MADRID 19 Jul.
No sólo es el fútbol. Hay vida fuera de los estadios y de las televisiones. También en África. Muchos europeos pueden hablar de infinidad de futbolistas que juegan en las selecciones de Marruecos, Cabo Verde, Senegal, Argelia, Costa de Marfil, Egipto, Ghana o la República Democrática del Congo, todas en el Mundial, y hasta de decenas de jugadores nacidos en cualquier país africano que juegan con selecciones o equipos europeos, pero ignoran absolutamente lo que pasa en esos países. Los países de África no aparecen apenas en los medios de comunicación, salvo por guerras, matanzas, persecuciones o por la migración. ¿Por qué o para qué ese silencio? "Para poder esquilmarlos sin publicidad. El tantalio, el rodio y los superconductores con los que se fabrican, entre otros, los componentes electrónicos de los drones y los misiles están sobre todo en África. El cobalto (para las baterías eléctricas) está en el Congo. El oro en cantidades enormes que Rusia se está llevando de Centroáfrica. Y los diamantes... y el petróleo que se lleva de Angola o de Guinea Ecuatorial y los fosfatos de Niger y el oro en el desierto en el norte de Chad que roba Boko Haram... Que nadie lo sepa, que África importe poco en el concierto internacional, así le chuparemos la sangre sin hacer ruido. Los depredadores que dirigen el mundo imponen su ley y se llevan el 80-90 por ciento de lo extraído en el continente, dejando las migajas para millones de personas. "Así es el mundo; así lo hemos hecho entre todos". A muchos africanos sólo les queda la esperanza del fútbol. Sus Gobiernos son corruptos, hay enfermedades endémicas como la malaria, mucha gente "sobrevive" con un euro al día y sus jóvenes no tienen otro camino que huir, descapitalizando su país, aunque sea a costa de su vida.
Quien dice todo eso, lo entrecomillado, es Juan José Aguirre, hasta hace unas semanas obispo de Bangassou en el Congo, una gigantesca diócesis del tamaño de su Andalucía natal, amenazada por infinidad de bandas militares, paramilitares y tribales que él ha pastoreado durante 26 años. Tres infartos, nueve muelles en las arterias, una tromboflebitis que casi le para, una estenosis de canal en la espalda, las balas silbando por su cabeza infinidad de veces, se ha jugado la vida por sus fieles y por los que no lo son y ha dado acogida y asilo a miles de personas, cristianos y musulmanes, que escapaban de la violencia ciega y de una muerte presumible. Ha construido hospitales, centros de trabajo y escuelas, se los han destruido y ha vuelto a empezar todas las veces que ha sido necesario. Le ha entrevistado ese excelente periodista que es Jose Lorenzo en Religión Digital, aunque el mérito es suyo "sólo a medias" porque a Juan José Aguirre basta con ponerle delante un micrófono y escucharle.
Sólo en Sudán hay 14 millones de desplazados que se han ido al pozo sin fondo de miseria de Darfur, pero hay muchos millones más de desplazados en otros países africanos del interior que no llegan a Europa. "Hay", dice Aguirre, "refugiados de guerra, refugiados políticos o exiliados, refugiados de hambre, refugiados de simple miseria, desplazados temporales o gente que huye de matanzas buscando campos de la ONU, algunos con un millón de personas donde viven hacinados, sin agua, sin comida digna sin seguridad. Eso es un infierno. Los africanos subsaharianos que llegan a España son la punta de un iceberg".
No me extraña que Juan José Aguirre sostenga que pasar una semana por Bangassou sería para muchos "una bofetada de realidad" y que "cuando vuelvo a España, no se ofendan, huelo a decadencia. Al igual que en toda Europa. Igual que la hubo en el imperio romano hasta su caída". No basta con escuchar voces como la del cordobés Aguirre. No basta con reflexionar. No basta con el fútbol ni con un Mundial de 48 equipos, con más africanos. Europa tiene que actuar sobre el terreno si no quiere enfrentarse a algo mucho más grave que la inmigración. Egoístamente, y por dignidad. Por la nuestra y por la de tantos africanos que son víctimas de países depredadores que se quedan con sus riquezas y sólo dejan migajas. Países que se sirven de la corrupción y la connivencia de gobernantes indignos. Y, con la venda en los ojos para no ver la realidad y tratar de cambiarla, se lo hacemos pagar a los que no tienen ninguna culpa, a los que sólo les queda la posibilidad de huir.
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