Hay vida (vaya si la hay) tras el Mundial

Hay vida (vaya si la hay) tras el Mundial

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MADRID 19 Jul.

Se acabó. La euforia, el ondear de banderas, la aglomeración ante las macro pantallas, el espíritu de camaradería que supone que todos anhelemos un mismo objetivo. Volviendo (no soy original, lo sé) el minicuento de Monterroso, resulta que este lunes, cuando despertamos de la burbuja del futbol, que ha sido lo más importante que ha sustituido en las portadas a lo trascendente, el dinosaurio va a seguir ahí. En los juzgados, en los despachos oficiales y oficiosos, en las cárceles, en los medios de comunicación y hasta en las casas-cuartel de la Guardia Civil. ¿No tiene usted, como yo, la sensación de que entramos aceleradamente en una nueva era, se marche o no el presidente del Gobierno a meditar, o lo que sea, en La Mareta, tratando acaso de imponer un compás de espera?

Y ahí seguirá el dinosaurio (no es por descalificar, sino simplemente por seguir el trazado de Monterroso) Trump, y la penúltima marcha de un líder europeo (me refiero, claro, al laborismo británico, que por aquí seguimos sin novedad en el frente ), y la guerra de Ucrania, de la que no tenemos derecho a olvidarnos. Sí, todo sigue tras el partidazo en Nueva York, el champán de la victoria y la amargura de la derrota. Ha llegado la hora de la verdad, porque que el dinosaurio siga ahí no significa continuismo, que nada esté ocurriendo. Está sucediendo mucho: en mis largos años como observador no había conocido jamás -jamás- una etapa tan turbulenta.

Algunas veces algunos hemos escrito que, ocurriese lo que ocurriese con la final del Mundial, todo lo demás no podría seguir así o, todavía peor, agravándose. Veo movimientos tácticos en la oposición (en el Partido Popular al menos) que revelan que, por fin, la formación que preside Núñez Feijóo se está dando cuenta de que le toca saltar al campo y el equipo quizá no esté del todo bien entrenado. Y veo en el PSOE gubernamental ese cierto aire de falsa superioridad que da el saber que hasta aquí has sido campeón del mundo, sin pensar en que el destino te condenará algún día a dejar de serlo.

Pero el destino, como el dinosaurio monterrosino, es implacable, y no te permite, por mucho que tengas a Infantino de tu lado, poseer para siempre la copa. Y las vacaciones de verano, encima alteradas por presencias comprometidas en los juzgados, por audios que a saber en qué circunstancias se grabaron, son un período demasiado corto como para pensar en instalarse en el 'dolce far niente'. En ni siquiera hacer cambios en Interior, en llamas -que esa es otra- por lo de la Guardia Civil, ni mudar el rostro de algún ministro especialmente provocador, ni agilizar al sesteante Parlamento, ni hacer las paces con el poder judicial, ni convocar al líder de la oposición a ver qué se puede hacer con el calendario inminente.

Supongo que ahora, además de los dimes y diretes jurídicos en torno al 'caso Begoña Gómez', o el de Zapatero y sus joyas, nos queda apenas la tradicional comparecencia de Sánchez en La Moncloa ante los medios, como despedida de un curso irrepetible, y quizá algún anuncio de calado en lo que respecta a las formas democráticas. Que es algo que siempre esperamos y que nunca ocurre, aunque a veces, véase lo del Mundial, se dan los milagros. Pues eso: un milagro democrático es lo que necesitamos. Un milagro que conmocione hasta al inamovible dinosaurio. Porque el Mundial ya ha dejado de ser pretexto y Sánchez ya no lleva la camiseta roja.


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