MADRID 1 Nov.
Estiman que casi un cuarenta por ciento de los diputados actuales no repetirá en la Legislatura próxima, la que se inicie a raíz de las elecciones del próximo día 29. Veremos todos los nombres en la presentación oficial este lunes, pero descuide: ninguna sorpresa relevante ni en los que entran ni en los que salen. Los máximos 'jefes', que son los que prácticamente a placer elaboran las listas de candidatos, no siempre recompensan la fidelidad total de los miembros de esos grupos parlamentarios, unos diputados que se deshacen, miércoles tras miércoles, en aplausos ante la menor necedad proclamada por el líder propio y se vuelcan en ruidos y susurros de desaprobación cuando interviene el contrario.
"Quizá no hemos elogiado lo bastante bien", se lamentaba, según un periódico dominical, uno de los excluidos que sabía de antemano que iba a serlo. Un excluido agraviado, pero anónimo, claro, que aquí hasta la menor crítica o chanza te cuesta cara aun después de haberte sacado de las listas, que la mano omnipotente es larga y poco dada a la benevolencia, mientras que la tarta a repartir puede ser abundante. Cualquier día te puede caer una subsecretaría de Transportes, sin ir más lejos, que no hace falta saber mucho de raíles para ello.
La sumisión de Sus Señorías no es algo nuevo, ni lo es la mala educación, tan reiteradamente señalada, a lo largo de esta Legislatura desgraciada que acabó, por la presidenta (saliente, supongo) de la Cámara Baja, Francina Armengol. Ya en las Cortes de Cádiz, 1813, se llamó 'culiparlantes' a los diputados que nunca aportaban nada a los debates (ni a los trabajos de la Cámara) y se limitaban a votar. Como las votaciones consistían en levantarse o permanecer sentados, se decía con burla que aquellos parlamentarios "hablaban con el culo", que se elevaba o se sentaba para votar, y ya.
Bueno, ahora el sistema es otro, más moderno; consiste en apretar un botón, e incluso así alguna vez cierta Señoría 'despistada' se equivocó en votación crucial. Hoy no se vota con el trasero, sino con el silencio a toda demasía de los propios y el abucheo feroz a cualquier acción u omisión del contrario. Por ejemplo ¿ha escuchado usted críticas a Óscar Puente procedentes de su grupo parlamentario? O ¿ha leído usted alguna declaración de diputado 'popular' lamentándose en público (en privado vaya si lo han hecho algunos) por la designación 'digital', o sea, por el dedo omnipotente del presidente, de Cayetana Ávarez de Toledo como 'número dos' por Madrid? ¿Alguna crítica de la bancada propia a aquella diputada del espray con gas pimienta? A ella, por cierto, sí la seguiremos viendo en la próxima Legislatura.
Ahora, Sus Señorías se dedican al noble arte de trabajarse el teléfono móvil en el escaño. La propia vicepresidenta y ya no sé si candidata a lo mismo Yolanda Díaz causa ocasionalmente no poco disgusto cuando, sin importarle si la cámara la está o no grabando, se afana en conversaciones sin fin en su 'smartphone' mientras otro compañero vicepresidente, como Carlos Cuerpo, o incluso el mismísimo presidente, están lanzando su parlamento en el hemiciclo.
Todo el esquema volverá a repetirse este martes, ante la Diputación permanente del Congreso de los Diputados, cuando el desdichado aún ministro de Transportes, el mentado Puente, tenga que comparecer ante la ferocidad del enemigo y el apoyo, cada vez más tibio, de los amigos. Habrá aplausos y murmullos de las bancadas traseras, de esos tipos que jamás han pronunciado un discurso decente, y aun menos sin leerlo. Ay, si Castelar levantara la cabeza...
Pues eso: que la pervivencia de las listas cerradas y bloqueadas (cuántas veces han prometido desbloquearlas, y nada) y el egoísmo partidista, impidiendo entrar aire fresco, renovado y quizá no militante, o sea, impidiendo el paso a la meritocracia, en las candidaturas, nos auguran que, cuando el nuevo Parlamente se forme, allá por Navidad si todo va bien, tendremos un total de seiscientos dieciséis nuevos culiparlantes. Entre diputados y senadores, claro.
O, perdón, modernicémonos: en lugar de culiparlantes, serán móvil-parlantes mientras les llega el momento de aplaudir con frenesí al puto amo o de abuchear con escasa mesura y urbanidad al puto amo de enfrente. Que son, esos putos amos, quienes, al fin y al cabo, les han dado cobijo en la Cámara correspondiente y ya se sabe que el que se mueve no sale en la foto, recuerden. Y así, ¿cómo va a cambiar la triste política de este país nuestro?
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