban conmigo. Y ya no existe Dolly. Y entonces he entendido por qué lloraba. Lloraba por el tiempo. Ese animal silencioso que se mete en el apartamento mientras estamos durmiendo y se lleva los muebles.

Agosto lo sabe bien. Agosto siempre ha sido un mes de despedidas disfrazadas de vacaciones. A finales de agosto uno empieza a recoger cosas que no sabe que está recogiendo. Una toalla. Un sombrero. Un libro con arena dentro. Una fotografía borrosa. Una conversación que no volverá a repetirse exactamente igual. El verano se marcha sin hacer ruido. Primero desaparecen las tardes interminables. Después las noches. Después el bronceado. Después alguien dice “nos vemos en septiembre”. Y septiembre es, muchas veces, la manera educada que tiene la vida de decirte: esta etapa se acabó.

Este año, además, agosto se lleva a Dolly. Qué mal gusto. Qué manera tan Dolly de hacer una entrada en la eternidad: con todo el pelo, las lentejuelas y una canción imposible de olvidar.

Dolly me devuelve a un tiempo pasado, a uno que ya no es, pero que al mismo tiempo sigue siendo. Y quizá eso sea la memoria: un lugar donde los muertos todavía pueden encender la luz. 

Por eso las canciones y la cultura importan. Porque cuando todo lo demás desaparece –las casas, los cuerpos, las fotografías, las voces– una melodía puede hacer el milagro de devolvernos durante tres minutos aquello que creíamos perdido. 

Al final, todos aquellos a quienes quieres terminan muriendo. Suena a una de esas verdades que, de tan repetidas, han perdido fuerza, pero no por ello deja de ser cierta. Se van los que entendían tus bromas sin que tuvieras que explicarlas, los que sabían por qué una canción podía arruinarte la tarde, los que miraban el cielo de agosto y entendían que aquella luz no era solamente luz, que allí dentro había algo parecido a la felicidad y también a su despedida. Se van los que hablaban tu mismo idioma secreto. Se van los padres, los amigos, los amores, los ídolos. Se van las voces que uno creía pegadas para siempre a las paredes de la memoria. Se van las casas, las costumbres, los nombres que antes pronunciábamos a diario. Se van los veranos, uno detrás de otro, como una procesión de bañadores mojados.

Y ahora se va Dolly.

Se va con sus pelucas monumentales, sus uñas de vértigo, sus canciones llenas de corazones rotos y esa manera suya de hacer que hasta la tristeza pareciera llevar lentejuelas.

Y uno se queda aquí, haciendo inventario de ausencias, como quien vacía los bolsillos al final del verano y encuentra dentro arena, un billete viejo, una concha y algo que no sabe muy bien qué es, pero que se niega a tirar.

Quizá sea eso la memoria: el lugar donde guardamos a quienes ya no podemos guardar en ninguna otra parte.

Y una se queda quieta, frente al semáforo en rojo.

Entonces ella vuelve a cantar.

“Here you come again

Just when I'm about to make it work without you

You look into my eyes and light those dreamy eyes”.

Ahí viene otra vez. Y durante un instante, solo uno, agosto no termina. La niña de seis años sigue ahí. 

Dolly también.

Y nadie se ha muerto todavía.dolly-parton.jpeg


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