Confío en que al menos el terrible sacrificio derivado del último accidente ferroviario en España sirva para serenar un poco una precampaña electoral loca que presagiaba una campaña verdaderamente desquiciada. No he querido referirme hasta ahora a la vergüenza que he sentido ante la repetición en redes de un fragmento de la 'entrevista' -no fue tal, sino otra cosa indescriptible- en el programa de Broncano nada menos que a los líderes de dos formaciones políticas, una de ellas eurodiputada y ambos sedicentes representantes de la izquierda máxima. Y lo he aplazado para no contribuir, en la escasa medida en la que podría hacerlo, a la propaganda del lenguaje más soez, irreproducible, que he escuchado alguna vez en televisión de la boca de un político.
Por supuesto, ni soy un mojigato ni me escandalizo fácilmente a estas alturas ante lo dicho por la señora Irene Montero y el señor Gabriel Rufián (este me pareció al menos un poco avergonzado) al ser preguntados por sus prácticas sexuales, una sección al parecer con mucho éxito en el programa zafio al que me refiero. Lo que quisiera es simplemente denunciar con un 'no es esto, no es esto' una deriva en la campaña que parece que ha de romper todas las barreras del mal gusto, de la frivolización y de la inanidad mental (no pensaba yo así del señor Rufián, la verdad) para llenar un poco más las urnas.
Cierto, comenzó el presidente del Gobierno en ese programa, al que parece que seguirán otros. Pero, aunque no me gustó un pelo ni el tono ni el contenido, aquello fue archisuperado por el 'mitin' -no sé si llamarlo así- televisivo de la pareja Montero-Rufián. Ni una novedad en un programa de actuación, ni una idea regeneracionista. Pretextando enviarles mensajes atractivos, estamos dando un mal ejemplo, sin duda, a esas generaciones nuevas, nuestros zetas, que dentro de una década habrán tomado el control de la gobernación del país. ¿Cuál es su modelo? ¿Montero-Rufián? ¿Vito Quiles? ¿El de Se Acabó la Fiesta? Madre mía...
La idea sería aprovechar estas elecciones clave para el cambio, la modernización y la moralización del país. No será, con perdón, con las preguntas lerdas y las respuestas estúpidas que algunos candidatos a repetir en lo mismo están ofreciendo a 'influencers', 'instagramers', populares y populistas televisivos y 'tiktokers' varios. Que no digo yo que volvamos exclusivamente a las campañas aquellas clásicas, cuyo eje eran los debates entre los candidatos, al anticuado mitin desde el atril o a las visitas del candidato casa por casa, besando niños y poniéndose cascos en las obras y en las empresas. Sí digo que convertir los platós en escaparate de la grosería sexual de ciertos candidatos es uno más de los despropósitos que jalonan nuestra vida política.
Ya digo: lo lógico sería que un hecho tan luctuoso como una catástrofe ferroviaria que ha costado casi setenta muertos sirviese para, en el luto, serenar la campaña, que todos reflexionen sobre hacia dónde vamos, cuáles son nuestros fallos (sí, los humanos, pero no solo en el control de los trenes) y cómo se va degradando nuestra vida pública y la calidad de los servicios a los usuarios.
Yo quisiera que volviésemos a los viejos eslóganes de 'que España funcione' y que 'la democracia es que el país marche'. El servicio al ciudadano que nos deben nuestros políticos, a los que votamos y pagamos no precisamente por explicarnos cómo hacen sus cosas privadas, va mucho más allá de las chirigotas de algún ministro, la osadía verbal y deslenguada de algunos cabezas de lista de la izquierda, los insultos de la ultraderecha o la timidez en las propuestas novedosas de casi todos. No quiero terminar sin, privilegios del cronista, decir un 'mal, muy mal' a los señores Montero y Rufián, que en estos últimos días han personificado todo el disparate político en el que vivimos desde hace demasiados años. Por favor, hagan todos que esta campaña sirva de algo más que de motivo de bochorno.
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