En una sociedad cuya escala de valores premia la precocidad –piénsese por ejemplo en los deportistas–, la tardía vocación literaria de Augusto Granados (Madrid, 1962) constituye una provocación y una rareza. Su literatura no puede comprenderse sin la acumulación de experiencia de vida y sin las alforjas rebosantes de una intensa carrera profesional, que compagina con la de escritor. Acaba de publicar su tercera obra, “El Camafeo” (Amazon, 2026), que sucede a “La mitad de mi vida” (Rialp, 2020) y a “La venganza de los conjurados” (Homo Legens, 2022). Y decimos que compagina ambas tareas porque su ritmo de producción y la incoación de un universo creativo ya permiten atisbar –y casi exigir– que esa vida interior se va a expandir en nuevas entregas.
Granados cultiva la novela policial de corte histórico (centrada en el Madrid del primer tercio del XIX): un subgénero que, además de ser muy querido por el público, está ofreciendo –de Pérez-Reverte a Luis García Jambrina– resultados de indudable calidad literaria. En esta entrega el planteamiento es sencillo: al teniente Tolín se le encomienda el caso del robo de una joya (un camafeo) sustraída por los franceses como botín en la guerra de la Independencia. Más allá del valor pecuniario, ese objeto atrae a personas de muy distinta categoría a causa de llevar grabado un misterioso mensaje… La investigación conduce al policía a plantearse el recorrido histórico de ese objeto desde que fuera creado y, al hilo de esas pesquisas, se cruzan asesinatos, sectas esotéricas… y un final inusitado.
En paralelo con las averiguaciones se relatan hechos notables de la historia de España (en este caso, el nacimiento de Isabel II, los prolegómenos de las guerras carlistas, la persecución a los liberales), aparecen personajes que son protagonistas de esa historia (de Donoso Cortés a Larra) y, en fin, se representan con un fresco pintoresquismo, costumbres y usos sociales: del ambiente de las sastrerías, a la tradición del chocolate, de las tascas a las trastiendas... y muy singularmente el ambiente de los primeros pasos del periodismo en España. “El Camafeo” tiene un hilo de continuidad con “La venganza de los conjurados”, no tanto por el desarrollo puramente lineal de los argumentos cuanto por el entrañable conjunto de personajes –Tolín, el teniente Yáñez, Reme y Dandi, Peón y un activo Mesonero Romanos– que saltan de una a otra y acaban constituyendo como una familia para el lector.
Granados escribe con elegancia contenida, con una sencillez no exenta de erudición. El lector disfruta de las tramas de misterio a la vez que va conociendo hechos probados –o sin probar: ahí se menciona, por ejemplo, la presunta estancia de san Francisco de Asís en Madrid– y se instala en esa ciudad que se estaba estrenando como núcleo del país. El abanico de situaciones y caracteres subrayan el carácter costumbrista del texto y la aparente simplicidad de esta novela, los caracteres francos, la ausencia de doblez y, en buena medida, de maldad moral, confieren al texto una nobleza que nunca parece simplificación. El resultado es, en definitiva, una suerte de nueva vuelta de tuerca de los galdosianos Episodios Nacionales.
Hay una pequeña legión de seguidores que, con cada nueva novela, se suma a la saga de este escritor. Augusto Granados ha conseguido algo poco frecuente: que el lector no solo siga una investigación, sino que desee volver a un mundo que ya le resulta propio. El Madrid que recrea posee la suficiente densidad histórica para resultar verosímil y, al mismo tiempo, la cercanía de un escenario habitado por personajes con los que es fácil establecer una complicidad. Ese equilibrio entre el relato detectivesco, la reconstrucción de una época y el costumbrismo constituye, probablemente, el principal rasgo distintivo de su narrativa. No hay exhibición gratuita de documentación, sino un conocimiento bien integrado en la acción, siempre al servicio de la historia y nunca al revés.
Con “El Camafeo”, Augusto Granados confirma una trayectoria que parece asentarse con paso firme. Cada nueva entrega amplía un proyecto narrativo que encuentra su fuerza en la continuidad de sus personajes y en una forma de contar que rehúye tanto el artificio como la grandilocuencia. En tiempos en los que la velocidad suele imponerse a la permanencia, resulta especialmente valioso encontrar novelas que invitan a demorarse en los detalles, en los diálogos y en la atmósfera de una ciudad en transformación. Si las próximas obras mantienen este nivel de ambición y de cuidado, es razonable pensar que la serie acabará ocupando un lugar propio entre las novelas históricas españolas que mejor han sabido convertir el pasado en una experiencia viva para el lector de hoy.
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