
Un nombre es algo más que un puñado de letras y sonidos que los demás utilizan para llamarnos. Forma parte de nosotros. Aunque, de forma general, es algo que no elegimos, nos identifica; respondemos ante él. No obstante, no tiene la misma importancia para todos. Hay quienes le confían un peso fundamental en sus vidas: de esta idea surgió muchos siglos atrás el “nomen omen” latino, es decir, el nombre como augurio.
Bajo la premisa de esta locución latina, nace “Los nombres” (Salamandra, 2026), la primera novela de la británica Florence Knapp (1977), ganadora de los British Book Awards 2026 y traducida a más de veinticinco lenguas. La protagonista de esta historia es Cora, una mujer víctima de violencia doméstica, que acaba de tener un hijo y debe ponerle un nombre. Su marido nunca se había planteado la posibilidad de que no se llamara como él: Gordon, el nombre que habían recibido todos los hombres de su familia generación tras generación. Sin embargo, Cora no quiere sentenciar a su hijo bajo ese molde, quiere darle la posibilidad de construir su propio camino.
De este modo, Knapp plantea tres posibilidades. Tres vidas diferentes marcadas por una única decisión: Bear –el nombre escogido por su hermana pequeña, que podría representar a una persona tierna y cariñosa, a la par que fuerte y valiente–, Julian –“padre del cielo”, el favorito de su madre, capaz de elevar a su hijo por encima de su padre– o Gordon –el impuesto por la tradición–.
Realmente, la novela se articula en torno a tres historias que, aunque independientes, guardan cierta relación, pues los personajes son los mismos, a pesar de que sus circunstancias y relaciones interpersonales varían en cada una de ellas. Así, los capítulos están encabezados por uno de estos nombres y, a través de saltos temporales de siete años, se presentan como una ventana mediante la que el lector puede asomarse durante unos instantes a la vida de esta familia.
El hecho de que haya intervalos de tiempo tan grandes entre capítulos puede generar la sensación de no conocer del todo bien a los personajes, ya que se atraviesan las diferentes etapas vitales del protagonista en apenas un puñado de páginas por cada línea temporal. Además, no se sigue únicamente su historia, sino también la de todos los que formarán parte de ella. Sin embargo, la autora parece ser consciente de esta limitación y trata de exprimir cada página. Por ejemplo, hay detalles que, quizás, podrían parecer irrelevantes en una de las historias, pero que cobran sentido en otra.
Más allá de la hipótesis inicial sobre el determinismo onomástico, este libro ahonda en las relaciones sociales –especialmente en las familiares– y en cómo estas sí que pueden condicionarnos de forma directa. Aunque, quizás, el nombre pueda llegar a influir en un inicio, Knapp demuestra que una persona es como es por lo que ha vivido y por cómo esas vivencias han calado en su interior. Esto, a su vez, trae cierta esperanza al relato; especialmente a la historia de Gordon: es posible cambiar el destino, si es que este alguna vez estuvo impuesto, aunque puede ser un camino difícil. En este caso, no definen las palabras, sino las acciones. Además, en muchas ocasiones cobra vital importancia la pura casualidad.
La presencia de la violencia es una constante a lo largo de la novela. En muchas ocasiones es cruda y se presenta de forma explícita, con escenas bastante duras de leer. Las tres posibles vidas –las de Bear, Julian y Gordon– muestran sus consecuencias, aunque en cada una se manifiestan de diferentes formas. En todas hay un componente violento que se hace más o menos explícito para los personajes, especialmente para el de Cora. Si a esto se le suma el hecho de que hay tres historias diferentes, se hace imposible no tener que detener la lectura durante unos instantes para luego volver a retomarla.
Al final del libro, la autora presenta un glosario de los nombres que ha utilizado para dar vida a sus personajes. Como se observa, en esta ficción muchos han sido elegidos de forma meditada en función del papel que desempeñarán: ya sea por su profesión, por su forma de ser, por lo que significarán para otros personajes… Esto invita a reflexionar sobre la importancia que un nombre puede adquirir en nuestra vida, aunque la propia novela termine demostrando que, en esencia, no es esto lo que nos define.
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