En uno de sus imprescindibles Episodios Nacionales se quejaba Pérez Galdós de que en su tiempo la política tenía algo que trastornaba las cabezas más sólidas, daba prestigio a los tontos y arrogancia a los débiles.
No cuesta imaginar qué diría don Benito si, trasladado a nuestro siglo, tuviera que enjuiciar el espectáculo del ruedo ibérico actual y observar que, así que fue anunciada la convocatoria de elecciones, se disparó la carrera para ver quién se colocaba mejor y quién la decía más gorda.
Durante los prolegómenos, en ausencia de la expectativa de urnas, asistimos a la entronización televisiva del diputado Gabriel Rufián, jornalero que fue del separatismo republicano catalán y a quien algunos de los jóvenes plumillas parlamentarios actuales colocaban por las nubes en crónicas en las que sin rubor era presentado como la gran esperanza de las izquierdas patrias. El mozo que llegó a Madrid hace una década proclamando que lo suyo era temporal le acabó cogiendo gusto a la vida de la capital del 'oprobioso Estado Español' y, tras dejar atrás aquella gansada de acceder al escaño con una fotocopiadora o unas esposas, subía a la tribuna a endosar sonoras homilías acerca de la regeneración política. Lo hacía como portavoz de un partido, la Esquerra Republicana, doblemente golpista: en el pasado, durante la Segunda República, y en el 2017, cuando el eufemísticamente denominado 'procés'.
Rufián se presentaba como estadista y la crónica parlamentaria boba le compraba la copla y le llevaba a los platós de la televisión en los que el gran hombre se dejaba querer cultivando el aplauso de lo que queda de la izquierda a la izquierda del PSOE, que no es mucho, pero siguen teniendo seguidores en el universo de los 'influencers' o influyentes.
Sé que da pereza pensar a dónde hemos llegado, pero es lo que hay. La política se ha convertido en un juego en el que algunos listos viven en el límite de la tomadura de pelo, pero tienen su parroquia. Pensemos en Podemos. Convocadas las elecciones, Rufián estuvo a punto de formar ticket con Irene Montero. Sabe por experiencia lo bien que se puede vivir viviendo de la política. Que nadie se equivoque al enjuiciarle: es más listo de lo que aparenta.
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