Y ahora ¿qué? Ahora, las vacaciones oficiales en medio de la desolación de los retornados (los que ya han podido hacerlo) a sus hogares más o menos devastados. Página pasada: si se mira un poco atentamente, daría la impresión de que nada ha sucedido o está sucediendo, de que vivimos en el mejor de los mundos, de que las penas de algunos (decenas de miles) son casi pretéritas, más que presentes o incluso futuras.
Pedro Sánchez, tras su tradicional encuentro con el rey en Marivent, se nos va de vacaciones, dicen que para todo el mes, dejándonos un balance triunfal sobre el estado de la nación y el curso de esta legislatura, que, en verdad, está siendo la más irregular y alterada que yo recuerde desde el inicio de la democracia, excluyendo aquella triste investidura del 23 de febrero de 1981.
El exceso de autobombo -todos los dirigentes políticos lo practican de una u otra forma- produce sonrojo; la falta de autocrítica -cualidad que comparten tantos de nuestros representantes- es negativa para la marcha de un país. Tal exceso y tal carencia se evidenciaron de forma clamorosa en la comparecencia de Pedro Sánchez, la última de este penúltimo curso político de la Legislatura, el martes ante los medios. Fue acaso el balance más triunfalista que recuerdo haber escuchado, y conste que he escuchado unos cuantos.
Y es que Sánchez no es persona a la que amilane la timidez: cuando elogia su labor y la de su Gobierno, es que elogia de verdad. Y cuando silencia, desvía o minimiza preguntas -pocas: cinco en total, si mal no recuerdo; media hora escasa de interrogatorio frente a más de una hora de esplendorosas cifras oficiales-, también lo hace de verdad.
Yo creo que el presidente se cree sus versiones, se siente en el derecho de no amparar los 'catastrofismos' ajenos -ahí, a todos los engloba en el concepto 'oposición destructiva'- y, por tanto, se convence de que está perfectamente legitimado para perdurar el tiempo que sea. Es el llamado 'síndrome de Hubris' elevado al cubo: yo lo hago todo bien, los demás todo mal, y, por tanto, yo tengo derecho a imponer mis criterios y mis obras a los de los demás. Se siente inmune e impune pese al 'cerco' judicial que denuncian sus más acérrimos seguidores y, por tanto, si está persuadido de que todo lo está haciendo bien, poco va a cambiar en su trayectoria.
Nada nuevo nos desveló sobre sus planes, y hubo muchas preguntas que se quedaron en el tintero, entre otras cosas porque mis colegas allí presentes no tuvieron oportunidad de hacerlas. Cierto que los incendios y las torpezas del PP a la hora de hablar del cambio climático facilitaron la tarea de no referirse a otras cosas, como la situación en la Guardia Civil, las cloacas del PSOE o si Zapatero seguirá siendo 'asesor' del Gobierno en cuestiones internacionales. O, ya que estamos, si habrá remodelaciones en este Gobierno del que tan satisfecho dice sentirse el presidente y que tantos agujeros, sin embargo, evidencia. Y menos aún, claro, sobre la fecha de las elecciones, que ya nadie cree que se produzcan más allá del primer trimestre del año próximo: en puro sentido común, la cosa no da para más, aunque la versión y los tiempos 'sanchistas' puedan ser muy otros, claro.
Porque con Sánchez, quién sabe. El logra salir airoso, entre otros motivos porque las reglas del juego las impone él, de estos encuentros con los medios. Ha logrado infundir sospechas sobre el sistema judicial y los jueces, ha invalidado la función de todo un Parlamento y ha desvirtuado el concepto del cumplimiento de la Constitución. Son, junto a otras quizá de menor entidad, como no respetar la limitación de mandatos o las modificaciones 'coyunturales' al Código Penal, maneras de sortear las reglas de una democracia que debería ser ejemplar y que, sin embargo, presenta demasiadas quiebras.
Y ahora, las vacaciones. Un respiro tras unos meses de junio y julio que han sido trepidantes, por decir lo menos, incluso en el terreno deportivo. Pero el Mundial de fútbol, casi lo mismo, ay, que los incendios, han pasado a ser página par, casi olvidada. Ahora llegan las vacaciones, que dicen que el presidente sólo interrumpirá para desplazarse a una zona donde se vea bien el eclipse, que ya calienta el banquillo para salir a ocupar los titulares. ¿Se merece unas vacaciones? Desde luego, nadie podría decir que no ha trabajado, aunque quizá no siempre para bien. Tal vez el descanso le aclare las idea sobre su futuro, sobre nuestro futuro. Porque después, en septiembre, Dios dirá; y esta, una versión laica de Dios proveerá, es la filosofía que parece imperar hoy en La Moncloa. Que nos quiten lo bailao.
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