
España es país de exageraciones. Ahora, por ejemplo, con el eclipse, que está batiendo récords de reservas hoteleras para contemplar un fenómeno de minuto y medio; pero viva el jolgorio, y no seré yo quien censure las ganas de vivir de la gente, de escapar de la rutina. El país se ha llenado, como las tertulias, de eclipsólogos, a la vez que se multiplican, y nunca sobran, los avisos de los riesgos de incendio que supone la presencia masiva de gente para ver la desaparición del sol en paisajes tan secos. Ojalá esos idiotas, que nunca ven el riesgo de que lo de todos se queme, tomen conciencia de que esto, el riesgo de las llamas, no es algo lejano. No es tiempo de tirar el pitillito al campo ni de hacer barbacoas descontroladas.
Mi municipio, que 'celebra' el primer aniversario de un incendio pavoroso que costó una vida y estuvo a punto de costar muchas más, es uno de los que posibilitarán una buena visión del fenómeno. Pero los responsables municipales, sin duda recordando fallos y desidias del pasado, han preferido suspender las celebraciones aglomeradas en un pinar que ya va dejando de serlo a base de talas y progreso de las urbanizaciones salvajes, aunque esa sea otra historia y ahora, como decía Pujol, no toque hablar de ello.
Me alegro de las precauciones, aunque solo sea por el recuerdo doloroso de lo que ocurrió hace ahora exactamente un año. La verdad es que me hubiese gustado comprobar que los munícipes muestran una mayor empatía hacia los damnificados, pero ya se sabe que a nuestros políticos con pedirles un mínimo de eficacia ya les pedimos, por lo visto, demasiado.
Si traigo aquí la coincidencia del aniversario del pasado con los riesgos de un presente que todos queremos lúdico es para resaltar un hecho que también es muy propio de este país nuestro: el olvido. Ya casi ni nos acordamos, porque han ocurrido otras cosas, de los incendios que hace dos semanas eran oficialmente "inextinguibles" y arrasaron ni se sabe cuántos miles de hectáreas, casas , esperanzas y recuerdos. Luego vino lo de Ceuta, otro escalón que subir en la actualidad noticiosa y en los anales del disparate, y todos nos pusimos a contemplar con pasmo lo increíble, la sucesión de errores oficiales que ha gestionado la catástrofe.
Ahora, el ministro-para-todo (y para nada) Grande Marlaska es quien coordina la eclipsemanía en esta Eclipsolandia nuestra. Si su gestión con los incendios fue mala, pero no tan mala como la prevención ante la 'invasión' marroquí, si nos ha mentido en cuanto a los datos relacionados con esta 'invasión', si aún no ha logrado apagar el enorme incendio en la Guardia Civil (claro, el controvertido DAO se apellida Llamas...), ¿qué podemos esperar de la gestión de un Departamento, Interior, que reconoció su incapacidad para gestionar al tiempo los incendios y la llegada de miles de ilegales a las costas ceutís? ¿Podrá ahora gestionar también la eclipselocura?
Claro que nos enteramos de que desde la Presidencia del Gobierno, hoy con despacho en La Mareta, todo lo que se relaciona con el eclipse se basa en el viaje del señor presidente para contemplarlo en un sitio privilegiado de Guadalajara. Una escapada dentro de las vacaciones, que es algo intocable para el inquilino de La Moncloa (y de La Mareta). Pedro Sánchez está tranquilo: ni siquiera el Ministerio del Interior logrará que el eclipse no se produzca, y me alegro por tantos hosteleros que han multiplicado por cinco el precio de sus camas al socaire de la oscuridad momentánea del sol.
Pero a ver si cunde, por una vez, el ejemplo de mi municipio y se pone coto a tanto entusiasmo eclipsal en el país en el que, en el fondo, eclipse de la luz de la verdad informativa es casi todo. Menudo verano este del 26.
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