Tan cierto es que la revelación del general José Manuel Santiago de la Guardia Civil, relativa a las prácticas de ésta para "minimizar" los ataques a la gestión del Gobierno en la crisis sanitaria, resulta inquietante, como que muchos de esos ataques, lanzados desde las redes sociales, desde oscuros partidos y desde unos medios que ni bajo los efectos del más potente narcótico podrían calificarse de periodísticos, nada tienen que ver con la crítica, y sí con la intoxicación, la insidia, el energumenismo sectario, la calumnia y la maldad.
El pleno del Ayuntamiento de Madrid, esta semana, se ha convertido en el paradigma de lo que hay que hacer en política cuando la sociedad sufre una crisis sin precedentes que causa miles de muertos y va a hundir la economía nacional por mucho tiempo.
Sánchez lo llama el pacto de la posguerra. Difícil alumbramiento, si no imposible, mientras no encaje claramente en la centralidad constitucional. Sin PP y sin Ciudadanos puede haber renovación del pacto de investidura, pero no será un pacto de Estado. No puede serlo sobre unos costaleros de aversión declarada al Estado mismo o al sistema que lo sustenta.
Por Isaac Martín
Dos agentes de la Policía Nacional se personaban en la parroquia de los Santos Juan y Pablo, en San Fernando de Henares, el pasado día 13 de abril. Fueron alertados por un vecino del municipio tras observar a los fieles acudir a la habitual celebración de la misa de 19:30 y considerar que estos no cumplían con las medidas de protección adecuadas, como el uso de guantes y mascarillas.
El Consejo de Ministros aprobó ayer la posibilidad de que Pymes y autónomos con facturación inferior a 600.000 euros puedan retrasar el pago de los impuestos.
Hoy es martes y nadie puede augurar si las mascarillas sirven para algo o no, si habrá en la farmacia o seguirán sin haber llegado, y si las que hay serán más caras o más carillas.
Si algo ha puesto en evidencia la pandemia del coronavirus es lo fácil que resulta predicar (pontificando) y lo difícil que es dar trigo. Vivíamos (quien sabe como lo vamos a hacer cuando salgamos de esta) en una sociedad de discurso evanescente donde los valores se diluían en eslóganes publicitarios. Vivir, gobernar, educar, se habían convertido en estrategias.
Curioso método ese de ofrecer un pacto a la oposición, pacto a mi modo de ver bueno y necesario, y sacudir de lo lindo a esa misma oposición en el mismo acto parlamentario en el que lanzaste tu oferta.
Durante la semana pasada, esperemos que esta vaya a mejor, cada dos minutos una persona ha muerto por conoravirus.
El Gobierno pone en circulación un propuesta que nace rodeada de reticencias: pretende reeditar los Pactos de la Moncloa.
El presidente ha "descubierto" los Pactos de La Moncloa y ha tenido la genial idea de convocar a todos a un ejercicio de generosidad y unidad, como fueron los de hace cuarenta y tres años.
Nadie duda ya de que la crisis sanitaria provocada por la pandemia de la Covid-19 arrastrará a la economía mundial a una recesión.
Las autoridades sanitarias, que no sabemos quienes son, no pusieron cortapisas a los eventos de todo tipo que se celebraron en el fin de semana del ocho de marzo, según explicó recientemente Irene Montero.
A estas alturas de la crisis sanitaria que nos deja prisioneros del coronavirus, el presidente del Gobierno debe haber descubierto ya que gobernar es algo más que hacer juegos malabares con la aritmética parlamentaria para alcanzar el poder.
Mis maestros en periodismo trataron de enseñarme que una crónica o un artículo no deben titularse con un interrogante, salvo que forme parte de la esencia del comentario que se escribe.
El Gobierno nuestro, ese disco de vinillo con cara A y cara B, ha ejecutado la idea, o la ocurrencia más bien, de añadir a la hecatombe económica que se nos viene encima, la de prohibir por ley el despido.
Por José Luis Martínez-Almeida.
Se hace imposible pensar en San Isidro Labrador, Patrón de Madrid, sin pensar en el Madrid mismo. En el imaginario colectivo San Isidro representa la reconversión al cristianismo de un Madrid rodeado de tierras musulmanas, sus raíces y su historia, su cultura y su legado artístico y patrimonial, sus costumbres y sus fiestas, su idioma y su casticismo, sus gentes y la inagotable vida de la «ciudad más abierta de Europa», como la bautizó el muy madrileño Francisco Umbral antes incluso de que gobernara Manuela Carmena.
Por Isabel Díaz Ayuso.
Los madrileños celebramos hoy la fiesta del Dos de Mayo, que es la fiesta de la rebeldía, la independencia y la libertad, el día en que conmemoramos el acto de coraje y generosidad con el que Madrid llamó a toda España a tomar las riendas de su destino.
Dos siglos después de la sublevación del pueblo de Madrid, esos valores continúan vivos entre nosotros. Como cualquier sociedad que aspire a progresar y a superar sus limitaciones, y como resulta especialmente característico de Madrid, seguimos teniendo razones para luchar por una sociedad mejor, esforzándonos contra la injusticia y los desequilibrios, profundizando en nuestra solidaridad con los más débiles o defendiendo nuestra soberanía nacional frente a cualquier intento de debilitarla en beneficio de oscuros intereses.
En la España de hoy, la Comunidad de Madrid ha conseguido situarse como la región más dinámica, la que más crece y más empleo crea, la que presta mejores servicios a sus ciudadanos exigiéndoles menos impuestos, la que más respeta la libertad de la sociedad civil, y la que además pone su propia fortaleza al servicio de todo el país, como un elemento de estabilidad y vertebración.
Los madrileños tenemos por tanto mucho que celebrar, y mucho también por lo que seguir trabajando, con la vista puesta, igual que en aquella mañana épica de 1808, en el ideal de justicia y libertad que queremos para nosotros y para todos los españoles.
Un ideal que hoy se expresa en los términos pacíficos de nuestra Constitución, y también del Estatuto de Autonomía que ésta hace posible, el cual nos ha permitido configurar una región abierta, tolerante y que no duda en dar la bienvenida a cuantos quieren contribuir a hacer más fuertes y más cohesionadas a la Comunidad de Madrid y a España.
Por Pedro Delgado
Sucede con las subvenciones como con las hijas, que las nuestras son las mejores y a las demás les encontramos los fallos más fácilmente.
Y aunque hay materias como Sanidad, Educación o Empleo, por ejemplo, sobre las que sería más fácil consensuar la necesidad de ayudas (al margen de la fórmula elegida), en otros ámbitos son muchas más las dudas razonables. Sobre todo, si la crisis obliga a fijar prioridades, como el objetivo de déficit, que ineluctablemente imponen recortes.
Posiblemente, nos duela o no, ahora no podemos (No, we can´t).
No extraña, por eso, que el anteproyecto de ley de presupuestos generales de la Comunidad de Madrid para 2013 prevea prohibir cualquier subvención o ayuda a partidos políticos, sindicatos y empresas, "salvo las que se derivan de su propia actividad".
Tal vez de la crisis, tan hostil, debería de salir un nuevo modelo de financiación de partidos políticos y sindicatos: cuestión de largo recorrido que exigirá, sin duda, un intrincado y durísimo debate, inasumible desde esta humilde tribuna.
Y también, a priori, parece plausible que las (subvenciones) que se obtengan lleguen tras haber dirimido méritos con los pertinentes opositores. Si de esta truculenta racha sale un modelo económico-social definitivamente basado en talento, voluntad y esfuerzo, algo positivo nos habremos llevado.
A ver si entre todos conseguimos que el "sueño español" no sea la Lotería Primitiva.
Se impone mirar con lupa dónde va cada euro y promover sólo aquello que favorece a la mayoría, tal como dicta el espíritu democrático. Con este criterio se concedieron las polémicas subvenciones para la tauromaquia, basadas en el hecho irrefutable de que Madrid es "una región históricamente comprometida" con el arte taurino y la Fiesta de los Toros se ha declarado aquí Bien de Interés Cultural.
Por supuesto que ningún respetable madrileño anti-taurino aprobará esta medida, habiendo preferido los zapateros dinero para suelas, tuberías del Plan T los fontaneros y dinero para la industria del cine los cineastas (que tampoco estaría mal esa fiscalidad reducida para mejorar la producción y llevar más público a las salas).
Cada cual acercará el ascua a su sardina.
¿Subvenciones? ¿Para qué?
¿Te gustan los niños? ¿Cuáles?
Pedro Delgado es periodista
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