MADRID 7 Nov.
Si uno mira hacia atrás sin ira, se da cuenta de todo lo que está cambiando el país, y el mundo, en apenas unos días. En los mítines de las campañas ya no se habla de amor y baile, ni de Franco, laus Deo, sino de las presuntas injerencias rusas, por ejemplo. Y, el colmo de los colmos, Sánchez, para pedir el voto, parece equiparar a España con los Estados Unidos de Trump o con el Brasil del delincuente Bolsonaro, como si lo nuestro fuese lo mismo que lo de ellos.
Y es que el nuestro es un país en el que, otro ejemplo, el Gobierno, por boca de una ministra de Trabajo que a veces parece no pertenecer a ese Gobierno, apoya una huelga general que nadie quiere de veras y que muy pocos seguirán. O sea, que nos zambullimos ya en las últimas tres semanas hasta las urnas, entrando oficialmente en una campaña chiflada.
Los análisis más solventes de las encuestas -las mejores quedan por llegar- dicen que ni el PP ni el PSOE sufren altibajos significativos pese a las muchas cosas que están ocurriendo, incluyendo las últimas incursiones de la UCO. Si acaso se percibe un mínimo descenso de los 'populares' sin que el PSOE se beneficie demasiado tampoco del hundimiento de la izquierda-a-su-izquierda. O sea, que los electores, es decir, los españoles, están desconcertados y no saben por dónde tirar: de momento, se quedan donde están preguntándose qué hacer.
Y lo que les queda, porque los 'cabezas de huevo' de los estados mayores de los partidos siguen pensando en disparatadas estrategias de futuro, conscientes de que el nuestro es un país olvidadizo, y es posible que el día 29, cuando vayamos a votar, más de la mitad de los ciudadanos habrá dejado atrás Ceuta, Urda y Puente, las acampadas, la 'ley de nietos', al chofer de Sánchez y hasta a Koldo y los presuntos intentos de 'comprarle' para que revele datos contra Pedro Sánchez. Esto va muy aprisa.
A saber en qué andará el gran debatódromo nacional dentro de tres semanas: por el medio habrán pasado una huelga general y varias ferroviarias, al menos dos debates en las televisiones, varios 'martes sociales' en los que el Gobierno aprobará dádivas generosas y quién sabe cuántas cosas más, incluyendo, claro, los conejos-en-chistera que inventen los gabinetes de asesores y las locuras que difundan los trolls, bots, astroturfers o todos esos peones digitales contratados frecuentemente por los partidos (y no solo) para confundirnos desde las redes más aún de lo que estamos.
Así que, con este panorama, no le extrañe a usted que próximamente Putin entre en campaña. A Rusia se le acusa de casi todo, comenzando por intervencionismo desde las sombras en las campañas electorales, y probablemente no falte algo de razón en estas sospechas, compartidas por quienes se encargan profesionalmente de vigilar la pureza de las elecciones. Al fin y al cabo, el Kremlin es 'el malo' tradicional, y sin duda hace méritos para ello: está bajo sospecha de todos los gobiernos de Europa. Y todo lo que está oculto resulta atractivo para el personal que observa atónito mucho de lo que ocurre en el mundo, en Europa y, claro, en España. Y encima, nosotros estamos ya casi oficialmente en campaña electoral: menudas tres semanas nos esperan.
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¿Crees que los españoles conseguirán formarse una opinión clara sobre cómo votar en estas tres semanas de campaña, o seguirán desconcertados hasta el 29 de noviembre?
¿Te parece que los temas que dominan ahora el debate electoral serán los mismos que prevalezcan cuando llegue el día de las urnas?
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