Francisco Muro de Íscar
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Esos locos de Dios en el fin del mundo

MADRID 18 Oct.

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Pocos libros han relatado igual o mejor lo que hace Javier Cercas en su libro "El loco de Dios en el fin del mundo" al hablar de los misioneros que están repartidos por más de un centenar de países, llevando la palabra de Dios, el mensaje de Amor sin límites. Y, al mismo tiempo, levantando escuelas, centros de formación profesional, hospitales, centros para discapacitados mentales, rabajando con mujeres en riesgo de exclusión, dando cultura a los que sólo son esclavos del poder, favoreciendo el acceso al agua y que personas sin recursos se asocien entre sí para protegerse y sobrevivir, enseñando a leer y a escribir a los que no saben porque nunca han tenido esa oportunidad, también a cocinar o a coser. Son miles -sólo españoles casi diez mil- y están en todos los países del mundo que podamos imaginar. Son los que ayudan a reconstruir casas, hospitales y escuelas cuando grupos armados paramilitares o los propios gobernantes arrasan con todo y les dejan en la indigencia. Y los que esconden en las iglesias o en las parroquias a los que son víctimas de la violencia, sean católicos, musulmanes, de cualquier otra creencia o de ninguna. O los que sufren la codicia de esos mismos grupos. No son cooperantes, aunque el trabajo de éstos es indispensable y magnífico en la mayoría de los casos. Son hombres de Dios que han elegido vivir con los más pobres, los más necesitados, los que han sido abandonados por los que mandan, los que no tienen nada. Y, sin embargo, tienen esperanza y deberían tener igualdad de derechos. Son personas como nosotros.

Los misioneros ya no son aquellos que bautizaban a miles de personas. El mundo ha cambiado y ellos también. Pero les une lo que le dice uno de esos misioneros a Cercas: "Cuando pierdes tu vida, cuando la ofreces generosamente, cuando la arriesgas comprometiéndola en el amor, cuando haces de ella un don gratuito para los demás, entonces vuelve a ti abundantemente, derrama dentro de ti una alegría que no pasa, una paz en el corazón, una fuerza interior que te sostiene". Los misioneros son héroes de este tiempo. Cuando todos abandonan las zonas de guerra, ellos se quedan con su gente y con su mensaje evangelizador y liberador.

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Este domingo se han cumplido cien años de la creación del Domingo Mundial de las Misiones. En 1926 el número de católicos en países de misión era de 9,6 millones. Hoy son 347 millones. Y las 297 diócesis de 1926 han pasado a 1.133. Durante este siglo se han registrado de media unos 9.000 bautizados al día, 2 sacerdotes ordenados, 5 religiosas consagradas, 1 parroquia construida, 3 nuevas escuelas* Todo ello en casi ciento cuarenta países, desde Togo, Nigeria o la República Centroafricana a Perú -el papa León XIV era misionero en Chiclayo- y Venezuela, desde China a Japón, desde la India a Mongolia. En todos los continentes. En España, el acrónimo Domund, -que todos los que tenemos "una edad" recordamos, también las huchas de cerámica con las que un domingo de octubre salíamos a la calle a recoger dinero para las misiones-, fue una idea del sacerdote Ángel Sagarminaga, primer director en España de las Obras Misionales Pontificias. Hoy, esos miles de sacerdotes que se dejan la vida por otros en territorios perdidos tienen una edad media elevada, 75 años, y la previsión a futuro no es buena. ¿Se acabarán los misioneros, serán sustituidos suficientemente por laicos comprometidos? No es fácil la respuesta. Pero si ellos se van o se acaban, millones de hombres, mujeres y niños, perderán la protección, la esperanza y la palabra liberadora de la evangelización. Será una tragedia para ellos y para el mundo. Lo que le dice Cercas, en otro pasaje de su libro, a uno de esos misioneros en Mongolia, el padre Ernesto, debería ser "dogma de fe" para los católicos. "El Papa Francisco, dice Cercas, lleva razón: el cristiano que no es un misionero no es un cristiano. Cuando todos los cristianos sean como ustedes, se acabaron los problemas de la Iglesia". Cien años y muchos más de entrega total a los olvidades, a los más desfavorecidos. Lo dejaron todo y le siguieron. Héroes de Dios.


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