Ya sé que es un clásico lo de rezar para que la campaña electoral pase pronto sin generar males mayores. Bastante desgracia es ya el hastío que generan los previsibles y artificiales actores de la comedia.
Así que lo de rezar vale para dejarlo solo en estado de ánimo pasajero y, por tanto, revocable. El que no se consuela es porque no quiere. La fecha de caducidad (29 de noviembre) minimiza los daños.
¿O no?
Hay algo mucho peor. Me refiero a la sombra negra que planea desde hace algún tiempo sobre la política nacional. Los expertos lo llaman 'fatiga democrática'.
El expresidente del Gobierno e histórico líder del PSOE, Felipe González, cuya lucidez es directamente proporcional a la inquina que le profesan los fanatizados seguidores de su compañero de partido, Pedro Sánchez, aterriza el asunto cuando habla de "distorsión de los valores democráticos que se tiene que corregir cuanto antes".
Atención, eso no es quedarse en la vergüenza ajena de los ciudadanos conscientes de que los están tratando como si fueran imbéciles. Va mucho más allá. El aldabonazo viene a denunciar la banalización del sagrado rito de la democracia representativa y, de paso, se convierte en un verdadero llamamiento a no confundir el hastío con la indiferencia.
De ahí la paradoja. Nunca como ahora se habló tanto de política en redes sociales y medios audiovisuales. Con activistas a sueldo, mercenarios de una u otra causa y tertulias insoportablemente previsibles. Sin embargo, nunca como ahora costó tanto engancharse a una conversación política que merezca la pena.
Esa constatación, al menos, deja claro que no es que estemos cansados de la política, sino de su representación. Sobre todo, en vísperas de un llamamiento a las urnas. Y aquí entra tanto la comedia de Sánchez en las televisiones amigas como las figuras del retablo sanchista creadas por IA en los laboratorios electorales del PP.
Si el momento culminante del sistema se convierte en una fuente de hastío frente al poder simulador de la clase política, desalentador; mal vamos, muy mal. Pero si deviene en indiferencia frente a la propia salud del sistema democrático, todavía peor.
Entretanto, miel sobre hojuelas para el avance de la reacción ultraderechista, que viene crecida con los denodados esfuerzos del sanchismo por amontonarla con el PP, o el autodestructivo nihilismo juvenil a la francesa, que de momento no parece haber contagiado a las nuevas generaciones de nuestro país.
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¿Crees que la fatiga democrática que describe el texto es resultado de la política en sí o de cómo se representa en campañas y medios?
¿Qué diferencia ves entre estar cansado de la política y sentir indiferencia hacia la salud del sistema democrático?
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