El Senado es constitucionalmente una cámara territorial -en la realidad no funciona como tal-, con competencias limitadas en el ejercicio del poder legislativo -hace una segunda lectura y hasta puede presentar propuestas legislativas, pero el Congreso tiene siempre la última palabra-, que aprueba los Presupuestos del Estado -si se presentan, claro-, que puede crear comisiones de investigación -que casi nunca sirven más que para que el partido mayoritario se desfogue contra sus oponentes- y que ejerce el control del Gobierno. Esto último afecta no sólo a los ministros, sino sobre todo al presidente del Gobierno.
Una reforma del reglamento del Senado obliga a la comparecencia de éste al menos una vez al mes. Pero, en esta legislatura, el presidente sólo ha acudido a esas sesiones de control una vez. En marzo de 2024. Desde esa fecha, no ha pisado el Senado y los ministros han tratado de esquivar sus comparecencias siempre que han podido. La razón está en que el PP tiene mayoría absoluta en la Cámara. En cuanto a las propuestas legislativas, el Senado ha aprobado 42, de las que ninguna ha prosperado por el veto de la Mesa del Congreso a tramitarlas.
Casi desde su constitución han sido numerosos los debates sobre la reforma del Senado o sobre su eliminación. Ninguna propuesta ha prosperado por la falta de mayorías suficientes para esa reforma y, también, porque en esa cámara se puede 'colocar' a 266 militantes selectos que no están ni en las listas del Congreso, 'las buenas', ni en la de los altos cargos. A los partidos les ha entrado, de repente, un interés indescriptible por controlar el Senado. Incluso al que lo ha minusvalorado, maltratado o, simplemente, ignorado.
Pedro Sánchez hace ya meses, cuando aún no se veía una convocatoria electoral próxima, inició conversaciones para firmar un frente de izquierdas -mucho más amplio que el Frente Amplio, que es bastante estrecho- para el Senado. Lo podía haber pensado para el Congreso también, pero ni se le ocurrió. Lo que le interesa en el Congreso es fagocitar todos los votos posibles de los partidos a su izquierda para ganar las elecciones, aunque no pueda gobernar y siga como líder de la oposición, sin que nadie se atreva a disputarle la 'victoria' y la continuidad.
El Senado es otra cosa. Uniendo los votos de la izquierda y la extrema izquierda puede tratar de disputar la mayoría al PP y Vox y, sobre todo, impedir que estos dos partidos sumen una mayoría suficiente para grandes reformas que, con un ala izquierda dividida, sería más que posible. Ese interés repentino y sorprendente de quien ni siquiera ha querido pisar el Senado tiene motivos claros: la mayoría de tres quintos en el Senado sirve para impulsar comisiones de investigación que toquen las narices al Gobierno de turno, siempre que no sea de tu partido. O promover leyes. O, incluso, aprobar la aplicación del artículo 155 de la Constitución, como se hizo frente al intento de golpe de Estado en Cataluña. Pero todo eso es accesorio. Lo importante es que el Senado es clave en la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional y de los vocales del Consejo General del Poder Judicial. Y eso vale oro.
Ahora mismo está pendiente la renovación de cuatro miembros del TC, entre ellos su presidente, Conde-Pumpido. Un tribunal que no sólo corrige al Supremo -lo que es constitucionalmente discutible-, sino que vota prácticamente 7 a 5 en todas las decisiones que afectan al Gobierno de Pedro Sánchez. A favor, claro. Ahora mismo esa renovación de magistrados y de presidente está siendo retrasada intencionadamente por el PP a la espera de que las elecciones le permitan poder elegirlos/designarlos sin tener que negociar con nadie.
De ahí la maniobra de Sánchez para salvar algunos muebles. No le interesa el Senado ni la unión de las izquierdas. Al presidente le interesa concentrar el voto útil de las izquierdas en el PSOE para el Congreso y sacar el mejor resultado posible en el Senado para frenar el poder del PP y Vox. Estos dos partidos, que otra vez han sido cogidos en babia por Sánchez, aún andan pensando qué pueden hacer. Y la extrema izquierda, desunida, fragmentada y perdida, puede salvar algunos puestos en el Senado para colocar a los que se van a quedar fuera, que van a ser muchos.
La moral sanchista no sólo justifica cualquier cosa, sino que la impone. Lo que ayer era malo y negativo, no es que ahora sea bueno, es imprescindible. Y el que no traga o se mueve, no sale en la foto. ¿Por qué esconden la verdad? ¿Por qué lo llaman amor cuando sólo quieren llevar al huerto a la que hoy es la novia del otro?
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¿Crees que el interés repentino de los partidos por controlar el Senado responde realmente a razones institucionales o responde más a intereses de poder en órganos como el Tribunal Constitucional?
¿Te parece que la estrategia electoral de concentrar votos en el Congreso mientras se negocia el Senado es un ejercicio legítimo de política o una manipulación de las coaliciones de izquierda?
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