MADRID 8 Nov.
Que dice Irene Montero, uno de los personajes más curiosos -vamos a decirlo así- que han pululado y pululan por la política española, que "hay que paralizar el país". Con la huelga general que nos viene, claro. Tengo para mí que a la gente le mosquean estas convocatorias que no se sabe si son contra el Gobierno -que es contra quien debe ir toda huelga que se precie- o contra la oposición, que anda que no entiende nada de todo esto. Sospecho que poca gente va a seguir por su propia voluntad un paro que es, como casi todo lo que sucede en nuestra política descabezada, raro, muy raro.
Sospecho que hoy a Sánchez le van a preguntar algo de esto en la naciente televisión que le apoya. De la misma manera que creo que, a la misma hora, en otra televisión (tampoco hostil a La Moncloa) preguntarán cosas muy distintas al líder de Vox, Santiago Abascal. Quien, dicho sea de paso, va a un programa que, por su inmensa frivolidad, jamás debería, aunque así sea (por allí han pasado ya Pedro Sánchez y la mentada señora Montero, que dejó recuerdo imborrable con alguna de las procacidades que soltó), convertirse en referente de una campaña electoral.
No sé cómo Sánchez, lo mismo que su ministra de Trabajo, que es cada vez menos ministra, va a seguir justificando una huelga que 'paralice' España. Muy pocas veces en la historia de la humanidad un Gobierno ha justificado un paro laboral general en su país, deseando dejarlo inmóvil. Y a ver cómo explica el presidente, al tiempo, si es que se lo preguntan, su inasistencia al funeral de Estado por las víctimas del accidente ferroviario de Urda, que se oficia en Toledo la víspera de la huelga. Que no digo yo que el presidente deserte de 'su' televisión, pero sí digo que no debería ausentarse del funeral, que es de todos, aunque alguno, ineducadamente, aproveche el acto para abuchearle, cosa que, por lo demás, va en su sueldo.
Que, un poco ramplonamente, doña Irene Montero, la de las grandes peripecias políticas, haga un llamamiento a "paralizar el país" dos días antes del comienzo oficial de una campaña electoral y al día siguiente de una jornada de luto nacional, se me antoja una muestra más del descarrilamiento, con perdón, de las neuronas de una parte de nuestra clase política. A mí, más bien me parece que mantener la huelga, como si nada estuviese ocurriendo de mayor fuste en España, en Europa y en el mundo, es un dislate de tomo y lomo, del que se arrepentirán los propios organizadores, sean quienes fueren los últimos inspiradores del evento.
Pero, en fin, aquí estamos. Entre Broncano y la Séptima, entre Sánchez y Abascal, entre la huelga y el deseo de muchos de normalizar su trabajo. En las próximas horas escucharemos muchas versiones acerca del 'éxito' que vaya a tener este paro ya veremos cuánto de general; pero me parece que usted y yo ya sabemos quiénes van a ser los primeros en lamentarlo: los sindicatos, que deberían ser un pilar fundamental de la estabilidad del sistema precisamente en estos momentos, tan inestables.
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