Entre los conciertos con los que recordamos ahora el quincuagésimo aniversario de la muerte de Dmitri Shostakovich en 1975, el ciclo que organiza el CNDM, en colaboración con La Filarmónica, en torno a sus “Cuartetos de cuerda” ocupa, sin duda un lugar de privilegio. Lo hace, para empezar, porque los quince cuartetos del compositor ruso son, sin la menor duda, una de las cumbres camerísticas del siglo XX, la más importante junto a la correspondiente de Bela Bartók (que por cierto no tenía ningún aprecio por las obras de su colega ruso), y marcan, además, una cima especial dentro de su propia obra, incluso más significativa que la de sus “Sinfonías”.
También porque el Cuarteto Casals, uno de los más importantes del panorama actual, que además está grabando el ciclo para Harmonia Mundi (se han editado ya los doce primeros), es una formación de la mayor garantía para su interpretación. La oportunidad de escuchar, en cinco conciertos (el que se comenta y cuatro más, a celebrar entre diciembre del año que está terminando y abril del próximo) esta serie completa, que Shostakovich escribió a lo largo de 36 años (entre 1938 y 1974), es de las que un buen aficionado no debe dejar escapar, como ya lo fueron otras interpretaciones de este ciclo que aún perduran en la memoria, como las del Borodin (especialmente) y el Jerusalem.
Hemos comentado en otras ocasiones desde estas líneas (la última al reseñar el libro de Michel Krielaars “Al son de la utopía – Musicos en los tiempos de Stalin”) en torno a la azarosa supervivencia de Shostakovich en los aterradores tiempos del estalinismo. Su música está, en muchos momentos, teñida de tragedia, a veces disimulada por propio instinto de supervivencia, otras, especialmente en el periodo de guerra, más descarnada y evidente.
El discurso del ruso se mueve muchas veces en medio de una capa de camuflaje, de ambigüedad, que esconde el miedo, el drama, la amargura, tras una capa de aparente superficialidad o formal intrascendencia. Y es en el desentrañamiento de lo que no es aparente donde reside el secreto de una interpretación acertada del ruso. En esa disección, la sutileza de matiz, la incisión rítmica y la finura agógica juegan, quizá más que en otras músicas que hablan de forma más directa, un papel de esencial importancia.
Los tres primeros cuartetos con los que se abre este ciclo del Casals vieron la luz entre 1938 y 1946, es decir, en pleno apogeo del estalinismo. Para situar adecuadamente al lector, señalemos que el primero ve la luz cuando el compositor ya había vivido, dos años antes, una primera sacudida amenazante del estalinismo, tras la publicación, en “Pravda”, del editorial titulado “Caos en vez de música” sobre su ópera “Lady Macbeth de Mtsensk” (editorial supuestamente escrito, pero al menos sin duda autorizado, por el propio Stalin).
En estos “Cuartetos” iniciales es bien palpable una rápida evolución. Del relativamente breve (alrededor de quince minutos) “Cuarteto nº 1” decía el propio Shostakovich: “No esperen encontrar una profundidad especial en esta, mi primera obra para cuarteto. El estado de ánimo es alegre, festivo, lírico. Yo lo describiría como primaveral”.
Hay que poner las palabras del autor en el contexto citado. Tras el editorial de “Pravda”, los intentos innovadores de Shostakovich quedaron arrinconados (la revolucionaria “Cuarta Sinfonía”, a punto de ser estrenada, fue enviada al cajón y solo vería la luz en los años sesenta) y reemplazados por una más “segura” aproximación al “realismo socialista”. La partitura, de impecable factura, nos trae, en consecuencia, una música grácil, tranquila, de una luminosa levedad.
Mucho más ambicioso es el “Cuarteto nº 2”, escrito en 1944, tiene características bien diferentes. La tensión bélica, esperable en una página compuesta en el tramo final de la contienda, no es aparente, aunque el carácter, indudablemente, es más trascendente que el del cuarteto anterior. Hay ecos de música popular, muy especialmente a la música judía klezmer, y aunque el clima no tiene nada que ver con el de la demoledora “Sinfonía nº 8” (escrita un par de años antes) sí hay momentos de gran carga emotiva, como el segundo movimiento, titulado significativamente “Recitativo y romanza”, en el que el primer violín, sobre largos acordes sostenidos de sus compañeros, desgrana un emotivo discurso. El tercer movimiento, un “Vals” que ejerce de “Scherzo”, adquiere, en parte por el empleo de la sordina en los instrumentos, un aroma de misterio casi fantasmagórico, y el cuarto es un tema con trece variaciones, con ecos iniciales de música popular.
El “Cuarteto nº 3”, finalmente, es el único de los tres ofrecidos que consta de cinco movimientos. Vio la luz en 1946 (el mismo año que Pasternak empezó a escribir su “Doctor Zhivago”). En el ambiente que se respiraba en el país se mezclaban el júbilo por el reciente triunfo frente a la Alemania nazi con el terror estalinista que no daba respiro.
Poco tiempo después, en 1948, Andrei Zhdanov, el alto cargo del régimen (y consuegro de Stalin) desencadenaría un furibundo ataque a figuras relevantes de la cultura, con Shostakovich y Eisenstein como dianas destacadas. Shostakovich incorporó descripciones en la cabecera de los movimientos que resultaban incluso atrevidamente explícitas: “Tranquila inconsciencia ante el cataclismo futuro”, “Rumores de inquietud y expectación”, “Las fuerzas de la guerra se desatan”, “Homenaje a los muertos” y “La eterna pregunta: ¿por qué y con qué propósito?”. En el contexto antes descrito de terror, no extrañará a nadie que estas descripciones, fueran retiradas por Shostakovich, sin explicación alguna, casi inmediatamente.
La tensión, mucho mayor ahora, es palpable desde el primer tiempo, cargado de creciente inquietud. El Shostakovich que tantas veces recurre al “ostinato” para insistir en algo que golpea machaconamente la emoción, aparece en el segundo tiempo, y el amargo sarcasmo lo hace en el tercero. El cuarto, como anticipaba el título luego retirado, tiene rasgos evidentes de marcha fúnebre, y el quinto es una música de emociones variadas. Encontramos en ella todo un caleidoscopio, tan característico de Shostakovich, en el que se mezclan amargura, sarcasmo, tragedia y melancolía. El desvanecido final resulta extraordinariamente emocionante... y angustioso.
El Casals captó de manera admirable todos estos matices, y ofreció interpretaciones magníficas, perfectamente adaptadas al carácter de cada obra. Presidido por una estupenda Vera Martínez-Mehner, de sonido precioso, afinación impecable y matices y acentos extraordinarios, el cuarteto evidenció una cohesión y entendimiento envidiables, con un logrado equilibrio y empaste en su sonoridad.
A quien esto firma le deslumbró de forma muy especial la violista Cristina Cordero, incorporada al Cuarteto el año pasado tras la retirada de Jonathan Brown. La joven violista madrileña lució una sonoridad llena, poderosa, que llamó la atención desde el principio, en el primer movimiento del primer cuarteto, pero luego lució con especial esplendor en la exposición inicial del segundo movimiento. Formidable incorporación la de esta estupenda solista.
Consiguió el Casals la levedad y luz necesarias en el primer Cuarteto, el obligado vigor rítmico en muchos momentos del segundo (con un Abel Tomàs muy acertado en esta obra), la libre fluidez necesaria en el “Recitativo y romanza” de esta obra (de nuevo sobresaliente Vera Martínez-Mehner en su emotivo discurso), con momentos de punzante acidez en el último movimiento, antes de la más tranquila variación final.
El tercer cuarteto, tuvo, en fin, la creciente tensión que la música pide, y el último tiempo dejó en el aire esa sensación de triste angustia que Shostakovich sabía dibujar tan bien y con tanta habilidad para evitar las iras del régimen. Con todo, y aunque la obra no estaba entre las oficialmente censuradas tras el precitado ataque de Zhdanov, lo cierto es que, tras su estreno, el cuarteto fue retirado de la circulación por considerarse “poco adecuado” en el supuesta o pretendidamente triunfal clima de la postguerra.
El triple “pianísimo” final con la palabra “morendo” dejó esa angustia suspendida. Así lo entendió el conocedor público que llenaba la sala de cámara del Auditorio Nacional, que respetó de forma escrupulosa el necesario silencio que procede tras tan intensa emoción.
Los aplausos, vibrantes, solo aparecieron, como debe ser, cuando los músicos bajaron sus arcos. Grandísimo éxito para empezar un ciclo que anticipa momentos muy especiales.
Madrid. Auditorio Nacional. Sala de cámara. Ciclo Universo Shostakovich (CNDM en colaboración con La Filarmónica). 26-XI-2025. Cuarteto Casals (Vera Martínez-Mehner, Abel Tomàs, violines; Cristina Cordero, viola; Arnau Tomàs, violonchelo). D. Shostakovich: Cuartetos de cuerda nº 1-3.