Puede que lo peor de todo lo que nos está pasando no sea, y mira que es malo, la mortandad y secuelas de la pandemia y el desastre económico subyacente, sino que de ello salgamos, si no lo estamos ya íntimamente, derrotados.
No sólo Miguel Bosé parece ir envejeciendo mal; también ese futbolista que atiende al nombre de Lionel Messi y que, al parecer, sucedió en el trono del Olimpo balompédico al dios anterior, Maradona, otro que envejeció fatal.
Se acabó el verano. También para el Gobierno, que ha tenido unas vacaciones casi idénticas a las de otros años, como si no pasara nada; para la oposición, que ha estado a medio rendimiento; y para el Parlamento, ausente absolutamente, como si los representantes del pueblo solo se representaran a sí mismos y a sus partidos.
Disculpe el lector este titular, un tanto forzado, lo admito. Se acumulan las desgracias. Iba a escribir sobre la nacional-depresión que sin duda ha causado el anuncio de Messi, quizá el mejor futbolista del mundo, con el abandono de su club, que es más que un club, y seguramente con su marcha, cuando supere sus litigios económicos, de Cataluña y del resto de España.
¿De verdad nadie se imaginaba que, tras el fin del estado de alarma iba a haber rebrotes? ¿De verdad nadie en el Gobierno central y en los de las autonomías sabía que, tras el desconfinamiento, en pleno verano y sin tomar medidas, los contactos sociales, con o sin medidas preventivas, se iban a multiplicar especialmente entre niños y jóvenes? ¿De verdad nadie sabía que en las residencias de ancianos, una vez "superada" la pandemia, abriendo las puertas de par en par, y otra vez sin tomar medidas sanitarias o médicas, no iban a resurgir con fuerza los contagios? ¿De verdad alguien se tomó en serio lo de los rastreadores, lo de reforzar la atención primaria y los hospitales ante un posible rebrote antes del otoño? ¿De verdad alguien elaboró un Plan nacional de Desescalada, un Plan nacional para las residencias de ancianos, públicas y privadas, un Plan nacional para la vuelta al cole? No solo no hicieron nada de eso ni quisieron imaginar nada de lo que podía pasar, sino que todos, empezando por el presidente del Gobierno y siguiendo por sus ministros y ministras, se fueron de vacaciones.
Me cuento entre quienes creen que los cambios en la dirección del Partido Popular han sido, seguramente, para bien. Y digo 'seguramente' porque, la verdad, no he podido apreciar en los discursos posteriores de los recién elegidos, ni en el del propio Pablo Casado, variación sustancial alguna en la línea a seguir ni, por tanto, un avance esperanzador en la reconstrucción del país.
"Tenemos que evitar el error fatal de que para defender las convicciones hay que cavar trincheras y utilizar palabras como puños". Así se ha manifestado Pablo Casado ante a dirección nacional del Partido Popular que ayer ratificó los nombramientos de Cuca Gamarra, Ana Pastor y Jose Luis Martinez Almeida.
Las batallas internas de los partidos políticos me interesan tanto como la batallas internas de las grandes empresas y sus codazos para que culos huérfanos encuentren un sillón para ocuparlo en un consejo de Administración.
Hasta el 27 de agosto se ha pospuesto un encuentro entre los responsables máximos de educación y sanidad para ver qué diablos hacen con el retorno a la escuela. Mientras, millones de españoles se preguntan qué harán con sus hijos dentro de dos semanas: vuelta a las aulas sin más, o solo telemáticamente o, simplemente, no ir y aguardar acontecimientos.
La deuda pública ha crecido en más de 88.000 mil millones tras la pandemia y el propio Gobierno calcula que lo hará en otros 50.000 hasta final de año, con lo que superará ampliamente los 1,3 billones de euros, el 115 por ciento de nuestro Producto Interior Bruto, cuando el Plan de Estabilidad recomienda que no supere el 60 por ciento del PIB.
Mantener la ficción de que el curso escolar comenzará como si tal cosa, apenas con la innovación circunstancial de unos geles hidroalcohólicos, unas distancias imposibles entre los alumnos y una mascarillas, no sólo no contribuye a tranquilizar a padres, profesores y alumnos, sino tampoco, y principalmente, a que el curso 2020-21 comience.
Uno, como todos los días, se lanza a recorrer las portadas de una treintena de periódicos nacionales y se queda petrificado de terror. Todo es obvio y lógico pesimismo, todo son malas noticias: los rebrotes furiosamente descontrolados, la economía que se nos va a pique, el emérito aparece en el peor sitio posible, millones de españoles se preguntan, sin hallar respuestas, si llevarán o no a sus hijos al colegio dentro de dos semanas.
El virus, que nunca se fue, reaparece cada vez con mayor fuerza. Sánchez, tras proclamarse vencedor del mal, se solaza en la playa. El Gobierno comete idénticos errores que hace seis meses y Simón el "carraca" sigue diciendo las mismas mismas sandeces. Una sociedad avestruz, pueril e inerte, prefiere no verlo. Y Pedro se alegra muchísimo de que así sea porque de esta manera a su chamán Redondo le resulta mucho más fácil vender el bálsamo celestial que todo lo cura.
A la admiración y al cariño que en el pueblo español suscita el portugués, habrá que añadir un sentimiento menos noble, el de la envidia: tiene nuestro vecino un presidente elegido por él que, encima, le ha salido bueno.
Negros presagios acompañan el regreso de las vacaciones. Como si los partidos, todos en su conjunto, no tuvieran bastante con la gravedad del número de contagios, la batalla política del otoño se perfila a cara de perro.
Una como ola de tristeza embarga este verano las portadas de los periódicos y desanima las ya desangeladas cenas vacacionales. El país que, hace apenas ocho meses, era el más alegre y bullicioso del mundo se ha trocado en un espacio lánguido, en el que ni se fuma, ni se bebe, ni se viaja, ni se liga. Y esto también --también, porque no solo-- es culpa del coronavirus, al que tampoco --tampoco-- los españoles hemos sabido hacer frente.
Doña Isabel Celáa Diéguez llegó al descubrimiento revolucionario de que los hijos no eran de los padres. Se refería al aspecto educativo, claro, porque si afectara a lo genésico viviríamos en una sociedad con un preocupante y sospechoso porcentaje de hijos de puta.
La Xunta de Galicia, en aras de su lucha contra el coronavirus, restringe drásticamente el fumar en lugares públicos, incluyendo la calle y las terrazas.
¿Es todavía posible un fogonazo de ilusión en política? Claro que sí. Bueno, no hablo del secarral de esta España nuestra, sumida en la crisis política más grande que yo recuerde desde la muerte de Franco.
Hasta que con ese nombre se creó una poderosa industria, se decía que el ocio era la madre de todos los vicios, y eso que no existía aún propiamente el "ocio nocturno", pues el ocio de la noche se empleaba en descansar, en dormir, o en tratar de hacerlo, bien que sólo aquellos que debían restaurar fuerzas para poder trabajar y seguir ganándose la vida así, un día más, honradamente.
El indicador avanzado referido a España, el que anticipa la evolución del ciclo de la economía es, según la OCDE, el que peor cara muestra de todos los miembros de la organización. Mientras la tendencia general es que se refuerzan los signos de recuperación en los dos últimos meses, la economía española muestra lo contrario.
"Cuando llegue septiembre, todo será maravilloso", decía la letra de una canción de los sesenta, que interpretaba María Ángeles Fernández Rodríguez, una cantante granadina más conocida por el nombre artístico de "Gelu". El archivo de la memoria me la ha rescatado de la carpeta de hace ya medio siglo, merced a los informes bancarios que afirman que, en este año de 2020 -al que le quedan poco más de cuatro meses para concluir- más de la mitad de los españoles vivirán, viviremos, de los presupuestos del Estado, que se endeudará todavía más para poder subsidiar el paro generado por ese ERTE tan prolongado, que comienza como una medida provisional y termina, como diría un argentino, en el orto del paro.
Al personal de colegios e institutos, docente y no docente, se le puede pedir en las actuales circunstancias un esfuerzo más sobre los muchos que de ordinario hacen para sacar adelante su tarea en un país que no mima precisamente la Educación, pero no se le puede pedir que se transforme de súbito en personal sanitario, de rastreo, de desinfección y de policía. Y eso es lo que le pide, y con un talante algo borde por cierto, el consejero del ramo de la Junta de Andalucía, Javier Imbroda, empeñado en que el próximo curso arranque de forma presencial así caigan chuzos y coronavirus de punta, y resignando la responsabilidad moral sobre la salud y la vida de los educandos y sus familiares en los trabajadores, docentes y no docentes, de los centros escolares.
Toda España es una encuesta. Las que se conocen y las que se guardan en la manga los diversos poderes. Las del CIS y las otras, a su vez de muy variado pelaje. Quienes han de estudiarlas todas y sacar conclusiones llegan apenas a una unánime: el desconcierto de los españoles ante una situación que nunca antes habían vivido es mayúsculo. La protesta contra la falta de transparencia a todos los niveles, casi unánime. Y el temor a un futuro que se concretará ya en septiembre con casi toda su crudeza, enormemente mayoritario. Son, te dicen quienes creen saber, todas tendencias negativas, matizadas por muy escasos ánimos constructivos.