Frankenstein ya no es lo que fue. Los socios de la investidura de Sánchez se dispersan. El Gobierno ha tenido que tragar más de una treintena de derrotas en iniciativas legislativas. Sí a modo de retrovisor observamos lo ocurrido hasta aquí en los últimos meses, todo indica que el tramo final de la legislatura va a ser agónico.
Algunos de los socios de la investidura han pasado de exigentes -caso de ERC-, a intratables que es como se comportan los de Junts. Incluso el PNV, en su estilo, va dando pellizcos de monja mentándole a Sánchez algunas de sus última miserias. Hasta en Sumar andan revueltos a cuenta de la búsqueda de un líder para suceder a Yolanda Díaz y critican la deriva del Ejecutivo exponiéndose a ser coceados por Óscar Puente. Lo último ha sido exigir a Pedro Sánchez un decreto ley sobre Vivienda que expropie "sí o sí" el ya famoso piso de Maricarmen.
En este sindicato de socios discontinuos Bildu es la excepción. En la medida en la que Arnaldo Otegi ve que prosiguen las excarcelaciones de presos etarras, piedra angular del pacto que se tradujo en apoyo a la investidura, sus diputados en el Congreso se mantienen como los socios parlamentarios más fiables de Sánchez.
El PSOE acusa su soledad parlamentaria como preludio del cambio de ciclo que amenaza con llevarles a la oposición. Y la situación se traduce en desconcierto. El Grupo Parlamentario comparece encogido, no han conseguido alumbrar una voz propia potente. Patxi López es una anodina correa de transmisión del argumentario monclovita. No participó en las negociaciones con Puigdemont, ni quien fue a rendir pleitesía al prófugo. Fueron Santos Cerdán (que acabó en prisión) y Rodríguez Zapatero (en puertas de sentase en el banquillo). Sánchez, a la desesperada, busca argumentos para construir un relato que puedan secundar sus socios, pero sus creadores de contenidos no van más allá de intentar demonizar a Núñez Feijóo por sus pactos con Vox, y, de manera obsesiva, arremeter contra Isabel Díaz Ayuso. La situación resume la desesperación de quien se sabe perdido y observa cómo sus socios brujulean buscando un lugar propio en el próximo cartel electoral.
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