En “Vengo de ver” (La Bella Varsovia, 2026), Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) convierte la mirada en una forma de conocimiento moral. El título no remite únicamente a quien regresa después de observar el mundo, sino a quien vuelve transformado por aquello que ha visto. Publicado en un tiempo atravesado por la pandemia, las migraciones, la incertidumbre política y la fragilidad de los vínculos, el poemario se organiza en tres movimientos –“Furia”, “Fiesta” y “El amor detrás de la oreja”– que trazan un recorrido desde la constatación del daño hasta la búsqueda de una forma posible de comunidad. No se trata de un viaje lineal ni optimista: Neuman sabe que la esperanza solo tiene sentido si ha atravesado antes la experiencia de la pérdida.
La primera sección, “Furia”, es probablemente la más política del libro. Aquí el poeta registra los síntomas de una época herida, marcada por la desigualdad, la violencia y el miedo. El poema “Génesis, Covid 19” funciona como una suerte de crónica lírica de aquellos meses de desconcierto colectivo. Neuman reconstruye imágenes que ya forman parte de una memoria común: “Y todos los países fueron uno / pero muchos tuvieron que elegir / entre virus y panes”. La pandemia aparece así como una experiencia global que, lejos de igualarnos, reveló las fracturas existentes. El verso “y el hilo de lo humano se hizo nítido” resume una de las intuiciones centrales del libro: las crisis iluminan aquello que normalmente permanece oculto.
La mirada de Neuman no es documental en sentido estricto. Lo que le interesa no es describir acontecimientos, sino descubrir las metáforas que laten bajo ellos. Por eso puede afirmar que “los guantes tecleaban el código del miedo” o que “las habitaciones fueron hospitales”. La realidad aparece filtrada por una imaginación que no embellece el sufrimiento, sino que encuentra en él nuevas formas de nombrar.
En esta misma línea se sitúan poemas como “Cristal final”, donde la observación se vuelve una práctica crítica. El yo poético desconfía de las certezas y reconoce las limitaciones de toda percepción: “El ojo tiene erratas” y, más adelante, “vengo de ver que veo que no veo”. Esa conciencia de la insuficiencia atraviesa buena parte del libro. Ver no significa poseer la verdad, sino aceptar que toda mirada está atravesada por sus propios filtros.
El enfado de Neuman, sin embargo, nunca se expresa mediante la consigna o el panfleto. Es una indignación reflexiva, capaz de interrogar las estructuras que producen exclusión. En “Sembrar dóndes”, uno de los poemas más logrados del conjunto, la experiencia migratoria se condensa en una frase memorable: “Mi país me expulsó con todo amor”. El desarraigo aparece aquí como una paradoja afectiva, casi irónica. No se abandona únicamente un territorio; también se pierde una lengua compartida, una forma de pertenencia. De ahí la imagen final: “Sólo puedo seguir / sembrando dóndes”. Frente a la imposibilidad de arraigarse definitivamente, el poeta propone una identidad en movimiento.
Tras esa primera sección marcada por la intemperie, “Fiesta” introduce un cambio de tono. No desaparece la conciencia de la fragilidad, pero surge una voluntad de celebración. La fiesta de Neuman no es euforia ingenua, sino resistencia. Se celebra porque el mundo es precario; porque todo puede perderse.
“Vengo de beberme el vino que vivieron otros”, escribe. La experiencia individual aparece atravesada por las vidas ajenas, por una memoria compartida que convierte cada gesto cotidiano en un acto colectivo. El poema concluye con un verso extraordinario: “el silencio también causa adicción”. La advertencia es clara. Frente a la indiferencia o el repliegue individualista, la poesía propone una ética de la atención.
La fiesta es también una forma de duelo. Neuman escribe sobre las ausencias y los recuerdos que permanecen abiertos como heridas: “vengo de ver amigos con más cara de oxígeno”. La imagen reúne la vulnerabilidad física de la enfermedad y la necesidad de seguir respirando juntos. El libro insiste en esa tensión entre pérdida y supervivencia, entre memoria y reconstrucción.
Formalmente, el autor apuesta por poemas breves o de extensión media, construidos a partir de imágenes precisas y asociaciones inesperadas. Hay una depuración expresiva que recuerda a la poesía aforística, aunque sin renunciar a la emoción. Poemas como “Arquímedes doliente” condensan en pocas líneas una reflexión compleja: “¿Cuánto dolor / cabe en el recipiente / de una persona?”. La pregunta permanece suspendida, sin respuesta, obligando al lector a habitarla.
La tercera y última sección, “El amor detrás de la oreja”, ofrece la salida más luminosa del libro. El amor aquí surge como una fuerza capaz de convivir con la muerte y el sufrimiento. Neuman evita deliberadamente los lugares comunes de la poesía amorosa. El amor que aparece aquí es corporal, vulnerable, cotidiano; una energía que no niega la finitud, sino que la acepta.
El duelo y el afecto se entrelazan: “Quise abrazarme a quienes se ausentaron” y, poco después, “nos dejamos abierto el grifo del amor”. La imagen sugiere una continuidad emocional que sobrevive incluso a la pérdida. El amor no cancela la muerte, pero impide que la ausencia se convierta en vacío. Tras declarar Neuman, en otro poema, que “la muerte es demasiado / para cualquier principio”, termina reivindicando un amor imperfecto, terrestre, profundamente humano. El resultado es una poesía que se niega a separar los grandes temas de los pequeños detalles.
Quizá uno de los momentos más conmovedores del libro sea “Un anciano se deja observar antes de que anochezca”. Allí la vejez no aparece como decadencia. Se desliza como una forma de sabiduría silenciosa. El poeta imagina que los gestos cotidianos componen “una gramática del prójimo: / una especie de texto que componen / los ojos que se apagan”. La expresión resume buena parte de la apuesta ética de “Vengo de ver”: aprender a leer al otro.
El poemario culmina en una declaración que funciona casi como un manifiesto. Después de atravesar la furia y la celebración, el poeta encuentra una forma mínima pero resistente de esperanza: “El amor, este amor / detrás de nuestra oreja”. La imagen es reveladora. No se trata de un amor grandilocuente ni heroico, sino de algo cercano, discreto, casi imperceptible. Algo que nos acompaña incluso cuando olvidamos que está ahí.
Con “Vengo de ver”, Andrés Neuman confirma una de las voces más lúcidas de la poesía en español contemporánea. Su libro consigue dialogar con las heridas de nuestro tiempo sin caer en el derrotismo, y encontrar motivos para la celebración sin renunciar a la crítica. Entre la furia, la fiesta y el amor, Neuman construye una cartografía emocional de la incertidumbre contemporánea. Un poemario que recuerda que mirar el mundo con atención –y con amor– sigue siendo una forma de resistencia.