La política no es un oficio fácil. A la audacia en la acción, la puntería para adoptar decisiones y la valentía para llevarlas a cabo, un servidor público debe sumar una cierta habilidad para saber comunicar sus actuaciones y para escoger convenientemente el contexto y el momento en los que lo hace.
No ha habido Presidente del Gobierno de España que no se haya visto en la necesidad de pactar. El pacto, el acuerdo es consustancial a la democracia misma, máxime cuando no se tiene mayoría absoluta.
La ausencia del Rey del importante acto de entrega de despachos a los nuevos jueces, que se celebra este viernes en Barcelona, no solamente quiebra una tradición: significa también un nuevo paso atrás en la representatividad y funciones de la Jefatura del Estado.
Tras el movimiento apaciguador que supuso el encuentro de Pedro Sánchez con la Presidenta del Gobierno regional, Isabel Díaz Ayuso, parece que las aguas del frentismo vuelven a su cauce.
El espacio destinado al público más alejado del escenario recibe dos nombres bien disímiles, según sea la empresa o el propio público quien aluda a él. Para la primera, esas alturas himaláyicas de los grandes teatros y de los desaparecidos cines de barrio, son el Paraíso, en tanto que para sus usuarios naturales, los espectadores de pocos posibles, son el Gallinero, pero, sea cual fuere el nombre que se le quiera dar, ese espacio remoto y empinado de fondo de saco es el reducto del pueblo, y en el exclusivo y elegante Teatro Real de Madrid esa circunstancia tenía que estallar, y más en las actuales circunstancias, por algún lado.
La cancelación de la presencia del Rey en el acto de entrega de despachos a la nueva promoción de jueces que se celebrará el próximo viernes en Barcelona -donde tiene su sede la Escuela Judicial-, es un hecho que por falta de explicación, desconcierta.
Todavía van y vienen por los circuitos políticos y mediáticos de la banalizada vida pública nacional las declaraciones del teniente fiscal, Luis Navajas, en entrevista radiofónica con Carlos Alsina.
Uno, en su invencible optimismo, cree ver en esa comparecencia conjunta de Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso en el patio de la Casa de Correos, la sede de la Comunidad de Madrid, un indicio de distensión, de acercamiento entre orillas que hasta ahora eran acérrimas enemigas.
Estamos gobernados por incapaces, por verdaderos inútiles para la alta función que desempeñan. Ninguno de ellos, y que me perdonen las excepciones, dan la talla mínima, ni la demostraron en su vida antes de la política, si es que tuvieron alguna, ni la han demostrado ya en el poder para resolver ningún problema sino para empeorarlo.
Dice Martínez Almeida, el alcalde de la ciudad escindida por decreto, que no hay madrileños de primera y de segunda. Lo dice, claro, tratando de apagar los fuegos de Ayuso, particularmente este último del confinamiento de los barrios pobres de la capital, cuyos votos, por cierto, no teme perder, pues nunca los tuvo.
Sánchez reapareció en la tele el fin de semana para reafirmarse en su voluntad de ayudar a Díaz Ayuso poniendo todos los recursos del Estado a disposición de la Comunidad de Madrid.
Hay que reconocer que quien diseñó aquél famoso lema que decía que España era diferente acertó de lleno. El nuestro es el país de la UE con más contagiados y fallecidos a causa de la segunda oleada de la pandemia y mientras en otros países -Francia, Italia, Alemania- nombraron un comité interdisciplinar de expertos para asesorar acerca de las medidas a tomar para acotar los efectos de la Covid 19, aquí al frente del dispositivo, sólo tenemos a uno, el doctor Fernando Simón, quien en pleno rebrote se ha ido a bucear para salir en un programa de televisión.
En los últimos días se acumulan los informes que empeoran las previsiones económicas para España. Los últimos han sido los del Banco de España y la Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas).
El plan de Ayuso, que tanto ha costado asumir, se queda corto. Además, está lleno de incongruencias. Se entiende el malestar (intentaremos no llamarle cabreo) que inunda la sede del PP en la calle Génova, ante las dilaciones, los titubeos y la petición de "auxilio" a Sánchez por parte del gobierno de la Comunidad de Madrid.
Leí este eslógan hace unos pocos días en el centenario tabloide británico Daily Mail: "Salvemos la Navidad", pedía, en un expresivo titular. Se supone que hay que salvar la Navidad porque el otoño, que ya se nos ha echado encima, está perdido.
El debate sobre el futuro de las pensiones se ha reavivado estos días con notables discrepancias en el seno del gobierno de coalición de Pedro Sánchez. Mientras el ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, proponía retrasar la edad real de jubilación hasta los 67 años - ahora está en 64 años y medio - y bonificar a quien incluso desee posponerla, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, replicaba que esa ampliación sería un tapón para las generaciones jóvenes, que son las llamadas a financiar y sostener el sistema con su trabajo y sus cotizaciones.
No te rindas, por favor, no cedas. Aunque el frio queme Aunque el miedo muerda Aunque el sol se ponga y se calle el viento Aún hay fuego en tu alma Aún hay vida en tus sueños (Mario Benedetti ).
El entusiasmo generalizado por la fusión de dos bancos me hizo pensar que, a lo mejor, más de la mitad de los españoles eran accionistas de alguna de las dos entidades, pero enseguida caí en la cuenta de que dado el número de empadronados en este país (que supera los 47 millones) y el número de accionistas concentrados en el Ibex, la suposición era errónea y estadísticamente imposible.
Cuando ambos trabajábamos en el desaparecido diario vespertino Informaciones, Juan Luis Cebrián, entonces subdirector del vetusto y entonces prestigioso rotativo, escribía una columna titulada 'Corresponsal en Madrid'.
Da mucha envidia la pantera negra avistada en los campos de Granada: anda suelta. Desde que descubrimos durante el confinamiento que el bien más preciado es, en efecto, la libertad, nos atormenta la sospecha de que quizá lo hayamos descubierto demasiado tarde.
Los de Puigdemont, reagrupados tras las confiscadas siglas de JxCat, acusan sin complejos a los de Junqueras (ERC) de "complicidad con Madrid". No les perdonan que decidieran unilateralmente la investidura de Sánchez y la mesa de diálogo sobre Cataluña.
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no soporta que se persiga a los pobres que no pueden pagar la hipoteca de su piso, pero no tiene ninguna brizna de misericordia con esas clases humildes -fontaneros, albañiles, cerrajeros, generalistas en chapuzas- que, después de estar casi medio año confinados y sin ingresos, no han tenido la solidaridad con el medioambiente de haber cambiado su vieja furgoneta alimentada con diesel por un vehículo híbrido, o eléctrico total, como puede poseer cualquier pijo de la alta burguesía catalana.
Cuesta en estos días encontrar noticias positivas, esas que te hacen sonreírle a la taza de café por la mañana. La inmensa mayoría lo que te caen es como cascotes de escombros en la cabeza del derrumbe generalizado.
Por lo general no me calza la conformidad con las posiciones de Podemos. Tengo aversión al sesgo narcisista-leninista del hoy vicepresidente del Gobierno, Iglesias Turrión.