La muerte, o al menos el eclipse, del Parlamento

La muerte, o al menos el eclipse, del Parlamento

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"Esto sí que es un eclipse, mucho más que el del cielo". Me lo comentaba un senador amigo, refiriéndose a la pugna en auge entre el Senado, el Congreso y el Ejecutivo a cuenta de en cuál de las dos Cámaras legislativas deben comparecer primero los ministros directamente involucrados en la crisis de Estado que supuso la 'invasión' de Ceuta.

En efecto, la vida parlamentaria, ya bastante tocada por las habituales frivolidades, incomparecencias y silencios casi cotidianos de los últimos años, además de por unos reglamentos y unos calendarios obsoletos, parece, en España, seriamente herida, y los sucesos de estas semanas no son los más propicios para curarla. Puede que no podamos llegar a hablar (aún) de la muerte del Parlamento, pero sí, con toda justeza y justicia, de su eclipse.

La llamada de la Cámara Alta a tres ministros (Defensa, Interior y Exteriores) para que comparezcan ya estos días ante la comisión senatorial competente para explicar lo ocurrido en Ceuta, y las excusas puestas por los miembros del Gobierno para atender esta comparecencia antes que la prevista en el Congreso, a finales de este mes, ha provocado la última agria polémica política en nuestro país.

El presidente del Senado, Pedro Rollán, ha llegado a amenazar veladamente a los ministros que no acudan a tiempo ante el requerimiento de la Cámara Alta, y los ministros han razonado sus aplazamientos en la actividad de sus Departamentos ante los sucesos que se están registrando: hay cosas que hacer antes de ir al Senado, parece ser el mensaje ministerial.

La polémica, vista desde lejos, parece incluso algo infantil por lo enrabietada. Por supuesto que los cuatro ministros en cuestión (a los tres citados se une el de Justicia, Félix Bolaños, acaso el miembro más activo del Gabinete) acabarán compareciendo ante el Senado, mayoritariamente controlado por el Partido Popular, como bien se sabe. La cuestión es si lo harán, como dicen todos (menos la titular de Defensa, Margarita Robles, que de nuevo se desmarca de la ignominia generalizada en el Consejo de Ministros), tras haber pasado antes por el Congreso. Que, como también se sabe, está aún teóricamente -cada vez más teórica y caóticamente- controlado por el nunca escrito pacto de gobierno en torno al PSOE.

La aparente frivolidad de este nuevo rifirrafe entre las Cámaras, que incluso está derivando en la amenaza de presentación de querellas en los tribunales, no puede esconder la guerra ya ni siquiera soterrada entre las Cámaras legislativas. El Senado busca, haciendo oposición, el protagonismo que nunca tuvo. Y el Congreso sigue en una línea de cierta inoperatividad, tratando de lograr el fin que el Ejecutivo pretende: llegar como sea hasta el final de esta Legislatura increíble. Aunque sea sin aprobar los Presupuestos ni ninguna otra ley de calado. Aunque sea llevando al extremo el ridículo de las sesiones de control parlamentario al Gobierno.

Aunque sea incumpliendo flagrantemente los compromisos de celebrar anualmente los debates sobre el estado de la nación, que hoy son más necesarios que nunca. Aunque sea inclinándose descaradamente ante las pretensiones del Ejecutivo desde una Presidencia de la Cámara Baja, encarnada por Francina Armengol, que está muy lejos de la imparcialidad exigible a esta institución. Todo ello redunda en una patente sensación de inoperatividad del poder Legislativo, que es, en teoría, el arquitrabe de una democracia. Pero el jefe del Ejecutivo ya dijo en una ocasión que, si era necesario, gobernaría sin el Parlamento, y esta amenaza está a punto de cumplirse casi con literalidad.

La reanudación de una vida parlamentaria que no debería haberse interrumpido -para eso está la diputación permanente- teniendo sobre la mesa, como tenemos, las catástrofes de los incendios, la llegada ilegal de decenas de miles de marroquíes a Ceuta y la crisis diplomática subsiguiente, no llegará, y eso excepcionalmente, hasta dentro de dos semanas. Y ello, sin que Pedro Sánchez, como principal actor de la política española, comparezca ante el poder Legislativo, en teoría máximo fiscalizador de la acción de los otros dos poderes clásicos de Montesquieu. Si acaso, parece decir La Moncloa, aguardamos hasta el otoño, que las temperaturas estarán más templadas, y entonces ya veremos.

Y claro, la pregunta siempre está ahí: ¿para qué sirven, visto lo visto, nuestras Cortes, en las que se han fabricado 'contra natura' mayorías artificiales que ya ni siquiera lo son?, ¿De qué nos sirve un Parlamento en el que no se parlamenta y que está quedando cada vez más para albergar fastos oficiales? ¿Cómo diagnosticar el estado de salud de un Legislativo cada vez más eclipsado por un Ejecutivo voraz que hace del decreto ley, de la trasgresión de las normas y de su propia supervivencia la principal vía de acción y la exclusiva finalidad del Estado?

Una de las principales tareas netamente políticas de los próximos gobernantes, sean quienes fueren, ha de ser, además de restablecer un marco de diálogo y consenso, potenciar el principio de la separación de poderes, eliminando las tensiones entre las Cámaras legislativas, redefiniendo la actividad de las mismas e impulsando una auténtica 'pax judicial'. Ocurre que estos objetivos, básicos en un Estado de Derecho, son, ay, imposibles con el talante y el talento (o la falta de él) actuales de nuestros gobernantes. Y esto, la falta del adecuado talento, sí que es un eclipse total y es de temer que de mucha más larga duración que el que ahora hemos conocido en los cielos.


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