¡Gracias a tí!

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Hablan los memorialistas del franquismo de cuando se compraban voces amigas para colar en las soflamas del caudillo el grito de "¡gracias a ti!". Así llenaban las pausas valorativas en los discursos dedicados por el general a los logros del régimen en favor del pueblo: ¡¡Gracias a ti! , ¡gracias a ti!!

Lo decían las caras de los ministros sentados en la primera fila. Con largo aplauso final. Como si la sala de la Moncloa habilitada para la ocasión (rueda de prensa-balance del curso político) fuera un hemiciclo de bolsillo para el lucimiento personal de Sánchez.

No era para menos ante el triunfalista volquete de logros endosables al "Gobierno de la gente, con la gente y para la gente". Un documentado compendio de bienes sin mezcla de mal alguno del que, según Sánchez, los españoles deben sentirse orgullosos. Avances en el Estado del Bienestar, récord de crecimiento económico con políticas redistributivas, más empleo que nunca, reforzamiento de la democracia en el interior y faro moral en el exterior (humanismo, pacifismo, multilateralismo).

Y todo ello, a pesar de las políticas neoliberales y los recortes salvajes heredados de los Gobiernos del PP (mecachis, se olvidó del "decretazo" de Zapotero, mayo 2010), reconvertidos por Feijóo en una oposición tachada por Sánchez de faltona, destructiva y portadora de bulos.

Menos probable es que el ¡gracias a ti! de los ministros sentados en lugar preferente se contagie al pueblo soberano. De momento, no se contagió a los periodistas asistentes a la rueda de prensa. Las preguntas de estos y el propio reflejo de la comparecencia en los medios de comunicación, tanto en clave informativa como opinativa, demostraron que la auto-jaleada gestión del "mejor Gobierno de la historia" sigue estando cautiva de la agenda judicial.

Ese es el problema de Sánchez. Que lleva al elefante en la mochila. Y no es precisamente la emergencia climática -como dijo-, sino los casos de corrupción que han crecido como malas hierbas en torno al Gobierno, el PSOE y su propia familia.

Lo demás cursa como efectos secundarios de la desvergüenza: pérdida de credibilidad, soledad parlamentaria, desafección institucional y desastre sin paliativos en el funcionamiento de los servicios públicos. La consecuencia política no podía ser otra que la cantada barrida de las derechas en las urnas de 2027.

Sin embargo, nadie hubiera dicho que Sánchez se siente acorralado por la corrupción. Su actuación estelar del martes a mediodía fue la de un hombre encantado de haberse conocido, jugando en casa, sin margen para la autocrítica y con la idea fija de activarse frente a la adversidad.

Me temo que no lo ha conseguido.


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