Tomo prestado el título de este comentario del utilizado por "Les Echos", que es el principal medio económico de Francia, coincidiendo con la visita oficial del presidente Macron a España: "España es una bomba de relojería".
Seguramente esa habrá sido también la impresión del mandatario francés tras sus encuentros con Felipe VI y con el todavía presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. No solo por el insólito hecho de que durante su visita de Estado se haya escenificado un "no es no" del Senado al tratado de amistad entre los dos países firmado en Barcelona en 2023 y ratificado por la Asamblea francesa en 2025.
Me refiero sola y exclusivamente a los sucesos lógicos que traen causa de un fin de etapa política en nuestro país. La que el Gobierno se niega a cancelar según los usos y costumbres de una democracia consolidada. Los que consisten en devolverle la palabra al pueblo soberano para que vuelva a repartir cartas.
Sin embargo, Pedro Sánchez, que es el depositario único de esa facultad, la de anticipar o no la convocatoria de elecciones generales, no solo sigue estirando artificialmente la vida de la Legislatura, sino que pregona a todas horas su convencimiento de volverá a gobernar tras las próximas elecciones generales (todo indica que serán en marzo).
El minuto y resultado de la situación nos deja ver una cartografía inservible para orientarse en una Legislatura agonizante con ruido de urnas. El citado periódico francés habla de la "tormenta social" por la crisis de vivienda. Pero los que trabajamos a pie de obra en el seguimiento de la política nacional sabemos que ese problema, arrastrado durante ocho años de desidia, solo es un apremiante culebrón que viene superpuesto a otros no menos apremiantes y no menos graves.
A saber: el caos de Ceuta, la corrupción de cercanías, el judicializado engorde artificial del censo de votantes, la soledad parlamentaria del Gobierno y la insólita fractura del Consejo de ministros, donde una parte de este (Sumar) llama a movilizarse contra la otra (PSOE).
Es precisamente ese trastorno disociativo el que explica los dos decretos destinados a paliar la crisis de la vivienda que el martes pasado parió el mismo órgano colegiado del poder ejecutivo. Dos textos diferentes, dos presentaciones en sociedad diferentes y dos debates diferentes en el pleno extraordinario del Congreso llamado a decidir este viernes si los avala o no los avala para incorporarlos -o no- a la legislación ordinaria.
Se llama esquizofrenia. Una de las vergüenzas visibles como consecuencia de la acampada en la Puerta del Sol. Esa que nos propone la infantil perspectiva de una España imaginaria de caseros e inquilinos en guerra civil. Puro surrealismo.
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