
Heredamos un sinfín de historias de quienes contemplaron el mundo mucho antes que nosotros y se preguntaron qué tenían ante sus ojos. Las primeras civilizaciones intentaron explicar los fenómenos naturales a través de prosopopeyas de la realidad en monstruos y dioses. Solemos atribuir a estas historias compartidas por una comunidad el nombre de mitología. En esta inventiva oral, fijada posteriormente en literatura, se transformaba lo terrenal en figuras sacras a las que las comunidades primitivas podían rendir culto. La mitología, aunque vinculada a lo sagrado, permitía un espacio a la imaginación y al juego de quienes contaban las historias.
La protagonista de “Los falsarios” (Impedimenta, 2026), la última novela del escritor y traductor Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), ha sido fuente de inventiva y obsesión para mitos, locos y poetas. Isis para los egipcios, Selene para los griegos, o Luna para los romanos, el astro nocturno se convierte en el hilo unificador de toda la novela. El autor vallisoletano rinde un homenaje al misterio que ha supuesto la luna para la humanidad y a todas aquellas teorías que se han realizado, especialmente sobre su habitabilidad, a lo largo de los siglos.
Desde los humanos alados llamados “selenios”, sus vertientes violentas llamadas “vespertillos” o, los más absurdos de todos, los “castores” de río de gran tamaño, Adolfo García Ortega identifica los habitantes mitológicos de la Luna, de dudosa existencia. Toda esta cara oculta fallecería en el momento en que Neil Armstrong puso el primer pie en tierra selenita. “En mi principio está mi fin”: con el primer viaje espacial a la Luna muere toda realidad mitológica por la empíricamente probada, la de la ciencia.
Adolfo García Ortega escribe “Los falsarios”, un cúmulo de ficciones entre lo ensayístico y novelístico, para recuperar el juego inventivo por los misterios de la luna. Por un lado, el libro presenta un lenguaje académico lleno de digresiones y alusiones a todo tipo de intelectuales. La cultura libresca del autor queda evidenciada en las citas a las historias de personas ilustres vinculadas con la luna: desde Espronceda, Jules Verne, Flaubert, el abate Marchena hasta John Frederik Herschel, pasando por Rosa Chacel y T. S. Eliot. Se relatan sus dudas científicas, sus avistamientos de habitantes selenios y hasta sus viajes frustrados a la luna.
Los datos y personajes históricos son parte de la técnica literaria para dar una aparente verosimilitud al ensayo, como lograba Cervantes con su Cide Hamete. En realidad, el libro nos mantiene continuamente en el terreno de la ficción de García Ortega con un humor heredado de Umberto Eco. El mismo título del libro nos da una pista reveladora sobre sus intenciones. La Sociedad de Falsarios de la Luna es una sociedad ficticia cuyo objetivo era elaborar y promulgar las teorías más chocantes y esnobs sobre la presencia de vida en la Luna con el fin de desestimar el progreso científico. Este mismo revanchismo parece mostrar el autor en el juego que propone al lector: una regresión temporal a las invenciones mitológicas que murieron con el alunizaje.
Dice Johan Huizinga en su “Homo ludens” que en el mito juega un espíritu inventivo al borde de la seriedad y la broma. Desposeídos de la naturaleza sacra primigenia, el mito se traslada a la esfera del juego, y nace asimismo la literatura. “Los falsarios”, como un buen mito, se tambalea entre la seriedad y la broma; en absurdeces contadas a estilo enciclopédico en libros que jamás fueron escritos. Volviendo a la esfera lúdica, García Ortega reflexiona sobre la propia naturaleza de las historias, de las distintas maneras de contarlas y de cómo, inevitablemente, el progreso científico nos deriva a un mundo donde el mito queda enterrado, reducido al fetiche arqueológico de lectores curiosos.
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