En el Evangelio del Buen Secesionista (EBS), el bálsamo de Fierabrás que soluciona todos los problemas individuales y colectivos es la Independencia. A partir de ahí el pueblo será feliz, los sosos contarán los chistes con gracia, los torpes de cerebro poseerán inteligencias asombrosas, los desafortunados en lides amorosas serán correspondidos, etcétera, etcétera.
Dos cosas he de elogiar, entre un cúmulo de reproches, a Pedro Sánchez: una, su defensa de la forma de Estado, que es la contenida en la Constitución que él prometió defender. La otra es que nos haya dejado claro, sobre todo que se lo haya dejado claro al interesado, que Pablo Iglesias no es el 'número dos' del Gobierno, sino que lo es la vicepresidenta segunda, Carmen Calvo. Y es la señora Calvo, ahora que el presidente se nos ha ido de (pese a todo merecidas) vacaciones a La Mareta, quien ejerce interinamente la presidencia del Gobierno. Para bien, para mal o para ambas cosas.
Del florilegio de tópicos y lugares comunes que glosan el sayonara del rey-bis destaca el que, señalando el temor de que el que queda pudiera verse arrastrado por él, determina que una cosa es el rey, la persona, y otra, la "institución", dejando así a salvo, por arte de birlibirloque, la Monarquía reinstaurada "post morten" por Franco, bien que avalada de aquella manera por un referéndum en el que ésta entraba en el lote de la reinstauración que sí necesitaba y quería abiertamente la mayoría de los españoles, la de la democracia.
Resulta difícil imaginar una mayor sarta de errores en una gestión de comunicación como la que ha empañado esa 'operación salida' de Juan Carlos I no solo de La Zarzuela, sino incluso, parece que se pretende, de la Historia de España. Su marcha fuera del país, mal e inverazmente explicada en un comunicado que pretendía que esta salida era una iniciativa exclusiva del llamado emérito, se ha presentado casi como una huida vergonzante, casi un exilio, cuando no es, a mi juicio, ni lo uno ni lo otro: el afán de secretismo, la falta de transparencia -y de esto hay que culpar al Gobierno, pero también al entorno que no siempre aconseja bien a Felipe VI_ ha provocado situaciones tan increíbles como que el jefe del Gobierno del Reino de España diga públicamente que ignora el paradero de quien ha sido jefe del Estado, y padre del actual jefe del Estado, durante cuarenta años.
Hay una España, y muy numerosa, hasta quizás mayoritaria a la que le resbala que se oculten, que se siguen escondiendo, 20.000 muertos, que la engañen una vez tras otra, que no solo se traga la mentira sino que la jalea y la aplaude, hay un España que ha convertido en héroe a un mentecato que aseveró que la pandemia serían como mucho cuatro casos, que las mascarillas eran un estorbo innecesario, que estaba todo bajo control y que no había problema en irse de manifestación multitudinaria y que ayer, hoy y mañana seguirá calzando embuste tras embuste y simpleza tras simpleza, muy sonriente siempre, ya no se sabe si por ineptitud supina o por mendacidad sumisa, a una población, y, esto es lo inaudito, que lo exhibe en camisetas, sacándonos la lengua y se parte las manos aplaudiéndole. Supongo que es porque lo consideran de los suyos, y por serlo ya tiene bula para insultarnos, porque eso es lo que lleva haciendo Fernando Simón desde hace meses: mintiendo y burlándose de nosotros, también de quienes le aplauden, con absoluto y total descaro. Tan absoluto que ha expresado incluso, que ellos, él y el ministro Illa no han cometido error alguno.
1.- No había ni Plan B ni Plan de Desescalada. Los hechos están demostrando que, tras el estado de alarma, el Gobierno dejó a las autonomías toda la responsabilidad y se volvió a su guarida como si ya hubiera hecho solucionado el problema y no hubiera sido necesaria una coordinación nacional. Es más, preveía que los rebrotes serían en octubre. Fernando Simón ha negado que, como se nos dijo en su día, los expertos hubieran hecho un Plan de Desescalada. Muchas autonomías, tampoco. Ni medidas en la sanidad ni instrucciones ni coordinación. Que cada cual se busque la vida. Y otra vez improvisando.
Contaba el gran Luis Carandell que, en las Cortes de Cádiz, el ingenio popular llamaba 'culiparlantes' a los diputados que nunca tenían intervención destacada alguna, limitando su actividad a levantarse y sentarse para votar lo que les indicaban los rectores de su grupo parlamentario.
Fliparían los enardecidos debeladores de Fernando Simón si, cayendo muy enfermos, su médico de cabecera les negara la baja laboral con el argumento de que sería lesiva para la empresa y, por extensión, para la economía del país. Bueno, eso en el caso de los debeladores que hayan trabajado alguna vez en su vida y que por ello estén en condiciones de imaginarse la situación.
El Gobierno sugiere que el arropamiento financiero de Europa puede ponernos en cabeza de la economía digital y verde, como en el pasado ocurrió en fibra óptica y en alta velocidad. Es su resorte argumental para sugerir que lo conseguido en Bruselas a escala europea, en nombre del diálogo y la unidad, debería conseguirse también a escala española.
Al ver el cariz que tomaban los acontecimientos en Cataluña, antes de la declaración unilateral de independencia, el "mediador, asesor, traductor", Iñigo Urkullu, decidió escribir un diario narrando cada encuentro, tanto con Puigdemont como con Rajoy. No fuera a ser que, como suele ocurrir, el que templa acaba cargando con las culpas.
La pandemia del coronavirus se ha traducido en materia de empleo en el peor dato de la historia. Durante el segundo trimestre del año, según el INE, 1,1 millones de trabajadores se fueron al paro. La economía estaba prácticamente cerrada, la población mayoritariamente confinada en sus casas y el resultado ha sido demoledor.
Parece que, entre los perversos efectos del virus que sigue azotándonos, se ha producido el agravamiento de una ruptura generacional de la que no puede culparse solo, ni principalmente, a la pandemia.
Con el retorno de las competencias de Sanidad a las Comunidades Autónomas el Gobierno ha debido pensar que, como en Bruselas, basta la "escucha activa" para combatir al coronavirus. Pero las cosas no son así cuando la Covid19 ataca de nuevo y la sociedad española está al borde un ataque de nervios.
Nadie parece entender la decisión británica de obligar a una cuarentena a los viajeros procedentes de España, pero eso es, seguramente, porque se intenta entender desde la racionalidad, un territorio por el que no suele transitar el gobierno de Boris Johnson.
Si te ocupan tu automóvil -y no lo encuentras, porque se lo han llevado- acudes a la Policía o a la Guardia Civil, das la matrícula, muestras tu DNI, aseguras que el automóvil es de tu propiedad, y no te exigen que lo demuestres, porque están convencidos de que no vas a ser tan gilipollas como para acudir a la representación de la Autoridad, y mentirles.
De mi repaso habitual de una docena de cabeceras periodísticas, una, de un diario malagueño, llama no poco mi atención: "la Costa del Sol exige al Gobierno que no solo luche por Baleares y Canarias".
Hace una semana comentaba el positivo impacto que el grandioso espectáculo de Puy de Fou en Toledo tiene sobre quienes tienen, hemos tenido, el placer de disfrutarlo. Un encuentro con nuestra historia contada, además, ¡que inaudito! Sin ponernos a caer del hermoso borriquillo que abre la función.
Dando por buenos los datos de nuevos contagios y hospitalizaciones que facilitan las Comunidades y el Gobierno (para lo que hay que tener mucha fe), somos, nuevamente, el peor país de Europa. En plena temporada turística y, cuando países como Noruega cierran sus fronteras a los españoles y Francia recomienda encarecidamente a sus nacionales no viajar a Cataluña, es imaginable pensar que se minimicen los datos.
Los numerosos brotes de coronavirus que están surgiendo por toda España han hecho sonar todas las alarmas. El Gobierno parece haber decidido mirar para otro lado y cargar toda la responsabilidad en las comunidades autónomas. Y así, ahora vemos cómo en cada una de ellas se toman medidas unilateralmente, cuando debería haber una mayor coordinación.
El primer ministro francés, Jean Castex, que no da un paso sin consultar con el presidente Macron, ha recomendado públicamente a los vecinos galos que se abstengan de visitar Cataluña este verano.
En el auto del Tribunal Supremo que, a instancias de la Fiscalía, ha venido en revocar las salidas semanales de la reclusa Carmen Forcadell, ex presidenta del Parlamento de Cataluña, se alude a "las gravedad del delito cometido" como criterio determinante a la hora de conceder beneficios penitenciarios. Con más motivo si ni siquiera se ha cumplido la cuarta parte de la pena.
Cuando, hace años, vine del banco y le dije a mi mujer que nos habían concedido la hipoteca, no me aplaudió, como le han aplaudido a Sánchez los componentes del Consejo de Ministros.
Pues señoras y señores, el curso político terminó -bueno, falta una comparecencia de Sánchez para explicar 'su' triunfo en la 'cumbre' de la UE- y, en mi opinión, el balance no justifica precisamente la tanda de aplausos con los que los diputados 'culiparlantes' obsequiaron este miércoles a sus líderes.
Es ya tradición en el Congreso de Diputados que sus señorías aplaudan a su jefe de filas. Lo hacen con razón o sin ella. La cosa es aplaudir para dar calor al jefe, aunque muchos de estos aplausos sean, en algunos casos, un tanto impostados.