Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Ciclo Universo Barroco del CNDM. Tembembe Ensamble Continuo (México-Colombia, Donají Esparza, danza; Ada Coronel, voz y danza, Leopoldo Novoa, marimbol, guitarra de son 3ª, jarana huasteca y voz; Ulises Martínez, violín y voz, con los solistas Maria Juliana Linhares, soprano [Brasil], Lixsania Fernández, mezzo [Cuba], Yannis François, bajo y danza [Guadalupe], Iván García, bajo y danza [Venezuela] y Zé Luis Nascimento, percusión [Brasil]). La Capella Reial de Catalunya (Anna Piroli y Elionor Martínez, sopranos; David Sagastume, contratenor, Víctor Sordo, tenor y Lluís Vilamajó, tenor y preparación del conjunto vocal). Le Concert des Nations (Pierre Hamon, flautas; Josué Meléndez, cornetto, Emiliano Rodolfi chirimía y flauta; Daniel Lassalle, sacabuche; Josep Borràs, bajón; Manfredo Kræmer, Guadalupe del Moral, violines; Lixsania Fernández, viola da gamba baja; Xavier Puertas, violone; Xavier Díaz-Latorre tiorba, guitarra y viola de mano; Andrew Lawrence-King, arpa barroca española; Marco Vitale, órgano y Pedro Estevan, percusión). Viola da gamba soprano y Director: Jordi Savall. Fiesta criolla en el virreinato del Perú.
Una característica indispensable para cualquier músico que se precie es la curiosidad, la inquietud por descubrir, tanto lo que es novedoso como lo que encontramos de nuevo cuando buceamos con otra perspectiva en lo ya (aparentemente) conocido. Esa curiosidad, esa urgencia buscadora, ese ánimo de recuperar y de dar a conocer patrimonios pretéritos, remotos, poco o nada conocidos es, indudablemente, un empeño que hay que estimular. Después podrá opinarse si lo recuperado, en realidad, tenía o no la belleza pretendida, si su olvido estaba justificado por su calidad o era, por el contrario, totalmente injusto. Discriminar lo uno de lo otro es, también, obligación del buen criterio del buscador.
Y si alguien merece un lugar distinguido entre los incansables buceadores en el pasado musical (el nuestro y el de otros), no hay muchas dudas de que Jordi Savall (Igualada, 1941) tiene todas las acreditaciones necesarias para ello. El incansable violagambista y director lleva décadas ofreciéndonos jugosos bocados del repertorio pretérito que van, como reza uno de sus discos, desde Oriente a Occidente. Recibió recientemente, creo que con total merecimiento, el prestigioso Premio Siemens, considerado el Nobel del mundo musical.
La velada ofrecida en esta ocasión para el ciclo Universo Barroco del CNDM seguía, casi literalmente, el guion de su grabación del año 2017 publicada en su propio sello Alia VOX (con el título “Bailar Cantando – Fiesta mestiza en el Perú” que, en esta ocasión, aparece solo en el encabezamiento de las notas al programa, que firma el propio Savall). El concierto, sin embargo, se presentaba bajo el título “Fiesta criolla en el virreinato del Perú”, elección que Savall basa en la idea de “marcar bien el origen de las simbiosis locales e hispánicas y la influencia de los pueblos indios y de los africanos que arribaron de África con la trata de esclavos (sin voluntad alguna de limitarla a lo que la palabra «mestizo» significó en un inicio)”.
Como en la grabación, el material musical sobre el que Savall ha elaborado las versiones e instrumentación es el manuscrito del Códice Trujillo, recopilado por el obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón (distinguido representante del despotismo ilustrado de la época), en Perú (ca. 1780-1790) y actualmente conservado en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Una colección fascinante que reúne una veintena de piezas musicales y mil cuatrocientas once acuarelas (se dice pronto) de las que más de una treintena proporcionan pistas de gran valor sobre la coreografía y danzas asociadas, así como de músicos con sus instrumentos.
Nos dice Savall que “las veinte piezas musicales que forman la colección del Códice Trujillo de Perú representan un caso excepcional en la historia de las músicas autóctonas del Nuevo Mundo. Ese conjunto de tonadas, cachuas, tonadillas, bayles, cachuytas y lanchas nos permite conocer el repertorio propio de las tradiciones del país, y muy específicamente de los cantos y bailes a los que eran aficionadas las castas populares del virreinato del Perú a finales del siglo XVIII”.
Música llena de colorido y de ritmo, por cuanto la mayor parte de las piezas están pensadas para lo que expresa el título de la grabación: bailar cantando. Los textos están en su mayoría en español, pero, como especifica el catalán, la presencia de algunos en “quechua y mochica que ponen de manifiesto —como la propia música— una relación evidente con las culturas de origen indio o africano”.
Cabe recoger y suscribir la afirmación última del músico de Igualada: “La energía inagotable y la gracia exótica de estos ritmos y de las melodías antiguas de esta fiesta criolla en el virreinato del Perú son la prueba indiscutible de que la creatividad popular es siempre capaz de producir unas músicas maravillosas, en las cuales belleza, emoción y alegría nos siguen hablando en el presente con toda la vitalidad y la poesía del instante vivido.” No hay más que vivir lo presenciado ayer en el auditorio para confirmar cuán cierta es esta afirmación.

Como en la grabación, planteó Savall la velada con tres grupos, los dos suyos, Le Concert des Nations y La Capella Reial de Catalunya, más el Tembembe Ensamble Continuo (México-Colombia). Y lo que vimos, escuchamos y disfrutamos en esta velada del auditorio fue exactamente lo que anunciaba su título: una fiesta. Con mayúsculas. Una grandiosa fiesta de ritmo, de color, de belleza sencilla, de la que contagia y emociona, de la que trae luz, la mejor luz, en estos tiempos de oscuridad.
El comienzo ya dio una impresión de lo que vendría: la entrada de Pierre Hamon desde el patio de butacas, con flauta (una de las muchas que utilizó en la velada) y tamboril, anunciando con ritmo contagioso el Bayle [de espadas] con pífano y tamboril “Ten cuidado cuando vuelen si valedor” ya puso sobre la escena el más hermoso colorido instrumental y vocal. De ahí en adelante, todo fue ganar sobre lo ganado. En la hermosa Cachua “Dennos lecencia señores” al Nacimiento de Christo nuestro Señor, brillaron las voces y las magníficas prestaciones instrumentales de flauta, sacabuche, bajón, cornetto y cuerdas. Llegó luego el apartado de danza. Se lució en ella Donají Esparza en la Tonada La Donosa, con el primero de unos preciosos vestidos que completaban la belleza que llegaba desde voces e instrumentos. Solo fue uno de los momentos en que la mexicana desplegó su elegante baile, uno de los grandes protagonistas de la tarde.
Hasta el texto acompañaba. ¿Cómo resistirse al encanto de versos como estos de la Tonada “El Tupamaro”? “Quando la pena en el centro se encuentra con el sentido, suspiro es aquel sonido que resulta del encuentro”. Por mucho que, el acento de la música no termine de casar con la prosodia, de forma que lo que se escuchaba era “sentidó” o “centró”, la pieza era una maravilla.
Tuvieron los intérpretes, además, el detalle de girarse hacia las tribunas laterales del anfiteatro, a ambos lados del órgano, en la reiteración de algunos estribillos (como en los de Infelizes ojos míos). Y el ritmo siempre. Incluso cuando el texto era triste (ese “Infelizes ojos mios dejad ya de atormentarme con el llanto” en la Tonada El Diamante de Chachapoias) el ritmo estaba ahí, como un fondo de un magnetismo que no deja de llamar. No lo hizo, y el resultado es que, de una u otra forma, todos los protagonistas terminaban bailando o moviéndose al contagioso ritmo, que contaba con el soporte invalorable de la magistral percusión de ese genio llamado Pedro Estevan, pero también del brasileño Zé Luis Nascimento del Tembembe Ensamble, un auténtico fenómeno.
Sería eterna la reseña si repasáramos pieza a pieza. Destaquemos momentos que quien esto firma guarda como más especiales dentro de una velada gozosa, para el recuerdo. Los maravillosos solos de Andrew Lawrence-King al arpa, los de Xavier Díaz-Latorre a la guitarra barroca, los del propio Savall a la viola da gamba soprano, además de las formidables de Daniel Lasalle en el sacabuche, Josué Meléndez en el cornetto, Emiliano Rodolfi en la chirimía y flauta y Josep Borrás en el bajón. Se habló ya del formidable Pierre Hamon, dominador de flautas variadas, que protagonizó otro momento exquisito extrayendo colores singularísimos de la flauta de pan en el Bayle del Chimo, en el que el delicado canto de la viola en manos de Savall fue el complemento idóneo. La tonada correspondiente del mismo título, una pieza lúgubre, con texto acorde, resultó de una belleza sobrecogedora. El resonante tambor de Estevan hizo el resto para emocionar.
Entre las piezas es difícil elegir las preferidas. La precitada Dennos lecencia señores, la cachua Niño il mijor quey logrado, con su bello final a capella, la tonada El Chimo, la de El Palomo, bailada de forma exquisita… Aún quedaban sorpresas. La tonada El Congo contó con el canto y el baile, también hermosísimo, del venezolano Iván García, y contagió a todos los presentes con un ritmo irresistible. Pero tampoco podemos evitar ese contagio en la Tonada La Brugita, y muy especialmente en la Cachua Serranita “El Huicho nuebo” con el título “No ay entendimiento humano”. Bailada a dos (Esparza y García), con música maravillosa, incluyendo hermosos solos del propio Savall. Algo formidable.
Los músicos disfrutaban, se divertían, bailaban. La fiesta estaba sobre la escena del auditorio, pero la alegría se respiraba en el público que, a buen seguro, contenía a duras penas las ganas de seguir aquellos ritmos tan bellos como magnéticos. Cuando concluyó la cachua mencionada en último lugar, el abarrotado escenario se vino abajo. Apoteosis. Muy justificada. Savall aprovechó para presentar músicos e instrumentos y regaló una pieza no incluida en el Códice Trujillo. Música cubana en esta ocasión, por vía de la guajira Aguacero, aguacerito en arreglo de Mario Oropesa. La protagonizó la cubana Lixsania Fernández, que también tocaba la viola da gamba y, en esta ocasión, la dejó de lado para… cantar y bailar, estupendamente, por cierto. Lo que se dice una artista completa, más bien otra artista completa, porque había varios desarrollando tareas diversas como el que no quiere la cosa. Creo que quizá sobraba la amplificación para su voz, porque me da la impresión de que no la necesitaba. En todo caso, el encanto de su arte fue, como todo el resto de la velada, extraordinario. Savall, siempre atento al mínimo detalle, destacó y homenajeó especialmente a las mujeres de los conjuntos, y les regaló ramos de flores con envoltura en papel morado, en recuerdo del día de la mujer, que se celebraba este domingo. Una velada de esas que constituye un regalo, en verdad, impagable para el espíritu. Regalo que no sería posible sin la curiosidad inagotable y el arte inefable de alguien como Jordi Savall.